
Hay fechas que no deberían pasar inadvertidas. Días en los que la memoria, el cariño y la admiración se dan la mano para regresar a un lugar donde el silencio también resuena a flamenco. Allí, en el cementerio de San Fernando de Sevilla, ante el mármol blanco y frío de la tumba de Niño Ricardo —Manuel Serrapí Sánchez, (Sevilla, 11 de julio de 1904 — Ídem, 14 de abril de 1972) , vuelve a repetirse cada año un ritual flamenco, religioso y pagano a la vez. Memoria del respeto, del sentimiento y de la gratitud hacia uno de los grandes revolucionarios de la guitarra flamenca.
En torno a su recuerdo, cada año, se reúnen el mítico Ricardo Miño, la bailaora Pepa Montes, Antonio Gámez y su toque eterno, Antonio Moya y Lebrija en seis cuerdas, y aficionados de primera, de esos que llevan el flamenco metido en el alma y que entienden que las leyendas no mueren mientras alguien siga pronunciando sus nombres. No hacen falta grandes discursos. Basta una mirada, unas palabras emocionada. Y, sobre todo, el reconocimiento sincero a quien cambió para siempre la manera de entender el acompañamiento.
Porque Niño Ricardo no fue solamente un guitarrista extraordinario. Fue una figura irrepetible, un creador de caminos, un revolucionario del toque para acompañar al cante y al baile.
—Y a lo que viniera bien—, mire usted.´
Su personalidad, su sonido y su manera de sentir las seis cuerdas dejaron una huella profunda en generaciones de artistas. Su guitarra tenía —sigue teniendo— verdad, personalidad y el misterio que distingue a los elegidos.
Y mientras se deposita el recuerdo ante su sepultura, inevitablemente regresan otros tiempos. Aquella Alameda de Hécules; aquella Triana de aromas antiguos, de reuniones, de tertulias y de noches interminables donde el flamenco se vivía sin relojes, sin prisas y sin necesidad de explicaciones. Tiempos que se fueron. Personajes que ya no están y ambientes que difícilmente volverán. ¡Cuánta historia cabe en una guitarra y cuánta nostalgia despiertan aquellos años!
Pero hay algo que permanece. Permanece la admiración, el legado y la hermosa costumbre de acudir cada año a rendir homenaje a Niño Ricardo.
Gracias a quienes mantienen viva una cita ineludible, única. A quienes acuden con el corazón por delante, que ya los hemos nombrado, transmiten a los más jóvenes el valor de nuestra memoria flamenca.
Que nunca falten esas visitas, esos abrazos y ese recuerdo compartido. Que el mármol de su tumba siga recibiendo el calor de quienes no olvidan.
Porque los grandes maestros no descansan en el olvido. Y Niño Ricardo, desde su silencio eterno, sigue tocando en la memoria de Sevilla y en el corazón del flamenco.





