Cuántas veces hemos pasado por una calle cuyo nombre no nos dice nada o a lo más lo vinculamos a una figura del pasado, sin saber si se refiere a un literato, a un héroe o a un arquitecto, por decir algo, cuya obra puso el nombre de Sevilla en lo más alto en una determinada época.
Confieso mi ignorancia al respecto y deseo compartir con ustedes a cinco de los componentes de la escuela sevillana del Renacimiento, en la que últimamente estoy profundizando, y que han despertado en mí una sentida admiración así como, una vez más, el orgullo de haber tenido paisanos de esa talla.
No se trata solo un grupo de poetas; es el reflejo de una Sevilla que, en el siglo XVI, era la «Nueva Roma» y la «Babilonia de España». Mientras que en otros lugares se buscaba la sencillez, en Sevilla se cocinaba un estilo culto, brillante y sumamente ornamentado.
El epicentro de este movimiento no era solo la Universidad, sino las academias y tertulias privadas. La más famosa fue la que se reunía en la casa del Conde de Gelves, donde Fernando de Herrera era la figura dominante. Allí se debatía sobre métrica, pureza del idioma y la importancia de que el castellano rivalizara en nobleza con el latín.
A diferencia de la Escuela Salmantina (más concisa, sobria, filosófica y espiritual, con un estilo llano), la Sevillana se distinguía por su Esteticismo y Brillantez: se buscaba la belleza formal por encima de todo; era una poesía «para los oídos» y la vista, llena de colorido. Su Influencia del Humanismo: Sevilla era un hervidero de eruditos; su poesía estaba cargada de alusiones mitológicas, latinismos y referencias clásicas. Su Retórica Cuidada: Uso abundante de adjetivos, metáforas complejas e hipérbaton, estilo grandilocuente, siendo en muchos sentidos, la precursora del Barroco. Su Temática: Aunque el amor petrarquista era central, también destacaba su entusiasmo por los temas patrióticos, heroicos, así como la reflexión moral. Cinco figuras destacan por encima de las demás:
Fernando de Herrera, apodado «El Divino». Es la cumbre de la escuela. Perfeccionó la lengua poética y unió la pasión amorosa con la épica nacional. Sus Anotaciones a las obras de Garcilaso (1580) se convirtió en el primer gran manual de estilo para los poetas del XVII, y enseñó a los autores posteriores que el poeta debe ser un erudito, y que la lengua romance podía alcanzar la misma nobleza que el latín; dignificando el castellano dejó una huella imborrable en la lírica española, elevando la poesía a una categoría casi científica. La adjetivación sonora y culta de sus epítetos, define la lírica de los siglos XVII y XVIII, y sus odas heroicas sentaron las bases de la poesía civil y nacionalista.
Si Garcilaso de la Vega puso la primera piedra del Renacimiento, Herrera construyó los muros que permitieron a Góngora levantar el tejado del Barroco con su obsesión por la perfección formal, al introducir un lenguaje selecto, lleno de cultismos y neologismos, que el escritor cordobés llevaría al extremo, el enriquecimiento del léxico y la complejidad sintáctica: el uso de hipérbaton y metáforas audaces fue el «entrenamiento» necesario para que los lectores (y poetas) posteriores aceptaran la densidad del culteranismo.
En definitiva, Herrera es el primer poeta español que tiene plena conciencia de su oficio como una disciplina sagrada y técnica al mismo tiempo. En nuestra ciudad llevan su nombre uno de los institutos de Educación Secundaria más afamados de Sevilla, cerca de la avenida de la Palmera, y una pequeña placita en las confluencias de las calles Orfila, Daoiz y Javier Lasso de la Vega.
Juan de la Cueva es una figura bisagra fundamental en la historia del teatro español. Aunque su éxito fue breve (finales del siglo XVI), su audacia, al romper con las rígidas normas clásicas, pavimentó el camino para la revolución de Lope de Vega y el Siglo de Oro.
Antes de este autor, el teatro académico se aferraba a las unidades aristotélicas de tiempo, lugar y acción. Cueva fue de los primeros en ignorarlas deliberadamente, permitiendo que las tramas saltaran años o ciudades. De hecho, Lope de Vega lo convirtió en norma en su Arte nuevo de hacer comedias. Sin este precedente, el cambio de Lope habría sido visto como una aberración absoluta en lugar de una evolución natural.
Juan de la Cueva decidió que el teatro español no necesitaba mirar siempre a Grecia o Roma. Introdujo temas de la historia medieval española, leyendas y romances (como los de Bernardo del Carpio o Los siete Infantes de Lara), convirtiendo la Historia de España en el blockbuster de la época.
Empezó a mezclar personajes nobles con plebeyos y elementos trágicos con cómicos (tragicomedia), algo prohibido en la teoría clásica. Autores como Tirso de Molina o Calderón de la Barca no habrían podido desarrollar sus tramas de honor y enredo sin este híbrido previo. Aunque su versificación era aún algo tosca, dejó plantada la semilla de la adecuación métrica que Lope perfeccionaría: usar el romance para narrar, el soneto para esperas y las redondillas para el amor.
Se dice que Juan de la Cueva fue el «precursor necesario». No tuvo el genio poético de los que le siguieron, pero fue el arquitecto que derribó los muros viejos para que otros construyeran palacios. Sevilla le ha dedicado una calle perpendicular a la avenida Menéndez Pelayo y un colegio de Educación Primaria en la barriada de Santa Aurelia.
(continuará)
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





