“Nada mejor que una mañana en la playa del Trampolín, o en cualquier otro rincón de la ciudad donde hubieran palpado de primera mano que Ceuta no es un concepto abstracto formado por dos consonantes y tres vocales estampado en una camiseta”
No hay duda razonable de que el Real de Madrid es el club más laureado del mundo y de los más poderosos e influyentes de la historia del fútbol. Es, para millones de personas, progres y anticapitalistas incluidos, una institución que representa algo más que un simple club deportivo. Y precisamente por eso, porque su proyección pública es enorme, conviene exigirle algo más que títulos, comunicados y gestos institucionales de cara a la galería.
El Madrid ha pretendido ser a lo largo de su historia referente de unos determinados valores. Como los grandes clubes españoles, ha atravesado monarquías, república, dictaduras y democracias. Su capacidad de adaptación en cada momento es ya parte de su dilatada historia, pero también invita a una pregunta incómoda: ¿qué significa realmente ser “el club de todos los españoles”, como gusta de presumir a sus mandatarios e incondicionales?
El episodio de Ceuta ha puesto de manifiesto que una fotografía de su presidente con Vivas no es suficiente para borrar de la memoria el reciente agravio: Tres jugadores del Real de Madrid -Mbappé, Vinícius y Konaté- decidieron no mostrar íntegramente la camiseta con el lema de apoyo a Ceuta durante el partido de la semana pasada ante el Elche. El primero, además, quiso explicar posteriormente -sin éxito- que su gesto pretendía expresar “también solidaridad con los inmigrantes y otras personas que sufren”.
Florentino Pérez, que resulta ser su presidente, respondió dos días después con una visita institucional a Ceuta, acompañado por Pirri y Butragueño. El club, llamando imbéciles a los españoles en la cara, sostiene que la visita llevaba semanas preparándose y que no fue consecuencia de la polémica.
Fuera o no así, ¿qué valor hay que darle a la visita?
El problema de fondo no se arregla, como ha pretendido la central lechera, ni tratando de desacreditar al FC Barcelona -y poniéndose a su altura- por “no haber realizado gesto alguno de solidaridad” (sabiendo como todos sabemos que hay gente de la que no se puede esperar nada bueno, porque nunca ha dado motivos para esperar lo contrario), ni con una fotografía de Florentino y sus acompañantes en el Salón de Plenos de la Asamblea de Ceuta. Tampoco con grandilocuentes discursos sobre los valores del Real de Madrid que, por otra parte, de ser ciertos, no habría necesidad de pregonarlos.
Un mensaje de verdadera categoría a la sociedad y una lección para que estos futbolistas rebeldes comprendan lo que está significando la invasión de la ciudad española, tendría que haber pasado necesariamente por sacar a las estrellas de su burbuja millonaria y del fango de su endiosamiento; por haber cogido el presidente a los tres -metafóricamente- por las orejas y, tras aviso pertinente al entrenador, darles a conocer la realidad de los ceutíes durante un día, no para humillarlos, tampoco para castigarlos:
Nada mejor que una mañana en la playa del Trampolín, o en cualquier otro rincón de la ciudad donde hubieran palpado de primera mano que Ceuta no es un concepto abstracto formado por dos consonantes y tres vocales estampado en una camiseta. Y por la tarde, cada uno a casa de tres de sus vecinos elegidos al azar, a merendar, hablar y escuchar. A conocer una familia ceutí, sus preocupaciones, cómo ha cambiado en mes y medio su manera de vivir; sus miedos, sus orgullos y su relación cotidiana con una frontera que, para tres futbolistas extranjeros que viven entre hoteles, aviones, estadios y ciudades europeas, puede resultar tan lejana como el planeta que creen habitar.
Una clase práctica en la que sus tres figuras habrían descubierto que, detrás de aquella camiseta que se negaron a exhibir, hay personas que lo están pasando muy mal y a las que ellos, con su infame gesto, han ignorado cuando no vapuleado sentimentalmente.
Porque las estrellas también tienen que ir a la escuela. Y, a veces, la mejor escuela no está en Valdebebas. En este caso, está en las playas, las calles y las casas de Ceuta.
Esto sí habría sido madridismo entendido como orgullo y compromiso. Lo otro, el teatrillo de Florentino y sus adláteres, es madrilismo del ya habitual por estos lares.






1 Comment
Estos futbolistas que se mencionan, a pesar de las cortas luces intelectuales que alguno muestra, ratifican precisamente con su forzado gesto, que en el Mundo nada representa tanto a España como el R. Madrid, (y el Barcelona, a pesar de ellos).
Hay varios famosos youtubers españoles que recorren el mundo desde hace años en moto. Por separado, y por todos los confines. Cuando alguien por muy lejano pobre o ignosrnte del idioma español intuye o deduce que son españoles, inmediatamente gritan con admiracion «Real Mdrid». Con solo esto, se crea un nexo de amable simpatia y respeto. ¿como van a querer que esto ocurra los enemigos de España?.