Hay películas que, aun abordando asuntos importantes y necesarios, no consiguen trascender el propio discurso que pretenden —de pretencioso— construir. “La bola negra”, película basada una obra de teatro esbozada por Federico García Lorca a principios de 1936, me ha dejado la sensación de estar ante una cinta que recurre a materiales demasiado conocidos, a lugares comunes que hemos visto y escuchado tantas veces que difícilmente consiguen sorprendernos, emocionarnos o aportar una mirada nueva. O, al menos, interesante.
La homosexualidad, la represión, la intolerancia, la crueldad social, la sangre y las heridas heredadas son asuntos que merecen toda nuestra atención. Nadie discute su importancia ni la necesidad de seguir contándolos. Pero una cosa es abordar una realidad dolorosa y otra muy distinta convertirla en un catálogo de tópicos que parecen sacados de un repertorio cinematográfico ya agotado, vacío y hueco. El sufrimiento, por sí solo, no garantiza una buena película. Tampoco la acumulación de injusticias convierte automáticamente una historia en una obra memorable.
En “La bola negra” encuentro demasiados elementos reconocibles y demasiado poco enganche narrativo. Por lo que pierde brillo y verdad. Sus historias no terminan de atraparme, sus planteamientos no me descubren territorios nuevos y sus recursos dramáticos me resultan excesivamente familiares. El paso de un cine realista a uno simbolista te deja con la sensación de no saber si vamos a setas o a Rolex. Es como si la película confiara en que la crudeza de lo contado y la gravedad de los temas fueran suficientes para sostener el interés del espectador durante dos horas y media larguitas. Pero no lo son. También hace falta sutileza, profundidad, emoción. Y, sobre todo, una mirada propia.
Cuando pienso en grandes películas que han abordado la homosexualidad, me vienen inmediatamente a la memoria títulos como “Philadelphia”, “Brokeback Mountain”, “Fresa y chocolate” o “Maurice”. Obras muy distintas entre sí, pero capaces de construir personajes, conflictos y emociones que permanecen en la memoria mucho después de terminar la proyección. Películas que no necesitan subrayarlo todo para hacernos comprender la dimensión humana de sus historias.
Por eso mi decepción con “La bola negra” es mayor. No porque considere que estos temas estén agotados, sino precisamente porque creo que todavía hay muchísimo que contar sobre ellos. Lo que sí parece agotado es cierta manera de mostrarlos, insistiendo en clichés caducos y manidos, como si repetir los mismos mecanismos dramáticos fuera suficiente para provocar una reacción.
El cine debe arriesgar, cuestionar sus propias fórmulas y ofrecer perspectivas inesperadas. Y, en mi opinión, “La bola negra” no lo consigue. Salgo de su visionado con la sensación de haber visto algo demasiado conocido. Y eso, tratándose de una película que debería aspirar a dejar huella, es una decepción.





