Dos príncipes, un duque, una duquesa, algunos con alta alcurnia de siglos, otros muchos venidos a más, muchos más caídos a menos, “catetráticos” de una nueva jet set vacía de ascendentes y llena de presuntuosidades, empresarios, profesionales del mundo del espectáculo y muchos que nadie conoce y nadie tiene interés en conocer.
Triunfantes freidoras y cocinas a los pies de la Inmaculada, flanqueadas por las murallas del Alcázar, palés apilados, mesas de toda altura para pretender estar a la altura, lámparas de lágrimas de cristal cuyo contorno evoca una lámpara votiva frente al Palacio Arzobispal, a los pies de la Giralda y el devenir de los que montan, desmontan y atienden a todos los anteriormente nombrados.
Han sido varios días de trabajos preparatorios de un acto privado en un espacio público para dar paso a muchos días de críticas por parte de aquellos que son soberanos, es decir, el pueblo y por parte de aquellos que quieren usarlo de manera partidista rasgándose las vestiduras, aunque algunos de ellos llevan la mochila llena de iguales actuaciones ante estos actos cuando ellos gobernaban (¿recuerdas Sr. Muñoz cuando eras alcalde?, ¿recuerdas la Plaza de San Francisco?,¿O la edad hace mella en tu memoria?).
Miren, la ordenanza reguladora al respecto, del año 2008, por cierto, establece en su artículo tercero, punto d que quedan excluidas de la regulación las Actividades que por sus características (corta duración, carecer de instalaciones o precisar instalaciones de escasa entidad) o por cualquier otra circunstancia concurrente, permitan una previsión razonable de no producir una incidencia relevante sobre el espacio en que tengan lugar o su entorno. Además, en el artículo undécimo que determina las prohibiciones y limitaciones espaciales, en su punto primero dice que queda prohibida la ocupación de las Plazas Virgen de los Reyes y del Triunfo para el desarrollo de los eventos y actividades regulados en la presente Ordenanza.
El ayuntamiento, por su parte, alega que se trata de una concesión en regla, con todos los permisos y que este tipo de eventos proyectan la imagen de Sevilla a nivel nacional.
Pero ¿cómo es posible que se conceda un permiso que no cumple con todos los puntos de la ordenanza cuando además uno de esos puntos anula totalmente el anterior?; ¿se traspasa la línea roja cuando se incumple la ordenanza, pero no cuando se usa el espacio público para un acto privado que no reporta ingresos en las arcas municipales, sino que saquea el dinero ingresado en las mismas, por poco que sea, a través de los impuestos y las multas a los sevillanos?; ¿cuánto ha aportado el ayuntamiento, aunque sólo fuese un euro, de dinero público para esta fiesta?; ¿esa es la Sevilla que queremos proyectar, la de venga usted, pague una tasa turística, pero olvídese de según que sitios que hay un evento privado?
Cinco aperitivos fríos, cinco calientes, tres experiencias gourmet, primero, segundo, postre y caldos variados para un botellón de lujo patrocinado con los impuestos de los sevillanos. Para dar una imagen de Sevilla que, aquellos que la amamos, no queremos ver, esa Sevilla fatua de un postín falaz y forzado por hombres y mujeres a los que a algunos les han tirado los vestidos o las pajaritas desde un sexto piso; una Sevilla que se desangra en manos de incompetentes ya sean políticos, letrados, empresarios, vividores, don nadies o incluso el clero, una argamasa absurda sin capacidad para fraguar de distintas capas estratigráficas, que después de la opípara cena, disfrutó bailando a las puertas del convento de la Encarnación, soliviantando el sueño de las Dominicas Ermitañas.
En resumen, un espacio público de enorme valor patrimonial violentado por aquellos que deben protegerlo.
Digánme, ¿qué proyección de Sevilla se han llevado los turistas, visitantes y sevillanos de ese día? ¿La Sevilla elitista de unos pocos que ocupan espacios públicos que son del disfrute de todos para un acto privado que no va a revertir ningún tipo de beneficio en la ciudad? ¿O la Sevilla de la Plaza de la Virgen de los Reyes con la majestuosidad de la Magna Hispalense, el silencio de la placita de Santa Marta y el sonido de los vencejos que no emigran dibujando caminos sin ida ni vuelta en el cárdeno cielo que cubre a la Inmaculada, el Alcázar y el Archivo de Indias cuando el sol empieza a perderse tras la otra orilla del río?
Pues eso.
Fin de una era. Fin de un país.
…¿Ven?, siempre hay algo que decir





