Y mira que yo, de política no entiendo… ¿¿¿pero de veras os gusta esto que nos están imponendo???
Las obsesiones siempre acaban mal. Se obsesionó Hitler con la pureza de la raza aria, siendo moreno y posiblemente descendiente de judíos y le creyeron. Se obsesionó la Pasionaria con abrirse un falso camino entre las mujeres disfrazada de luchadora siendo una cobarde sanguinaria, y la creyeron. Se obsesionó Irene Montero con abanderarse como defensora a ultranza del sexo que ella considera débil, torpe e indefenso, aún siendo lo que es gracias al enchufazo de su varón, y la creyeron.
Y ahora, un tarambana que balancea la cabeza parsimonioso en un andar chulesco, se obsesiona con alimentar el odio entre la población y le creen. Se inventa, tergiversa, odia, difama, malmete… y le creen. Nos lleva la delantera, pero todo cae. En su mandato hay muerte, destrucción, rencores, chapuzas, limosnas y playlists.
Mirando su belleza constantemente en el monitor del Congreso ha sembrado la teoría del odio hacia los que no piensan como él. No sabe perder, no acepta que hace 90 años perdieron. Busca el sepulcro de unos desenterrando a otros y nos culpa a ti o a mí, librepensadores, de la muerte de Lorca, del que seguro no ha leído un sólo parrafo. No sabe quienes fueron Muñoz Seca o José Mª Piris Carballo, ni le importa. No baraja la posibilidad de la derrota limpia y usa el juego sucio para mantenerse en la poltrona de terciopelo rojo. Es soez, maleducado, ignorante y arrogante y aún así, le creen. No sé quién está más enfermo, si este peligroso Gargamel o la legión de pitufos ciegos que le siguen.
Pero mientras lo averiguamos debemos recordar que «un canalla nunca se rinde».





