Fiel a lo prometido la semana pasada, me dispongo a escribir sobre los tres aspectos con que cerraba el último artículo. En primer lugar la inclusión de la felicidad como materia con un contenido específico en las aulas universitarias.
En efecto, así lo acreditan algunos profesores de prestigio de Oxford, Cambridge, Yale (la primera que comenzó en 2018), Harvard o Pensilvania. Las principales universidades del mundo han creado clases de felicidad. Sostienen que es una habilidad que se puede enseñar.
Desde el mindfulness (focalización de la atención en el momento presente) a los actos aleatorios de bondad, abundan las iniciativas dentro y fuera de los campus para mejorar el bienestar emocional. La alianza entre universidades, empresas tecnológicas y plataformas de enseñanza on line, ha hecho posible que muchos de estos cursos se puedan seguir desde casa.
Quizás el punto de arranque habría que situarlo en lo que en Economía se conoce como “La paradoja de Easterlin”, un economista que en 1974 recogió en un artículo el resultado de una investigación en la que demostraba que mientras el nivel de ingresos subía (renta per cápita) en algunos países, los niveles de felicidad se estancaban. La felicidad que es fruto de ganar más dinero o alcanzar el éxito, es efímera. Cientos de estudios posteriores han confirmado esta paradoja, máxime cuando ya se puede medir por distintos parámetros el grado de felicidad individual o colectiva.
Muchas investigaciones colocan en el centro del foco la falta de salud mental (ansiedad, estrés post traumático, intentos de suicidio, depresión, obsesiones, etc.), como uno de los problemas más acuciantes del mundo y al que los gobiernos deberían dedicarle más recursos. Acudir a un psicólogo o a un psiquiatra ha dejado de verse como un estigma del que nadie quiere hablar.
En Estados Unidos se habla desde la pandemia de “la Gran Dimisión”: millones de trabajadores descontentos menores de cuarenta años que dejan su trabajo y en muchas ocasiones sin tener otro a la vista, una situación nunca vista, y que se va extendiendo por el mundo. Se valoran otras cosas, además del salario.
En segundo lugar, los avances en neurología nos han llevado a descubrir que estimular el haz del cíngulo (manojo de fibras que discurre en la materia blanca del giro cingular del cerebro) provoca risa y un bienestar inmediato. El hallazgo de este “botón” cerebral de la felicidad que se ha llevado a cabo en la universidad de Emory (Atlanta, EE.UU.) puede ayudar a combatir la depresión o el dolor crónico.
Es sabido que nuestra vida afectiva y nuestras emociones están muy relacionadas con dicho giro cingular, con el núcleo accumbens y con el hipocampo. El núcleo accumbens es el centro del placer. Se activa con todo lo que nos genera disfrute; es un centro de recompensa cerebral. El hipocampo es como una estación que se necesita para la felicidad; si se daña el campo afecta a la memoria y al bienestar; aparece dañado en pacientes depresivos. Sí, la felicidad tiene su parte química: es un proceso neuroquímico que consiste en la liberación de dopamina (neurotransmisor de la función motora) en el sistema límbico.
Y finalmente, desde un plano más espiritual, soy de los que piensan que la fuente básica de toda felicidad es la bondad y la calidez de corazón hacia los demás, y, por supuesto, la paz interior, punto común de todas las tradiciones religiosas a pesar de las diferencias filosóficas que pueda haber entre ellas. Sin el amor y el afecto de una madre, es muy complicado sobrevivir.
Hay más alegría en dar que en recibir (Hechos de los apóstoles 20, 35), por eso las personas proactivas, que se preocupan por los demás, son más felices. A partir de la compasión desarrollamos la seguridad en nosotros mismos, lo que nos permite actuar con confianza y franqueza. Si una persona es más feliz, su centro de trabajo (departamento o servicio) es más feliz; su empresa es más feliz y su entorno (clientes, proveedores, entidades con las que se relaciona) también.
El mar Muerto en Oriente Medio, recibe agua dulce de los ríos pero no tiene salida. Esa agua se echa a perder. Por eso es el mar Muerto: recibe y no da. Al final, la generosidad es la mejor manera de ser feliz.
Y para terminar, comparto con ustedes una consideración fruto de mi experiencia personal: el castigo divino por el pecado original, “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis 3, 19) no es el hecho de trabajar, sino el hacerlo con el sudor de la frente, porque pocas cosas nos hacen más felices que poder desarrollar la vocación a la que hemos sido llamados en un clima laboral agradable, con compañeros solidarios, y con un jefe que lidere el equipo hacia metas ilusionantes. Doy fe.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Hola de nuevo Alberto. Con este tema dividido en dos entradas semanales, reconozco que he tenido sensaciones contradictorias. Por un lado, es verdad que señalas principios básicos de la filosofía que debe tener una empresa hacia sus empleados.
La creación de este entorno ideal realmente creo que es valorado por muchos trabajadores. Estoy de acuerdo contigo en que, sobre todo a partir de ciertas edades o momentos de la vida, el dinero, o sea, el salario, no es lo más importante. Idílico me parece también el último párrafo, referido al sudor de tu frente. Indudablemente, la satisfacción por el trabajo bien hecho y en un ambiente de compañerismo y con un jefe perfecto, es un sentimiento muy satisfactorio. Es verdad que muchas empresas están cambiando la mentalidad y orientan sus políticas de empleo basándose en la satisfacción de los trabajadores. El crecimiento exponencial del teletrabajo a raíz de la pandemia es apreciado por un sector no pequeño de la población.
Pero, a mi modo de ver, en la mayoría de las pequeñas empresas, las micropymes que conforman el tejido empresarial en España, aún están lejos de estas prácticas. La realidad se acerca más al cuadro que describes de exceso de horarios, salarios indignos, continuas urgencias y explotación solapada. En esas circunstancias es difícil ser feliz en el trabajo. Partiendo por otra parte, de la base de que es más fácil ser feliz con una ocupación que te gusta, vocacional, de profesional libre, etc., que no estar de pie todo el día detrás de una barra o en un almacén. Además, no todo el mundo puede alegremente dejar un trabajo “ que no le hace feliz “ con una mano detrás y otra delante. Sin duda muchos aguantan carros y carretas porque no tienen más remedio.
Respecto a que la felicidad es una habilidad que se puede enseñar, o entrenar, yo creo que lo que hay entrenar es como enfrentarse a los acontecimientos que se nos presentan en la vida, tanto buenos como malos para ser lo más feliz posible o lo menos infeliz posible. Hay que aprender a no tomarse tan a la tremenda la vida diaria, separando los problemas de verdad de los simples inconvenientes en el trabajo A veces creo que nos invade una obligación de ser felices a la fuerza, que en todo momento y lugar tenemos que disfrutar. Si no eres feliz y estás triste o amargado, eres un antisocial.
En cualquier caso, creo que fue Buda el que dijo que no hay camino que conduzca a la felicidad. La felicidad es el camino, y para recórrelo hay que trabajar, así que sea como sea intentemos ser felices.