Hay hechos que sirven de referencia para intentar comprender el marco mental en que la humanidad se mueve en cada momento histórico y ámbito cultural. Y uno de esos hitos fundamentales para descifrar las claves morales del actual Occidente es la normalización, implantación e incluso constitucionalización del aborto, presentado y vendido como un nuevo derecho de la mujer, bajo la mordaz etiqueta de derecho a su «salud reproductiva«.
Garantía sobradamente indicativa de tan penosa «conquista», es haber hecho desaparecer, no ya una vaga imagen del resultado final del ejercicio de tan salutífero derecho, sino cualquier mínima mención al ser humano en gestación cuyo derecho a la vida planteaba graves cuestiones morales de diferente naturaleza hasta hace apenas unos años. Cuestiones que se han ido obviando a golpe de una incesante propaganda de los poderosos e influyentes lobbys abortistas en los medios de comunicación; así como en los guiones de cine y televisión hasta lograr un cambio radical en la opinión pública, volviéndola favorable a las leyes letales con los seres humanos más indefensos.
El 9 de octubre de 2013, durante un pleno del Congreso de los Diputados, tres mujeres activistas feministas comenzaron a brincar como posesas en la tribuna de invitados con el torso desnudo y gritando: «Aborto es sagrado». Y tenían razón: una de las características esenciales de nuestro tiempo es que matar a los hijos en el seno materno es lo único sagrado en que ya convergen casi todos. Como también, en que defender el derecho a nacer de estas inocentes criaturas humanas, te convierten en un peligroso enemigo de la libertad y del progresismo de cualquier signo.
Tras ambas conclusiones, poco cabe añadir para comprobar a qué denominamos progresismo y hacia qué abismo progresamos.





