Capítulo primero: El crimen del cortijo de los Galindos (I) Capítulo segundo: Una vida sencilla (II) Capítulo tercero: “Ya sabes, José…” (III) Capítulo Cuarto: El cortijo (IV) Capítulo Quinto: Al tercer día (V)
Las cuentas de los cortijos propiedad de doña Mercedes —“que estaba cortita de dinero mientras que el marqués vivía como un marqués”— y que administraba su marido, las llevaba don Antonio, al que todos conocían como El Administrador, un ser “escurridizo y misteriosa persona, que se ha negado siempre a hacer la menor declaración”. “De recortado bigote y enormes entradas, cabellos entrecanos, labios sumidos, piel bronceada, como de edad de cincuenta y cinco años, los antecedentes de don Antonio se ignoran y su vida se desconoce en absoluto”.
El Administrador, “que no administraba nada, sino que era ayudante de mi padre y contable” y que, además, “era un brujo… un brujo, y nunca lo vi claro. Lo más oscuro que te puedes encontrar”.
Hizo la guerra del treinta y seis con el marqués, en artillería —“él con la graduación de brigada y el segundo de capitán”—. Y a su lado se quedó, como un perro fiel, tras andar por los campos nevados de Rusia con la División Azul. ¿A dónde iba a ir? No tenía ni oficio ni beneficio y con arrimarse a los que tenían nombre pillaba unas perras con las que podía tirar para adelante. Y, además, señorearse con los de su clase. Que si ayer fui con el señor marqués a tal sitio y comimos un arroz así de grande, que si mañana voy con el señor marqués a Madrid y hemos reservado en Llardy… Esas cosas que a él, aunque era poco hablador, le gustaba contar para que los suyos no creyeran que era lo que era: un trabajador del marqués, el mastín que guardaba un cortijo que no era suyo y, lo que era peor, jamás lo sería. Ni suyo ni de los que dejara por aquí como descendencia. “Era el clásico bracito derecho en tiempos de la guerra. Él se refería siempre a don Gonzalo como el señor marqués”.
Los que lo conocían, decían que el Administrador, delante del marqués, nunca llegó a enseñar los dientes. Aunque le hubiera gustado, alguna vez, decirle cuatro cosas a la cara. Pero jamás sacó esa valentía. No era capaz, que el pan y el dejarse ver tenía más valor que la honradez y la honestidad. Si alguna vez le plantó cara a alguna de las bromas pesadas del marqués, este lo miraba con complacencia y le decía:
—Venga ya, Antonio, que no es para ponerse así. Todos tenemos que aguantar lo nuestro… Niño, ponle aquí una copa a don Antonio, que es el mejor del mundo—. Y con eso se conformaba, asomando una risita bajo su breve bigote.
Los dedos acusadores lo señalaban a él y al marqués. Zapata había aparecido asesinado y “el asesino ya no tenía rostro. Podía ser cualquiera. Podía estar incluso en el cementerio mientras se daba sepultura a las víctimas. La imaginación popular se disparó y empezó a hacer conjeturas que casi siempre, y quizá por ese resentimiento antiguo del pueblo hacia los señores, apuntaban al marqués y a su administrador, presuntos máximos sospechosos para la mayoría de los paradeños”. Incluso para un juez de la causa, que afirmó que “el marqués y el administrador tenían en aquellos días la lógica impresión de sorpresa y estupor por los hechos, lo que ocurría es que para nosotros ya fueron sospechosos desde el primer momento, sin que, claro, tuviéramos nada contra ellos y sin que hubiera pruebas”.
Antonio, El Administrador —que “parecía muy asustado y muy reticente a todo”—, estuvo aquel día dando tumbos de un lado para otro en el Mercedes del marqués. Que si Utrera —aunque no pisó el cortijo de Vercel, “según el encargado y todos los trabajadores”—, que si Paradas… de un lado a otro para llevarle unas sandías a Juana. Que si había estado en el edificio Cristina de Sevilla comprando unos billetes de avión… “Pero sobre las doce y media de la mañana el administrador pasó por Paradas en el Renault 4L”, aunque parece que fue una hora antes. Y eso, sin contar el “coche rojo” que a las tres de la tarde entra en el cortijo. Un coche del que nunca se supo nada más.
A partir de que pasaban los meses y la policía no encontraba pistas fiables, los asesinatos se fueron silenciando, que no olvidando, y el Administrador se quitó de en medio, con su “absoluta frialdad y su habilidad para escurrir siempre el bulto”. Como también de en medio se quitó el marqués. No querían entrevistas, ni miradas, ni conversaciones indiscretas con nadie. Quisieron que se los tragara la tierra y la tierra se los tragó, que la tierra se traga todo lo que le echen. Lo malo eran las noches, cuando no podía conciliar el sueño y a su cabeza volvían una y otra vez los gritos, los sudores, las súplicas, la boca seca como una alpargata, la cara acorchá debido a la tensión de los nervios.
A los que lo interrogaron llegó a espetarles un “haced conmigo lo que queráis, pero demostrar que he sido yo…”
Vivió —“apocado, oscuro, nada hablador”— para siempre con la conciencia quemada por el sol.
Una ley universal
En el campo hay una ley universal de obligado cumplimiento: cuando el vecino necesita ayuda hay que prestarse sí o sí. Ya sea por compasión o ya sea porque nunca se sabe lo que uno necesitará el día de mañana. Esta ley, que viene de siglos atrás, sigue vigente en el mundo del campo y de su gente. Desde siempre y para siempre, si Dios quiere, lo estará.
Un agricultor puede llevar mucha prisa en sus tareas, pero si tiene que echar media mañana, o la mañana entera, sacando del barro a un tractor atascado, lo hará. No tengan dudas. Si el remolque vuelca por un mal bache o por las malas del demonio, el que pasa a su lado lo auxiliará hasta que el remolque tenga las cuatro ruedas tocando suelo.
Eso fue lo que le ocurrió a Ramón aquel fatídico día. Llenó la pipa de agua en la fuente de Dos Hermanas, “melancólica, bella y tranquila”, tal y como se le había mandado, ya que la fuente de la Venta —“redonda, bandolera, graciosa y risueña”— y desde la que se divisa perfectamente el caserío de Los Galindos llevaba últimamente poca agua.
A la hora de volver a arrancar el tractor este se puso terco y no arrancaba ni a la de tres. Ramón revisó los quemadores, el arranque… nada. Daba al contacto y seguía el silencio y el correr del agua con el sol en todo lo alto. Mes de julio. Y hasta un caserío cercano, por un camino polvoriento, se acercó a pedir ayuda. Era la hora de comer. Pero ni plato en la mesa ni nada. Al que necesita ayuda, a ayudarlo.
Al final, con otro tractor y una cuerda trataron de arrancarlo “al tirón”. Hasta tres veces hubo que intentarlo para que el motor del tractor de Ramón despertara y comenzara a roncar de nuevo.
—Muchas gracias. Me has salvado de una. Te la debo.
—“Nada que agradecer. Para lo que haga falta. Que llegues bien al cortijo”.
¡En qué mala hora aquel tractor terminó por arrancar!
Continuará…





