Cuando ya parecía que no cabe más indignación ni más dolor, llega otro golpe – fallan las palabras. “No, sobre esto no puedo hablar, es ya demasiado, me sobrepasa”, es lo que se siente. Cualquier cosa que se diga sonará banal, casi insultante.
Pero, ¿acaso se puede no decir nada?
“Es momento de pensar en las víctimas, en las víctimas” “Ahora las víctimas” “Ahora los heridos”… Pues sí, los médicos que se ocupen de los heridos, y los enterradores de los muertos, claro está. Pero, ¿y el resto? ¿No podemos hacernos preguntas?
¡Ah, y en los “agradecimientos”! Las autoridades que visitan el lugar del siniestro no paran de repetir lo de agradecer, agradecer, agradecer… Hay que agradecer, y agradecer… Y además hay que agradecer… Parece que estemos en el Día de Acción de Gracias.
No politicemos, no, no, no. Pensemos en los heridos. Y en dar gracias a los que se portan tan maravillosamente, tan espléndidamente. Hay que dar muchas gracias. Hay que pensar en las familias. Hay que darse muchos abrazos.
Cuando llevemos más días de hablar de heridos y de familias, y de dar gracias, y de organizar funerales, pues…
Es momento de recordar el accidente de Adamuz. Hace diez meses, entonces “tocaba” pensar sólo en las víctimas, en las víctimas. En los heridos, en las familias. Pésames, autoridades, fotos. Luego, el funeral: que si de este modo, que si de otro. Al final, un funeral dignísimo, un ejemplo de palabras perfectas. Pues qué “bien”. Y una vez celebrado y retransmitido el funeral… pues se pasó página. Asunto concluido.
No se movió un dedo en ningún sentido (ni de asumir nadie responsabilidad alguna, ni de reparar una a una las traviesas ni las catenarias ni los sistemas…Nada). El tiempo se dedicó a los heridos y a las víctimas, y a este y a otro testimonio desgarrador, y a los decretos de luto y mucho luto, y a los mensajes reenviados con angelitos llevando a niñas de la mano. ¡Cuántas gracias hay que dar!¡Qué bien se porta todo el mundo! Luego llega febrero y marzo y abril, y ya toca hablar de otra cosa.
El ciudadano medio, entre las dificultades de la vida, después de unos meses sin noticias de otros accidentes en la alta velocidad, viene como a dar por hecho que “han arreglado algo”, y vuelve a confiar en los trenes (después de que nos han impuesto un estilo de vida que exige movilidad constante. ¿Quién tiene ya a su familia o a su trabajo en la misma ciudad donde vive?).
Lo que ha sucedido en estos meses es que ha aumentado el desgaste de las infraestructuras; es decir, el riesgo de tragedias es cada día mayor. El ciudadano medio viene a pensar: “Bueno, si ayer se estrelló un avión en Caracas, no creo dé la casualidad que hoy se estrelle el mío a Berlín”. Ese modo de pensar, aunque no sea muy racional, refleja una especie de cierta lógica humana (o más bien un instinto humano de anhelo de justicia y de equilibrio). Pero en este caso no sirve. En este caso, volver a subirse a un Ave (cuando restablezcan el servicio, pero sin haber reparado las infraestructuras por completo, traviesa a traviesa, milímetro a milímetro – más mil cambios en el sistema de control, etc) constituirá una especie de suicidio.
¿Qué vamos a decir? Las palabras faltan.
Si esto se leyera en un libro de Historia, sonaría tremendo. La realidad en nuestras carnes, siempre nos cuesta más trabajo percibirla. El instinto humano que anhela la lógica rechaza tanta maldad, se niega a verla.
DEP por supuesto, sí. Pero pensemos en los vivos. Muchos vivos estarán hoy entretenidos por ejemplo cambiando el diseño de sus páginas web para ponerlas de luto, y reenviando mensajes tiernos de algún niño o perrito salvado en el último momento (¡hay que dar muchas graciaaaas!), y dentro de dos meses acaso vuelvan a subirse al mismo tren, pensando que ya se habrá arreglado solo.
“Crimen y Castigo” ha sido una constante en la civilización. Así debe ser.
Ya parece no haber civilización. Crimen y olvido.





