Siempre he contemplado el perdón como un don divino, una gracia o virtud que no encuentra en la lógica racional su razón de ser. A veces deseamos perdonar, pero nuestras emociones no responden a esa decisión. Concebirlo como un «don» explica por qué no siempre es un acto inmediato de la voluntad, sino un proceso de apertura interna, donde nos dejamos transformar por una fuerza interior de orden superior.
¿Qué víctima no ha experimentado en alguna ocasión cómo el rencor le ata con el ofensor en un ciclo interminable? Percibir el perdón como un don sobrenatural permite entenderlo no como una debilidad o sumisión, sino como una intervención trascendente que rompe esa atadura. No se trata de justificar el mal, sino de negarle la potestad de seguir dictando el presente.
La justicia humana exige equivalencia: quien la hace, la paga. Nuestra naturaleza espontáneamente a la justicia retributiva —el ojo por ojo— o al resentimiento como mecanismo de defensa. El perdón, en cambio, cancela una deuda real sin exigir la contraprestación del culpable. Desde una óptica teológica, este acto imita al atributo divino de la misericordia incondicional, donde la gracia no niega la justicia, sino que absorbe el coste del daño infringido.
Los ordenamientos jurídicos no perdonan. Perdonan las personas: una madre, un hermano, a veces un pueblo entero. El Derecho absuelve y condena, repara y compone. Algunas de sus figuras – el indulto, la remisión de una deuda, la mediación – rozan el perdón sin alcanzarlo. Nadie tiene derecho a exigir a la víctima que perdone ni que acelere por dentro lo que quizás le costará toda la vida.
Hoy me quiero referir a un perdón muy especial: el perdón a uno mismo. El desazón que acompaña a la imposibilidad de perdonarse, a pesar de haber sido exculpado por el agraviado o incluso después de recibir el sacramento de la Penitencia y con él el Perdón de Dios. ¿De dónde viene esa infelicidad?
La incapacidad de perdonarse a uno mismo surge del choque entre el acto cometido y la identidad que creemos o deseamos tener. El autoperdón exige reconciliar la culpa con nuestro yo. La Psicología diferencia la culpa («hice algo malo») centrada en la conducta, de la vergüenza («soy malo») centrada en nuestra identidad. Quien no logra perdonarse transforma la transgresión en un juicio definitorio sobre su propio ser, lo que bloquea cualquier intento de reparación adaptativa.
Opera la ilusión de que las consecuencias negativas eran completamente predecibles en el momento de actuar (sesgo retrospectivo). Nos juzgamos hoy con la información actual, ignorando las limitaciones, emociones o presiones reales que enfrentábamos en el pasado. Sin darnos cuenta de que estamos eligiendo mantener la culpa como penitencia protectora, como un mecanismo de defensa neurótico. Creemos inconscientemente que si dejamos de sufrir o si nos perdonamos, estaremos minimizando el daño, traicionando a la víctima o concediéndonos permiso para repetir el error. Así, el dolor crónico sustituye a la expiación real.
Hay un grupo de personas que sufren especialmente este padecimiento: los perfeccionistas, aquellos cuya conducta responde a estándares rígidos y toleran mal su propia falibilidad. El bucle rumiativo revive constantemente el evento en ellos sin generar aprendizaje ni cierre, derivando con frecuencia en cuadros depresivos, trastornos de ansiedad o conductas de autosabotaje.
En el ámbito ético y moral, perdonarse a uno mismo plantea un problema de legitimidad. Concederse el perdón unilateralmente puede interpretarse como un acto de arrogancia o autoindulgencia que elude la justicia debida al afectado. En transgresiones graves, donde la reparación material o emocional es imposible (por ejemplo, una negligencia irreparable o la muerte de alguien), experimentamos una asimetría insalvable: no hay restitución que iguale el daño. Ante la imposibilidad de saldar la deuda, se asume una condena perpetua para mantener vigente la norma moral que nosotros mismos hemos quebrantado.
¿Cómo salir de ese atolladero tan perjudicial? La moral madura no exige autoflagelación eterna, sino responsabilidad moral. No perdonarse suele congelar a la persona en la herida, mientras que la asunción moral del error nos lleva a aceptar la falta, despojarnos del narcisismo del «yo intachable» y transformar el remordimiento en conducta reparadora hacia los demás. Solo así se podrá encontrar la deseada paz interior.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





