Aún quedaban bastantes días para que finalizase el mes de octubre, cuando éramos testigos de cómo se iban engalanando muchas de nuestras ciudades con adornos… ¡navideños! ¿Acaso este Gobierno tan festivamente laico había hecho desaparecer por decreto ley el mes de noviembre, para zambullirnos cuanto antes en las celebraciones navideñas y olvidarnos así de tantas penas y penurias? No. Al parecer no se ha atrevido a tanto. Simplemente se trata de que los festejos navideños se anticipan cada año un poquito más, y no sólo en la publicidad comercial, sino también en los calendarios municipales y en la ornamentación de calles y negocios.
Se anticipan con similar celeridad con que se va desvirtuando el sentido de la fiesta hasta hacerla apenas reconocible en su fundamento y significado originario. Porque asistimos a una nueva y peculiar «época navideña» que lleva camino de durar desde mediados de octubre hasta mediados de enero, debido a que los intereses comerciales y turísticos de hacer caja, son los que mandan y empujan a ensanchar el calendario más allá del respeto al rigor de las fechas. ¿Y qué tiene de malo este manifiesto afán de convertir tan entrañable fiesta en lo que dura una estación del año? Pues únicamente en que la Navidad va quedando perdida en la falsa espuma festiva de demasiados días.
Un conocido aforismo dice: «¿Cómo se oculta un elefante en la Quinta Avenida de Nueva York? La respuesta es: «Llenando la Quinta Avenida de elefantes». ¿Cómo se oculta y diluye el sentido y significado auténtico de la Navidad? Vendiéndonos una Navidad de casi tres meses y que apenas guarda relación con la que celebrábamos cada 25 de diciembre. Un fraude.





