A Pedro Sánchez le está costando abandonar el papel higiénico perfumado de la Moncloa, es decir, del palacio de la Moncloa. Parece que se acostumbra uno muy pronto a la comodidad del poder, pero también, y sobre todo, a lo intrascendente del poder, que no es poco. De manera que eso que parecía insignificante, al poco tiempo de mamar a gaznate abierto de la ubre inagotable de la presidencia del gobierno, llega a transformarse en el quid por lo que se lucha antes de abandonar la poltrona del Ejecutivo.
De cuanta peor calaña sea el personaje presidencial, más arraigo desarrolla, y más deprisa, con respecto a lo puramente accesorio. No se trata de gobernar —piensa Sánchez—, se trata de ganar. No se trata de llegar a acuerdos para el bien general, se trata de llegar a acuerdos con algunos, para su bien personal. No se trata de las fronteras, sino de que no se derrumbe el muro que ha construido contra los adversarios políticos. No le importa el sufragio universal, sino no caer en el naufragio personal. Para él no se trata de la democracia, sino de que parezca democracia. Le importa un carajo la justicia; lo que quiere es que él y los suyos ganen los juicios. Le importa un bledo que las celulosas contaminen los ríos; lo que quiere es que no le falte el papel higiénico perfumado del wáter de la Moncloa.
Desde hace años está sustituyendo lo principal por lo secundario. No importa la capacitación de sus ministros, sino el grado de obediencia de ellos a su persona. Le da igual que el TC esté integrado por personas capaces y competentes (los mejores); lo que le importa es que sentencien a favor de lo que le interesa a su partido y a su gobierno. Le trae sin cuidado el cumplimiento íntegro de las condenas de los asesinos de ETA; lo que le importa es que salgan a la calle y los homenajeen como héroes y lleguen a formar parte de las listas en unas elecciones. No tiene importancia la sangre derramada; solo está pendiente de que no falte lejía. No le importa de dónde vengan los votos, solo ansía que las urnas estén llenas. Tampoco le importa si están vacías, porque se les puede dar el cambiazo.
Ya sabemos el valor de la amistad para él; de lo que se trata es de salvaguardar su supervivencia. Ni siquiera se trata de resistir, sino de engañar; que no es otra cosa que parecer que se resiste. La verdad no le importa, solo rompe lanzas a favor de quien la falsea. Qué más da la honradez; para él ser honrado es decir que se es honrado. Cuando empeña su palabra, cruza los dedos debajo de la mesa. Cuando promete, lo hace con la mente en blanco para eludir después el compromiso. Cuando anda, pisa la alfombra roja. Cuando vuela, se mea en los verdes. Cuando bucea (eso dice, que bucea), se caga en el planeta azul.
Le está costando hacer las maletas porque se acuerda de La Mareta, y de las que trajo una noche a Barajas Delci Rodríguez. Ayuda a incendiar las calles para que arda todo, también los banquillos, por si acaso, y por si son de madera. Le trae al pairo el Congreso; ya tiene la Diputación Permanente en los tiempos de Armengol.
Está preocupado. No por los problemas de la gente, eso es lo de menos, sino por los realmente trascendentes. No le importa el feminismo, sino el amor; el de su exsocio Errejón, el de Ábalos, el de Salazar, el suyo. No es importante la falta de vivienda, sino el desahucio judicial de una inquilina. No son importantes los abuelos, sino los nietos. Pero no los de aquí, sino los que viven allí. Poco importa que vengan a vivir; lo que importa es que manden el voto por correo a la urna que él les diga. Le trae sin cuidado el derecho hereditario de su amigo Zapatero, sino que le encontraran la caja fuerte y le diera la combinación. Se la sopla la integridad física de los jueces; lo que debe prevalecer es lucir el palmito demienmano.
Como ha demostrado, no le aceuta nada las cosas importantes. Es adicto a lo intrascendente, que es lo que más le gusta del poder. Todo lo contrario a aquello por lo que se merece que lo echemos a urnas destempladas el 29N. Pasemos de lo secundario a lo principal. Pasemos de una vez, de su manual de la vergüenza, a los principios democráticos de las urnas. Pasemos de la sinrazón al sentido común. Pasemos de que el Estado nos limpie el culo con papel higiénico perfumado (paguitas y subvenciones) a tener buenas digestiones, sin gases tóxicos ni fuegos de artificio. Pasemos, con contundencia, de la diarrea mental del sátrapa Sánchez y su banda.





