“No se puede criminalizar a todo el que discrepa de una determinada visión de la historia, ni presentar como cómplice de un asesinato a quien comparte ciertas ideas políticas”
Hay frases que suenan tan rotundas que parecen no admitir ninguna discusión.
“Querido amigo pepero… No se puede ser amigo de Blas Infante y de sus asesinos. No se puede ser amigo de Lorca y de los que le pegaron un tiro”.
Si esa es la reflexión de Manu Sánchez, el perro andaluz, merece una respuesta que vaya más allá del eslogan. Porque la cuestión no es si debemos condenar el asesinato de Federico García Lorca. Lo que, con estos obstinados, no merece ni respuesta. La cuestión es si ese principio moral se aplica a todos por igual o si, en la política o en la farándula, lo mismo da, existen víctimas cuya memoria incomoda más que otras.
Los responsables directos de los asesinatos de Lorca y de Blas Infante pertenecen a una época histórica distinta y parecía que superada. Por tanto, cuando en 2026 el cuentista de Dos Hermanas habla de “ser amigos de sus asesinos”, debería precisar. ¿Se refiere a quienes -si los hubiera- justifican aquellos crímenes, o a quienes discrepan de “su” interpretación de la historia?
Con esta gente, resulta conmovedor tener que explicar lo obvio: discrepar de las ideas de Lorca no convierte a nadie en cómplice de su asesinato, del mismo modo que defender una determinada ideología no convierte automáticamente a una persona en responsable de los crímenes cometidos en su nombre (ejemplo: 100 millones frente a 20 marca a esta hora el marcador del macabro derbi de crímenes a consecuencia del comunismo y del nazismo). Si confundimos esas categorías de manera consciente, no estamos haciendo un juicio moral sobre los hechos, y sí estamos utilizando la historia como actual instrumento de descalificación política.
Puestos a ser bondadosos, aceptemos la premisa del titiritero a sueldo de Sánchez con dinero de todos los españoles y llevémosla hasta sus últimas consecuencias. Si no se puede ser amigo de Lorca y amigo de sus asesinos, ¿se puede ser amigo de Miguel Ángel Blanco y amigo de sus asesinos? Más, teniendo en cuenta que en este caso no han transcurrido tres generaciones y media, todo lo contrario: los interlocutores del gobierno siguen siendo al día de hoy amigos bien avenidos de criminales que dejaron de matar hace 15 años, a los que se les está aplicando, sin requerirles arrepentimiento previo, urgentes y desproporcionadas progresiones al tercer grado por una consejera socialista del País Vasco.
A falta de su enseñanza en las escuelas, parece mentira que tengamos que recordar casi 30 años después que Miguel Ángel Blanco fue un concejal del Partido Popular en Ermua (Vizcaya) al que ETA secuestró y asesinó en julio de 1997, después de someter a toda España a una angustiosa cuenta atrás, cronómetro en mano. Su muerte conmocionó a España y convirtió su nombre en símbolo de la resistencia cívica frente al terrorismo. No era una víctima franquista ni una figura del imaginario de la izquierda: era un representante público elegido democráticamente, asesinado por una organización terrorista que pretendía imponer sus objetivos mediante la violencia.
ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada en 2011, bajo la presidencia de Zapatero y se disolvió en 2018, días antes del abandono de Rajoy de La Moncloa, moción de censura mediante. Pero eso no borra sus crímenes, ni convierte en irrelevante la responsabilidad política (y criminal) de quienes justificaron y justifican la violencia, ni de quienes, prometiendo en campaña que nunca negociarían con sus herederos, lo hicieran al día siguiente. Tampoco significa que ese acuerdo con una formación vinculada a una banda terrorista equivalga a una complicidad con ella, aunque se le parezca mucho. En todo caso, lo que sí permite es formular preguntas legítimas sobre esos pactos en la penumbra o directamente desconocidos, o sobre las no exigencias de condena del terrorismo y del tratamiento digno de las víctimas a los de un lado, que culminan con el ascenso al poder de los del otro.
No se puede condenar a unos asesinos y blanquear a otros, ni convertir a las víctimas en propiedad exclusiva de una ideología. La coherencia moral, ética y no partidista se demuestra cuando se aplica también a los propios aliados.
En definitiva, Manu Sánchez tiene todo el derecho a reivindicar a Lorca y a denunciar la complicidad moral con sus asesinos. Conniventes que, por otra parte, no logro identificar. Lo que cabe exigirle, como a cualquier figura pública que interviene en el debate político, es que explique dónde sitúa los límites de esa afirmación y si los aplica con la misma firmeza cuando la víctima se llama Miguel Ángel Blanco aunque el vasco no haya desplegado el arte y la maestría necesarios para crear un Romancero gitano II.
No se puede criminalizar a todo el que discrepa de una determinada visión de la historia, ni presentar como cómplice de un asesinato a quien comparte ciertas ideas políticas. Pero tampoco se puede pedir indulgencia para quienes justificaron el terrorismo mientras se exige una condena sin fisuras a los responsables de otros crímenes.
La historia no pertenece a una sigla. Lorca no pertenece en exclusiva a la izquierda; Blas Infante no es patrimonio de quienes invocan su nombre en campaña; Miguel Ángel Blanco no puede quedar reducido a un símbolo incómodo para quienes necesitan los votos de determinados socios, bien golpistas, bien filoterroristas.
Las víctimas merecen memoria, respeto y justicia, no una utilización partidista que seleccione qué sufrimiento conviene recordar y cuál resulta más práctico silenciar.
No se puede ser amigo de los asesinos, ni justificar sus crímenes, vengan de donde vengan. Y tampoco se puede exigir coherencia a los demás sin estar dispuesto a practicarla.
Esa debería ser la regla. Para Lorca. Para Blas Infante. Para Miguel Ángel Blanco. Para todas las víctimas. Y también para quienes, desde una tribuna pública, pretenden decirle a la audiencia que le paga quién merece su memoria y quién no.
Manu, artista: frente a una indecente postura frentepopulista y próxima a la lisonja del guerracivilismo, 90 años después y seguramente con más integridad, podría responderte:
“Querido amigo susialista… No se puede ser amigo de Miguel Ángel Blanco y de sus asesinos. No se puede ser amigo de un concejal y de los que le pegaron dos tiros”.
Prefiero distinguirte con dos expresiones muy características del habla andaluza que te vienen de puta madre: bienpagao y agradaó. Ambas reflejan la riqueza de nuestro lenguaje, donde el humor, la ironía y la personalidad siguen teniendo un papel importante. Lo que, por otro lado, tu arte sabía expresar de forma genial cuando no ejercías de bienpagao y agradaó, precisamente.





