Hay ocasiones en las que de modo instintivo volvemos la cara ante algo que nos incomoda: un accidente en la carretera, un herido sangrando, un pobre que nos acosa implorando una limosna, una prostituta que nos ofrece sus servicios… A este respecto, me ha impresionado la serie “El castillo”, recién estrenada en Movistar, por el realismo y la crudeza de su guión, la magnífica interpretación de sus actores y la forma de tratar una cuestión tan delicada.
La época que sirve de marco es la de unos años que recuerdo a la perfección, finales de los noventa y principios de los 2000, y el escenario va de Ciudad Real a Valencia, pero podía ser cualquier ciudad de España. De todos es sabido que el llamado oficio más antiguo del mundo ha existido desde tiempo inmemorial, lo cual no es óbice para que nos olvidemos de que su hedor delate que sigue ahí, y quizás más cerca de lo que pensamos.
Sabemos que con la designación de Sevilla como «Puerto y Puerta de Indias» y sede de la Casa de la Contratación (1503), nuestra ciudad se convirtió en una de las mayores urbes de Europa, y que generó un mercado de comercio sexual sin precedentes en la península. La actividad se concentró extramuros, en la zona conocida como el Compás de la Mancebía (o Compás de la Laguna), en torno a la actual plaza de Molviedro. El Cabildo municipal y la Corona regulaban estrictamente la actividad bajo el criterio teológico del «mal menor» (para evitar pecados peores como la sodomía o el acoso a mujeres respetables). Existían revisiones médicas periódicas (especialmente tras la propagación de la sífilis o «mal gálico»). A las mujeres que ejercían no se les permitía vestir como las damas principales (debían portar distintivos o mantillas específicas).
El real decreto de 1623, bajo el reinado de Felipe IV, impulsado por el Conde-Duque de Olivares y una corriente de moralización contrarreformista, ordenó el cierre oficial de todas las mancebías públicas de la Corona, lo que dio lugar a la clandestinidad: la clausura de los recintos oficiales no eliminó el oficio; en su lugar, dispersó la prostitución hacia mesones, posadas, casas particulares y callejones oscuros, perdiéndose el control sanitario e institucional municipal. De aquel tiempo nos llegó la conocida paremia popular La jodienda no tiene enmienda.
Durante el siglo XIX, el Estado y el Ayuntamiento de Sevilla adoptaron el modelo reglamentarista e higienista con cartillas sanitarias. Preocupadas por las epidemias de enfermedades venéreas que afectaban al ejército y a la población en general, las autoridades crearon registros de «mujeres públicas» y establecieron dispensarios de higiene donde las prostitutas debían someterse a inspecciones médicas obligatorias periódicas y portar una cartilla. Casas de tolerancia y lenocinio: Se clasificaron los prostíbulos por categorías según su clientela y lujo ( ). El epicentro de esta vida nocturna y prostibularia se desplazó hacia la Alameda de Hércules y sus calles aledañas (Trajano, Amor de Dios y Relator), combinándose con los cafés cantantes, los tablados flamencos y la bohemia sevillana.
Llegamos así al abolicionismo de la Segunda República. En 1935 se aprobó una legislación que cerró oficialmente los prostíbulos y suprimió el registro de higiene especial, buscando erradicar la trata y la explotación. Tras la Guerra Civil, el franquismo toleró inicialmente la prostitución bajo un control policial y sanitario informal, hasta que en 1956 España ratificó el Convenio de Naciones Unidas para la represión de la trata de personas, decretando formalmente la ilegalidad de las casas de lenocinio y burdeles. Esto empujó la actividad a hoteles de citas, barras de alterne y a la calle.
En la actualidad, con la modernización urbanística, zonas históricas como la Alameda de Hércules fueron peatonalizadas y gentrificadas a principios de los años 2000, desplazando la prostitución callejera hacia zonas periféricas (como los polígonos industriales Carretera Amarilla o Su Eminencia) y clubes de alterne en accesos metropolitanos, como la avenida de Andalucía o la antigua carretera de Huelva, así como a pisos privados (“picaderos”).
En el plano normativo, ante las quejas de vecinos de algunos barrios como Nervión o Sevilla Este, el Ayuntamiento de Sevilla aprobó en 2011 ordenanzas específicas orientadas a sancionar la demanda en la vía pública para combatir la explotación sexual, pero esta sigue operando en plena capital andaluza como un engranaje silencioso, alimentado por la precariedad y una demanda que normaliza el consumo de cuerpos como una transacción cotidiana más. Expuestas a la intemperie, a la violencia callejera y al acoso constante, la mayoría de ellas son inmigrantes en situación de extrema vulnerabilidad administrativa o económica, empujadas a los márgenes por la falta de alternativas reales y la amenaza constante de las redes de trata.
En los últimos años, la prostitución se ha replegado masivamente hacia pisos clandestinos repartidos por barrios como Nervión, Macarena o Los Remedios, ocultos tras anuncios en plataformas digitales. Esta dispersión no representa mayor seguridad ni libertad para las mujeres; al contrario, dificulta la intervención de los servicios sociales y las organizaciones asistenciales, dejándolas en un aislamiento absoluto donde el control por parte de proxenetas y la violencia de los compradores de sexo quedan impunes tras la puerta de un piso o casa posiblemente muy cerca de nuestra vivienda. Ojalá que, sabiéndolo, nadie mire hacia otro lado.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





