Sevilla, la seductora ciudad que año tras año en primavera vuelve a dejarnos su inconfundible olor a azahar, pero también a un intenso incienso con su nube delante de los pasos que serpentean muchas de nuestras calles, olor a pescaito frito y buñuelos, así como a fino y manzanilla, allí en el real de Los Remedios.
Sevilla también es color, su cielo azul intenso contrasta con el verde de sus naranjos y el coral rojizo de sus naranjas. El azul cielo que contrasta con el negro de sus mantillas y que se vuelve penetrante y vivo, con las flamencas al pisar el amarillo albero de la feria o cuando un encastado negro zaino pisa el amarillo albero, al son de un capote amarillo y fucsia, rojo y oro, en las tardes de la Maestranza, cálidas cuando no calurosas que contrastan con las crudas mantillas de las sevillanas.
Sevilla de las costumbres y tradiciones (a veces cayendo en lo rancio) en la que sus orgullosos habitantes se jactan en explicar a los desorientados turistas que en este mes de abril, desbordan nuestras calles.
Los turistas, sí… ésos nuevos habitantes que vienen en masa en primavera a ver y sentir lo que siempre vamos presumiendo de nuestra Híspalis, y presumimos mucho (quizás demasiado, a tenor de la cantidad de gente que nos visita).
¿Cómo se puede quejar el oriundo de que nos abarrotan las calles los forasteros? Es una entelequia, señores, no se puede tapar ni ocultar la metamorfosis que sufre Sevilla cuando el azahar comienza a florecer.
Sevilla es una ciudad maravillosa, por muchas y variadas razones, sus monumentos y cultura, sus bares, su temperatura, sus olores, sus colores y sabores. Sus fiestas en temporada alta son conocidas en el mundo entero y los sevillanos nos encargamos de presumirlas allá donde vamos o nos dan voz.
Hay un sector sevillano que no para de quejarse de la cantidad de foráneos que pisan nuestras calles, pero esto, en un mundo globalizado, con prensa, videos e internet mostrando nuestra cuidad por cualquier rincón del mundo, es imposible frenar la marea humana que llega ávida de ver nuestra ciudad, “no se le pueden poner puertas al campo”.
Sin duda, y por mucho que moleste a muchos, es el sustento económico de buena parte de la ciudadanía, y es un factor más que importante a tener en cuenta. Los hoteleros y hosteleros viven en gran medida de esta temporada, y uno de los fuertes alicientes, sin duda, de los turistas es comer en nuestros restaurantes, bares, tabernas, abacerías y garitos de nuestra ciudad.
Sé que a veces el gentío y la bulla nos sobrepasan, pero… ¿Quién puede ocultar Sevilla?





