“Habíamos aceptado que el fútbol tenga errores porque quienes lo practican y lo juzgan son humanos. Lo que cuesta admitir es que, con más medios que nunca para aclarar las jugadas, la sensación de indefensión no haya desaparecido. Todo lo contrario. Te gritan a la cara: ¡Manos arriba, esto es un atraco… Y lo sabes!”
Mientras España, que es lo trascendental, se va al guano, permítanme una reflexión personal. Aunque creo hablar en nombre de una parte importante de lo más sano del fútbol, sus aficionados. Los que pagan su abono, se dejan la garganta en la grada, discuten los lunes en el trabajo y organizan la vida alrededor de “su” escudo. Esa gente que, pese a los disgustos, siempre está.
Me entretengo hoy en algo aparentemente secundario: el fútbol. Y digo aparentemente porque, para algunos, el fútbol no es solo un deporte, el Sevilla no es solo un club. Es memoria, abuelos, padres, hermanos, tíos, hijos, nietos, sobrinos… es identidad, son abrazos, decepciones, llantos de alegría y de sufrimiento. Una manera de entender la vida. Y cuando te pisotean todo eso durante años, llega un momento en el que hasta el más fiel se pregunta si merece la pena continuar.
El año que viene, si Dios lo estima procedente, cumpliré cincuenta años como socio del Sevilla Fútbol Club, aunque el sentimiento se remonte un lustro más allá. Medio siglo de sevillismo. Medio siglo de lo ya dicho: satisfacciones, amarguras, viajes, finales, derrotas dolorosas y victorias inolvidables. Medio siglo viviendo unos colores que no se eligen por conveniencia, sino porque se llevan dentro, incluso cuando te llevas más disgustos que satisfacciones.
Y, sin embargo, ha llegado un momento que jamás pensé que anunciaría: me retiro del fútbol.
No me retiro del Sevilla porque haya dejado de quererlo. No me retiro porque el equipo pierda, porque no juegue como antes o porque tres temporadas se tuerzan. El sevillismo está acostumbrado a sufrir. Lo que no puede exigírsele al aficionado es que, además de sufrir por su equipo, acepte que se rían de él en su propia cara.
Porque ya no se trata únicamente de lo que ocurre sobre el césped. Se trata de lo que sucede alrededor, de una maquinaria que supuestamente llegó para garantizar la justicia deportiva y que ha terminado convirtiéndose en una fuente permanente de sospechas, indignación y desconfianza.
El domingo, a las nueve y veintiocho de la noche, cuando el Sevilla empataba en La Castellana, abandoné toda posibilidad de seguir siendo futbolero.
Lo ocurrido en el Santiago Bernabéu -que desde la grada emocional del aficionado sevillista se vivió como un nuevo episodio de videoarbitraje incomprensible a sumar a las decenas de mangazos sufridos en esa Cueva de Alí Babá– ha sido la gota que ha colmado el (mi) vaso.
Al parecer no fue una jugada aislada, porque he leído que después llegaron otras. Con la primera tuve suficiente para cambiar de canal y decirme: ¡hasta aquí! No es un enfado pasajero. Es la acumulación de demasiadas tardes en las que uno lleva tiempo preguntándose si las reglas son iguales para todos o si hay equipos que juegan con una red de seguridad de la que otros ni siquiera disponen.
Hasta la llegada del VAR -en mis narices- se equivocaban, o me engañaban, tres personajes vestidos de negro sobre el césped. Entonces podía enfadarme y maldecir al árbitro. Pero al menos existía una explicación sencilla con la que nos consolaban / consolábamos: el colegiado no lo había visto, había interpretado mal la jugada o había cometido un error humano. Dolía, pero se asumía.
Desde la llegada del videoarbitraje, mi cuenta particular de responsables de este espectáculo circense se ha acrecentado. Ya no son tres. Son treinta y tres, o trescientos treinta y tres, si a los árbitros de campo sumamos los de la sala VOR, los responsables de los distintos estamentos, las cámaras de televisión y los realizadores que deciden qué imágenes se ofrecen (o no), desde qué ángulo y en qué momento.
Antes, el error podía o debía ser entendido como humano; ahora, cuando tienes todas las imágenes y todas las herramientas a tu disposición, resulta mucho más difícil pedirle al aficionado que comulgue con ruedas de molino. Para mí ya resulta imposible.
El VAR nació con una promesa: corregir errores claros y manifiestos, ayudar al árbitro y aportar justicia al fútbol. Nadie sensato debería oponerse a eso. El problema aparece cuando una herramienta concebida para reducir las injusticias se convierte, a ojos del aficionado, en un nuevo motivo de frustración y de engaño colectivo. Así ocurre cuando unas jugadas se revisan con lupa mientras sobre otras parecen pasar de puntillas; cuando una decisión se explica con una interpretación y la siguiente, aparentemente igual, se resuelve justo al contrario.
Es entonces cuando surge el interrogante: para qué sirve tanta tecnología si el resultado final sigue siendo la desconfianza.
Dicen que le pasó algo semejante al Betis el día anterior en La Cartuja, según la percepción del aficionado neutral. No hace falta compartir colores, rivalidades ni sentimientos para reconocer una frustración que atraviesa las gradas de la mayoría de los estadios. Hoy le toca a uno; mañana, a otro. Y pasado mañana, a cualquiera que no consiga entender por qué una jugada, video en mano, se juzga de manera diferente por las docenas de profesionales que “comen de esto” a nuestra costa.
Porque esa es la cuestión: esto no va solamente del Sevilla, aunque sea mi pasión. Va de todos aquellos que todavía creen que el fútbol debe ser una competición en la que las reglas se apliquen con la misma exigencia, independientemente del escudo que luzca cada futbolista.
El VAR ha venido, disculpen la opinión, para (suavemente) llamar ingenuos a los aficionados a la cara. Y yo, que lo he sido durante más de medio siglo, prefiero retirarme con la cabeza alta mejor que seguir formando parte de quienes, con todo su amor y sentimiento, aceptan cualquier tropelía con tal de seguir viendo jugar a su equipo. ¡Honor a todos ellos!
Que nadie confunda la fidelidad con la resignación. Ser aficionado no significa renunciar al sentido crítico. Pagar un abono -en ocasiones con gran sacrificio- no convierte a nadie en marioneta del capricho ajeno. Y amar un escudo no obliga a guardar silencio cuando uno cree que se está cometiendo una injusticia.
Durante años hemos soportado que nos llamen apasionados, que aseguren que no entendemos las reglas (“que ellos tan bien conciben”) o que vemos fantasmas donde solo hay decisiones arbitrales. Habíamos aceptado que el fútbol tiene errores porque quienes lo practican y lo juzgan son humanos. Lo que cuesta admitir es que, con más medios que nunca para aclarar las jugadas, la sensación de indefensión no haya desaparecido. Todo lo contrario. Te gritan a la cara: ¡Manos arriba, esto es un atraco… Y lo sabes!
Mientras tanto, los dos clubes españoles más beneficiados históricamente por el reparto de atención, poder mediático y capacidad de influencia, siguen expresando sus “quejas”, presionando a los estamentos y protagonizando un debate arbitral que parece no tener fin. Cada cual defiende sus intereses, como es lógico, pero, desde la opulencia, lo hacen rayando el insulto a la gente del común. De manera que cabe preguntarse qué espacio queda para los demás cuando ambos paquidermos convierten sus reclamaciones en asunto permanente de la competición.
¿Quién escucha al aficionado que lleva cincuenta años pagando su carné? ¿Quién defiende al socio que no tiene una televisión, un micrófono ni una sala de prensa para explicar su indignación? ¿Quién le devuelve la confianza a los que abandonan los estadios pensando que el partido ya no depende exclusivamente de lo que hagan los jugadores sobre el césped?
El fútbol profesional ha olvidado que su razón de ser no está en los despachos, las retransmisiones, los comunicados ni las guerras entre dirigentes. Está en la gente. En el niño que acude por primera vez al estadio con su padre y de la mano del abuelo. En el padre que, recién intervenido y aún con los puntos quirúrgicos, atraviesa España en tren para ver una final. En la madre que guarda las entradas y fotografías de los partidos importantes. En el tito que hacía aportaciones para culminar el estadio. En el abuelo que vio jugar a varias generaciones y repartía optalidones cuando el Sevilla perdía. En los hijos a los que desde la cuna inoculaste este bendito veneno. En la hermana que lo sigue por televisión junto a los hijos de sus hijos… que se marchan al estadio. En el socio que lleva medio siglo o dos años sin abandonar su localidad.
Esa es la única parte sana del fútbol. La que no vive de él, sino que vive para él.
Y esa parte merece algo más que explicaciones técnicas, comunicados de circunstancias y debates interminables sobre si una imagen demuestra una cosa o la contraria. Merece reglas claras, decisiones coherentes y la tranquilidad de saber que, cuando termine el encuentro, podrá discutir sobre fútbol sin sentir que está participando en una tragicomedia cuyo desenlace se decide en una oficina de Las Rozas y casi siempre a favor de los mismos.
Por eso mi despedida no es una rabieta. Es una decisión meditada, aunque haya terminado de tomarla a las nueve y veintiocho de la noche del pasado domingo. Estoy seguro que el fútbol no va a echarme de menos. A ciencia cierta, a sus dirigentes les resultará indiferente que un socio ya sesentón deje de consumir partidos. Pero yo sí sé lo que pierdo: una parte de mi identidad, una costumbre y una pasión que me han acompañado durante toda mi vida.
Lo que ya no estoy dispuesto a perder es la dignidad de sentirme burlado y, encima, tener que justificar mi enfado.
El año que viene ansío celebrar esos cincuenta años como socio del Sevilla FC. Quisiera hacerlo con orgullo, recordar todo lo vivido y pensar que he tenido la fortuna de pertenecer a una afición extraordinaria. Pero no quiero que esa efeméride se convierta en una condena a perpetuar una relación que ha dejado de hacerme feliz por culpa de esos terceros, ajenos a nuestro sentimiento, que han metido cizaña en nuestra relación.
No sé si el fútbol cambiará. No sé si algún día el VAR recuperará la confianza de quienes hoy lo miramos con recelo. Tampoco sé si quienes gobiernan este negocio comprenderán que una competición sin credibilidad termina devorando aquello que la hace grande. Dudo mucho que todo eso ocurra.
Lo que sí sé es que la decisión está tomada. Me voy con mis recuerdos, con mis colores y con la tranquilidad de haber sido fiel al Sevilla incluso cuando más difícil resultaba. Me jubilo del fútbol sin renegar de mi equipo, sin avergonzarme de haber creído ingenuamente en los estamentos y sin pedir permiso para dejar de participar en algo en lo que ya no me reconozco.
El domingo, a eso de las nueve y media, Bernabéu mediante, dejé de ser futbolero.
¿Sevillista?, eso es otra cosa. Eso no se jubila.





