Hablar con profundidad de la huella de los jesuitas en Sevilla supera la extensión de este artículo: la iglesia de la Anunciación (1558), primera casa profesa provincial; la de san Gregorio (siglo XVI) en la calle Alfonso XII, sede de la Hermandad del Santo Entierro; la de san Hermenegildo (1616) en la plaza de la Gavidia y la de San Luís de los franceses (principios del siglo XVIII), una joya del Barroco, hoy desacralizada, son buena muestra de ello, ¡y qué decir de su defensa del dogma de la Inmaculada Concepción siglos antes de la aprobación de Roma en 1854!
Ignatius 500 es el Año Ignaciano que celebramos para conmemorar el quinto centenario de una experiencia que transformó a Ignacio de Loyola para siempre, y dio lugar a una espiritualidad que ha facilitado el encuentro con Dios de multitud de personas de generación en generación. Es más que una conmemoración. Además de recordar un acontecimiento histórico de importancia universal, podemos vivirlo como una oportunidad de actualizar esa experiencia en nosotros mismos.
Este Año Ignaciano es una peregrinación de conversión. El Papa Francisco, en su reciente libro Soñemos juntos, dice que un peregrino es alguien “que se descentra y así puede trascender. Sale de sí mismo, se abre a un nuevo horizonte, y cuando vuelve a casa ya no es el mismo, y por eso su casa no será la misma. Este es un tiempo de peregrinación”.
Sobre la conversión de Ignacio, el Papa Francisco dijo a la Compañía de Jesús: “A lo largo de su vida se convirtió […] puso a Cristo en el centro. Y lo hizo a través del discernimiento. El discernimiento no consiste en acertar siempre desde el principio, sino en navegar, en tener una brújula para poder emprender el camino que tiene muchas curvas y vueltas, pero dejarse guiar siempre por el Espíritu Santo que nos va conduciendo al encuentro con el Señor”.
El lema del aniversario es «Ver nuevas todas las cosas en Cristo» tomado del libro del Apocalipsis (21, 5 “Y he aquí que Yo hago nuevas todas las cosas” (licencia que Mel Gibson se permite poner en boca de Jesús en la película “La Pasión”, pues no aparece en boca de Jesús en ningún evangelio) y que simboliza tres cosas:
- Asumir nuestras propias limitaciones, como hizo el propio Ignacio. Porque la historia de Ignacio, igual que la de cualquiera de nosotros, no es la de un superhombre o una supermujer, sino la de un simple «peregrino» —como se refería a sí mismo— empeñado en darse a los demás.
- Tener siempre los sentidos abiertos para captar las necesidades de nuestro entorno, preguntándonos en todo momento cómo podemos ayudar a transformar la realidad. Nuestro mundo es un mundo herido, roto; y es en este mundo donde Ignacio caminó, conversó y abrazó.
- Salir al camino: los Magos de Oriente no se pusieron en camino al ver la estrella de Oriente, sino que vieron la estrella tras ponerse en camino.
Decidió emprender una peregrinación física y espiritual cuya meta era Tierra Santa, aunque en una de sus escalas, en Manresa (Barcelona), se rinde en medio de luchas con dolores y alegrías y sale hecho otro hombre. En tierras catalanas vive en un hospicio con los pobres, aunque también en un convento con los dominicos, y es desde allí donde se retira a ermitas y cuevas donde gesta uno de sus grandes legados: los ejercicios espirituales, así hasta fundar en Roma en 1540 la Compañía de Jesús.
¿Qué habría sido de los ejercicios espirituales o de la Compañía de Jesús sin aquellas heridas en las piernas? ¿Y de tantos santos que se fijaron en él?
Hay cuatro expresiones que explican el cambio operado en san Ignacio y que son aplicables a nuestra realidad: la de la “herida curada”, esto es, que hay curación, sanación y perdón ante la vulnerabilidad que se abre paso en la sociedad actual; la del “camino espiritual”, que todos estamos llamados a recorrer y donde el silencio es una manera de vivir; la de la “experiencia integral”, que desde la felicidad plena orienta la vida a Dios y al prójimo, y la de “ser abierto”, pues pasa de vivir centrado en el ego a vivir descentrado para más amar y sentir.
A San Ignacio le fue necesario pararse, detenerse, ver que tenía una interioridad. Nos podemos llenar de muchos planes y vivir con una cierta resaca. Es bueno pararse, no hay que tener miedo al silencio, y precisamente agosto puede ser un tiempo propicio.
Para concluir, entre lo mucho que tiene de admirable esta orden está su inculturación, es decir, su capacidad de entender el sitio donde están, dando y recibiendo al mismo tiempo, desarrollando y manteniendo la diversidad. No confundir con el multiculturalismo, que es la capacidad de convivir con culturas diferentes, ni con el globalismo, que busca borrar diferencias culturales para lograr una homogeneidad.
Al día de hoy, más de quince mil jesuitas en 127 países lo atestiguan.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





