SEVILLA: Fiestas Primaverales 2022 (I)
Sevilla: Fiestas Primaverales 2022 (II)
A tan solo unos días de que comience la vigésima Feria de abril del siglo XXI – vigésima por culpa del virus chino que se tragó las dos anteriores – no está de más hacer memoria sobre las ferias de la segunda mitad del siglo XX, desde el real del Prado hasta el de los Remedios.
Esto de escribir sobre las ferias del pasado es en Sevilla algo muy recurrente cada mes de abril, desde que en 1869, año en el que se celebró la vigesimosegunda feria, Gustavo Adolfo Bécquer escribiera su conocido artículo sobre el festejo, publicado en ¨El Museo Universal ¨, en el que criticaba la perdida de tradiciones y a los sevillanos cursis. Yo que soy una sevillana que, como Bécquer, también me he ido de Sevilla, me voy a permitir la licencia de escribir sobre la feria y lo voy a hacer desde mi memoria de niña nacida en la primera década de los años cincuenta y criada en el Prado de San Sebastián, con unas cincuenta ferias disfrutadas, de las que diecisiete vi desde mi ventana cómo se montaban.
Como lo primero de la feria son sus carteles anunciadores recuerdo que los de los años cincuenta se escogían en un concurso convocado por el ayuntamiento. El primer cartel que retuvo mi memoria fue el de 1957, un cartel de Ramón Blanco Casal que mostraba a una caballista vestida de corto, portando una guitarra con la catedral y la Giralda al fondo y nos pajaritos volando. Aquella feria de 1957 fue, más o menos, mi primera feria, la de mi primer traje de flamenca, un traje blanco, de tela de algodón y adornado con cintas rojas y verdes. Como en aquella época todo era muy ecológico las cintas estaban teñidas con tintes naturales y al terminar la feria había que quitarlas porque desteñían al lavar el traje. Por supuesto aquellos trajes se almidonaban al plancharlos. Lo del almidonado era todo un arte que formaba parte de los ritos feriales, unos ritos que hoy casi han desaparecido.
La feria en los cincuenta y hasta bien entrados los sesenta tenía sus ritos y sus tiempos. El paseo de caballos comenzaba a la una o una y media de la tarde y se iba terminando al acercarse la hora de las corridas en la Real Maestranza que hasta 1973, primer año de la feria en los Remedios , empezaban a las cinco y media de la tarde. En las casetas se bebía manzanilla de Sanlucar, servida en la típicas cañas que estaban colocadas en sus cañeras de latón en las mesas y fino de Jerez, los empapantes eran platos de jamón y otros embutidos, tortillas de patatas y mariscos. Por aquel entonces en las casetas casi no se guisaba y mucha gente llevaba la comida de casa. En algunas casetas – pocas – había puestos de marisco, pero lo más corriente era ver a los marisqueros con sus canastos por el real. La feria de día era donde la chiquillería se hacia la dueña de las casetas, en esas horas, salvo excepciones, era raro ver bailar en ellas a los adultos que andaban enredados en sus charlas y cotilleos. Cuando iba llegando la hora de las corridas el que no se iba a los toros se iba a su casa a dormir la siesta para reincorporarse al real a partir de las nueve o diez de la noche con la manzanilla digerida. A los niños, después de la siesta, solían llevarnos de vuelta a la feria, más o menos a las ocho de la tarde, cuando acaban de limpiar y baldear las casetas.
Hasta mediados de los setenta era muy frecuente toparse por las calles de Sevilla con grupos de jóvenes que iban hacia la feria cantando y tocando palmas. Estos grupos una vez en la feria, solían hacer corrillos para bailar sevillanas por las calles del real al son de las palmas y de las guitarras de su grupo de amigos. La música de aquellas ferias era música en directo pero sin el atronador volumen actual. En muchas casetas había organillos – pianillos en el habla sevillana – y en tres o cuatro, de círculos, asociaciones y casinos tenían orquestas. Las sevillanas eran para bailarlas – imborrables las de los hermanos Toronjo y los hermanos Reyes cantando sin micrófono – y por descontado que se veían muchas mujeres y niñas vestidas de flamenca, sobre todo a partir del segundo día de feria, porque era una costumbre no escrita considerar de buen tono no vestirse de flamenca hasta ese día. De esa tonta costumbre se pasó en los setenta a casi no vestirse de flamenca y este traje estuvo a punto de quedar relegado a disfraz hasta que empezó a resurgir en la década de los ochenta. Pero volvamos al Prado que esto del traje de flamenca da por si solo da para un ensayo de muchas páginas.
Aquellas ferias del Prado tenían la medida de una Sevilla que no llegaba a los cuatrocientos mil habitantes y era una ciudad amable y pausada. La feria, desde 1974, ha ido cambiando no al ritmo de la ciudad, como dicen algunos, sino al de la política – el nuevo horario de las corridas se lo debemos a la crisis energética de 1973 – municipal que va creando absurdas normativas contra las que convendría blindar la feria, ahora que se cumple el 175 aniversario de su creación, solicitando para ella la declaración de Bien de interés Cultural antes de que la conviertan en una verbena de barrio, con señoras vestidas a la remanguillé, botellones, tíos en calzonas y chanclas fumando porros, broncas que acaban en puñaladas y todo lo que hace que el sevillano, por regla general, de por terminada la feria el jueves y se largue a las playas.
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