La proximidad de la fiesta de todos los santos del uno de noviembre, me lleva hoy a escribir sobre la diferencia existente entre palabras que solemos utilizar como sinónimos o al menos de forma natural sin pararnos en que tienen distintos matices conceptuales: celebración, festividad y solemnidad.
La celebración es el término más amplio y genérico de los tres. Designa el acto o acción de conmemorar, alabar o recordar un acontecimiento, ya sea de carácter público o privado. Abarca desde eventos íntimos hasta los de escala internacional, y puede ser alegre (un cumpleaños), solemne (un homenaje de Estado) o conmemorativo y sobrio (un minuto de silencio). Toda fiesta o solemnidad implica una celebración, pero no toda celebración exige un marco festivo ni un estatus protocolario elevado. Procede del latín celebrātio, -ōnis («concurrencia de gente», «celebración pública», «festejo»), y adquiere su sentido cuando tiene lugar en comunidad.
La festividad, por su parte, hace referencia a un día o período señalado en el calendario que la sociedad, una cultura o una religión reserva para conmemorar un hecho específico. Su naturaleza es temporal e institucional, porque casi siempre conlleva un cese o reducción de la actividad laboral/académica (día feriado). Su alcance es colectivo, cultural o comunitario y el tono dominante es de júbilo. Procede del latín tardío festivĭtas, -ātis («alegría», «regocijo», que deriva a su vez de festīvus («agradable», «alegre»), formado a partir del sustantivo festum («banquete») y del adjetivo festus («consagrado», «solemne»).
Finalmente, la solemnidad representa el grado máximo de formalidad, rigor o jerarquía con el que se realiza un acto o se designa una fecha. Implica un protocolo estricto y formal, gravedad y un respeto ceremonial particular. En la liturgia católica, la Solemnidad es el rango de mayor nivel entre las celebraciones (por encima de las fiestas y las memorias de los santos): comienza en las vísperas del día anterior y cuenta con lecturas e himnos propios (como el Gloria y el Credo). En el ámbito civil/institucional se refiere a actos de Estado, investiduras o conmemoraciones que exigen un código de vestimenta, etiqueta y respeto riguroso. El tono es majestuoso, reverente y formal (no necesariamente triste, pero sí desprovisto de ligereza). Etimológicamente hablando, deriva de un compuesto arcaico formado por los términos latinos sollus («entero», «completo», «todo») y annus («año»), es decir, «lo que se cumple al cerrarse el año entero» o «anual/recurrente según el ciclo sagrado», de donde derivó hacia los ritos formales, canónicos y de máxima gravedad institucional.
En resumen: la festividad es una fecha especial en el calendario, la celebración el acto de conmemorarla, y la solemnidad el nivel más alto de rigor y respeto con el que dicho acto puede llevarse a cabo, y las tres se dan el uno de noviembre. Fue el Papa Gregorio III (731–741) quien consagró una capilla en la basílica de San Pedro en honor a los apóstoles, mártires, confesores y a todos los justos perfectos, transfiriendo la solemnidad a ese día para abarcar no solo a los mártires de sangre, sino a todos los santos.
Más tarde, El emperador Luis el Piadoso, a instancias del papa Gregorio IV, proclamó formalmente esa fecha en el año 835 como festividad obligatoria en todo el Imperio carolingio y el mundo occidental. Lejos de centrarse en el luto, es una solemnidad de carácter triunfal y festivo, ya que se celebra a la comunidad de creyentes que gozan de la visión de Dios. Expresa el dogma de la comunión de los santos, el lazo espiritual que une a los fieles de la tierra (Iglesia peregrina), las almas del purgatorio (Iglesia purgante) y los bienaventurados del cielo (Iglesia triunfante).
No se recuerda únicamente a figuras célebres del santoral (como san Pedro o san Francisco de Asís), sino a familiares, antepasados y personas comunes cuya vida fue un testimonio de fe, justicia y amor sin reconocimiento formal, lo que podríamos llamar santidad ordinaria, y con ella se le recuerda a los fieles que la plenitud cristiana no es un privilegio reservado a religiosos o mártires históricos, sino una meta abierta a la vida cotidiana.
Mientras el uno de noviembre es una fiesta de gozo por quienes ya están en la gloria, el día dos de este mes (Conmemoración de los Fieles Difuntos) se reserva a la oración e intercesión por las almas en proceso de purificación, si bien ha servido de base para que el vulgo denomine a noviembre como el mes de los muertos, y se le dé más publicidad a la visita a los cementerios que al gozo de celebrar una fiesta que nos debe llenar de esperanza.
Dichoso mes, que empieza con todos los santos y termina con San Andrés. Que lo vivan como un mes único con celebraciones populares (san Martín de Porres, san Carlos Borromeo, nuestra Señora de la Almudena, san Alberto Magno, Día de Acción de Gracias…) es mi deseo para todos mis lectores.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





