“Porque una cosa es defender la presuntuosa supremacía de la política catalana sobre la española, como aseguraba Rufián, y otra devenir en El Cid Campeador del rojerío patrio”
Tras ofrecerse a liderar el proyecto y fracasar definitivamente el pasado viernes en las negociaciones para formar una candidatura conjunta de todos los comunistas que en España son, el portavoz de la izquierda republicana y catalana asumió públicamente su responsabilidad: “He fracasado. Hemos fracasado”. Su objetivo era conseguir que los partidos superasen sus diferencias y evitar el perjuicio de la fragmentación electoral.
Al Gabriel Rufián, discípulo del certero terminator Luis Companys, convendría hacerle tres preguntas, sin discursos interminables ni artificios retóricos:
Primera.- Once años después de aterrizar en Las Cortes definiéndose como republicano, de izquierdas e independentista y asegurando que en dieciocho meses, una vez proclamada la República Catalana, volvería a Cataluña, ¿qué ha pasado para intentar liderar al conjunto del comunismo español?
Segunda.- También, once años después de que, en plena campaña de EH Bildu en 2016, describiera el ser independentista como “un vehículo para tener un país decente”, ¿qué ha sucedido para acabar preocupándose por los andaluces de Jaén más que por los pagesos de Les Garrigues, cuando no hay color entre esas denominaciones de origen del preciado aceite de oliva?
Y tercera.- Doce años después de presentar a Súmate como el mejor antídoto contra el “discurso unionista y tramposo de Podemos”, y habiendo llegado a comparar a Pablo Iglesias con Alejandro Lerroux (el dirigente antinacionalista de la Segunda República), ¿qué ha pasado para acabar en los brazos estatistas de Irene Montero?
Aquellas palabras, en aquellos momentos, sonaban a promesa de una llegada rápida de la república catalana, en un desprecio de todo lo español, pero los actuales comportamientos funcionan como la clave para entender todo lo que vino después: indultos, amnistías, cesiones de competencias, transferencias millonarias… y todo lo preciso hasta dejar colgando y escuálida (Guerra dixit) la guitita del entramado constitucional, ya sin chorizo que sustentar.
Durante años, el charnego-independentista ha defendido la política propia catalana sin importarle una higa cualquier ultraje al resto de España. Ese discurso, que sirvió desde el principio para alimentar agravios, justificar reivindicaciones y presentar las relaciones entre territorios como un enfrentamiento inmutable, ha continuado para obtener millonarias prebendas de Pedro Sánchez a cambio de infames votos para mantenerlo de presidente.
Las relaciones entre el Estado y la Comunidad Autónoma de Cataluña siempre han sido complejas y merecen ese debate serio que nunca llega, basado en cifras, criterios políticos e históricos y absoluta transparencia, lo que desembocaría necesariamente en un reconocimiento de igualdad con los restantes territorios. De ahí su imposibilidad, porque una cosa es defender la presuntuosa supremacía de la política catalana sobre la española, como aseguraba Rufián, y otra devenir en El Cid Campeador del rojerío patrio.
Por eso, las preguntas a Rufián no acaban en si se puede negociar con el Gobierno de España, ni si tiene derecho a defender sus posiciones independentistas. Empiezan y terminan en si mantiene sus afirmaciones anteriores y cómo las concilia con sus alianzas actuales.
Si ha cambiado de opinión, no lo ha explicado suficientemente. Si mantiene el mismo diagnóstico, que aclare cómo encaja en su nueva estrategia política. La coherencia no consiste en no cambiar nunca, sino en dar explicaciones cuando se cambia de posición y, principalmente, cuando tales explicaciones puedan ser entendidas por los medianamente inteligentes.





