Hay gente que no mata ni roba, pero consigue que uno comprenda ciertos arrebatos. Son los administradores de las micromolestias, esas pequeñas puñaladas sin sangre con las que vamos completando el día.
Está el del cajero automático. Lleva veinte minutos ante la pantalla, como si estuviera escribiendo la segunda parte de Los pilares de la Tierra. Uno solo quiere sacar cincuenta euros; él parece estar negociando la deuda soberana de Mozambique.
Después viene el que ha pagado la cuenta del restaurante, sabe que esperas su mesa y decide inaugurar una sobremesa constituyente. Ya tiene el abrigo puesto, pero siempre le queda una anécdota. Dan ganas de pedirle al camarero que nos sirva los entrantes encima.
Mención aparte merece quien te encuentra desayunando y confunde tu tostada con una invitación al coloquio. Te pregunta, naturalmente, cosas que exigen respuesta. El café se enfría y la tostada se entrega al clima soriano mientras tú asientes con esa educación que tantas desgracias nos cuesta.
También está el astronauta del aparcamiento. Se sienta, ajusta el espejo, consulta el móvil, busca algo, lo encuentra, vuelve a perderlo. Antes de arrancar debe de comprobar la presión atmosférica de las islas Galápagos. Tú envejeces con el intermitente puesto pero a él -que te ha visto- le importa un carajo.
Está también quien descubre que debe pagar cuando la cajera termina de pasarle la compra. Hasta entonces ha debido de creer que aquello era una invitación del supermercado. Empieza a buscar la cartera por las profundidades del bolso, donde cabe sospechar que guarda las escrituras de la mezquitade Amánn. Naturalmente, lleva el único yogur de toda la provincia cuyo código de barras no funciona. Hay que llamar a alguien. Ese alguien no viene. Cuando viene, va a buscar otro yogur. Y cuando por fin conocemos el precio del lácteo, la tarjeta no va. La frota, la mira al trasluz, vuelve a introducirla. «Pues esta mañana me ha funcionado», declara, como si la cajera estuviera poniendo en duda su honor. Tú solo llevas una barra de pan. Entraste para comprarla tierna y vas a salir con ella más dura que la cara de Sánchez.
Añadan al que se detiene justo al salir de la escalera mecánica; al que escucha vídeos sin auriculares y al vecino que sujeta el ascensor para despedirse de alguien que todavía está en su casa.
Todos parecen buenas personas. Ése es el agravante. Porque al malvado se le identifica enseguida; estos, en cambio, te llaman impaciente.
Y quizá tengan razón. Yo cada día tengo menos paciencia y más años. Lo malo es que buena parte de esos años los he cumplido esperando a que alguno termine de hacer una solemne molestia.





