Capítulo primero: El crimen del cortijo de los Galindos (I)
Capítulo segundo: Una vida sencilla (II)
Capítulo tercero: “Ya sabes, José…” (III)
Aquella mañana, en el Cortijo de los Galindos, amaneció como cualquier otra mañana de verano. Tras una noche de calores del mes de julio, llegaba el alba y refrescaba un poco. Muy poco. Y, al momento, comenzaba a clarear el cielo por la parte de Marchena. Pronto la polvareda lo llenaría todo. Igual que en invierno lo llenaban todo los charcos y el barro. Pero mientras, entre las sombras móviles de la salida del sol, cantaban los gorriones y “la claridad rosada de las primeras luces” iluminaban el contorno de las figuras y el caserío.
El cortijo —“antiguo predio desamortizado de bienes eclesiásticos”— cuenta con unas cuatrocientas hectáreas dedicadas al cereal, a las oleaginosas, a las legumbres y, en 1975, a los olivos. A día de hoy puede divisarse desde la carretera. Además, “tiene caserío conformado alrededor de un gran patio rectangular, donde se diferencia la sala de máquinas, la casa del capataz y la casa de los señores, que está durante casi todo el año cerrada. “Cuadras, garajes, casa de máquinas, báscula para vehículos pesados, muelle de carga y descarga, administración, guardería del capataz, cobertizo, empacadora, tanque subterráneo de gasoil con elevador automático y taller de reparaciones de todo tipo de vehículos agrícolas”.
Tras el caserío está el cerro de los Frailes, plantado de olivos en los años setenta y ahora, en la actualidad, dedicado a labores de calma. La finca está rodeada por los pagos del Padrón de las Lobas, Las Pañuelas y las Dueñas, también conocido como Cantarranas. Su característica principal es que son tierras abillarás y bujeos, ideales para todo tipo de cultivo.
En sus tierras abundan los conejos y las liebres, que se ocultan entre los pocos matojos que hay. También hay suficientes perdices, abutardas y tórtolas, por lo que los cazadores, con sus escopetas de dos cañones y sus cananas al cinto, conocen bien el terreno.
A Zapata le gustaba la cacería. Usaba la escopeta para descerrajarle un golpe de plomo a algún conejo, que terminaría en la cazuela con los preparativos de Juana, «mujer apacible, tranquila amante de su marido». Aunque viviendo solo en el campo con su mujer, el arma no era mala compañera para aplacar los nervios y tener siempre cerca una ayuda por si se terciaba, que nunca se sabía.
Al amanecer, callaban los grillos y empezaban sus vuelos las mariposas blancas y los abejarucos. Antes del mediodía, bastante antes, empezarían su particular concierto las chicharras, mientras las avispas revoloteaban peligrosas en los cubos que recogían el agua que perdían los grifos.
Según avanzaban las horas, al cortijo lo iba rodeando un aire cálido que levantaba nubes de polvo. No era un aire solano, que no estaba el tiempo para eso. Pero… “parece que pica un poquito el solano, ¿no?” Ay, las solaneras, la de ideas malas que empujan a las malas cabezas. “Sí, el calor da mal ánimo. Con el calor se excitan los nervios y acaba mal la cosa”.
¿Por qué en el campo la sangre corre en verano? Algunos dicen que el sol se mete en la cabeza como un hierro candente y hace enloquecer a la gente. Se acaban las paciencias, los razonamientos… y todo es violencia y sentimientos primarios, no humanos.
Aquel día del mes de julio el caserío estaba rodeado por grandes sembrados de girasoles, algo en barbecho para garbanzos y tierras de rastrojos, pues ya se había segado el trigo. Y en el cerro de los Frailes, los olivos, donde los trabajadores estaban dedicados a hacer los cuchillos.
Los trabajadores llegaron todos a su hora y Manuel Zapata, el capataz, repartió las tareas. Los braceros, al cerro de olivos a hacer cuchillos; Ramón Parrilla, que cogiera el tractor, enganchara la pipa y fuera al pozo a por agua para regar una haza de plantones en el cerro; José González, a terminar de arreglar la empacadora para poder recoger la paja del trigo, recién segado, de las tierras de rastrojos.
Cuando cada uno se fue a su destino, Manuel entró en su casa —penumbra del pasillo, las persianas bajadas, en las que el sol y el ardor del día rebotaban— para asearse, que tenía que ir al pueblo.
—¿Tienes que hacer hoy cosas en Paradas, Manuel?— le preguntó su mujer.
—Cuatro cosillas, sí— le respondió. —Tengo que ir al cuartel de la guardia para la guía del potro nuevo, al banco y alguna cosa más. No llegaré muy tarde, a ver si me echo un ratito antes de salir para Sevilla.
Se puso al volante de su todoterreno color rojo, bajó las ventanillas para que entrara el poco aire que corría y cogió por el camino de arena, circundado por jaramagos, amapolas y cardanchas, hasta la carretera comarcal.
En la puerta del caserío quedó su perrita Tundra, sentada a la sombra sobre las dos patas traseras. Al momento, salió corriendo detrás de un saltamontes.
José era delgado y usaba gafas. Hombre “de gran hipermetropía, de carácter bondadoso”. Pelo lacio y moreno, que peinaba con tupé y la raya al lado. Y muy suyo, como cualquiera. Pues ni era hablador ni sabía meter su afilada nariz en lo que no le interesaba, ni opinaba en los corrillos en los que no le habían llamado. “Era muy bueno y muy formal. Y no lo digo con pasión de madre. Él no ofendía a nadie y no quería que hablaran mal de nadie. No se cómo han podido hablar tan mal de él”, dijo una vez su madre, bajo el velo negro de luto que vistió ya siempre, para los restos. Y sentenciaba: “Mi hijo era muy formal. No comprendo cómo le han hecho esta charraná. Me ha sentado muy mal que un periódico haya dicho que mi hijo asesinase a su propia esposa y a los demás y después se suicidase él. Si preguntan en el pueblo por mi hijo, le dirán lo bueno que era y se convencerán de que esa suposición no tiene sentido”. Y destrozaron a las familias.
Asunción era siete años mayor que él. Pero José la quería y ella lo quería a él. Hacía solo unos meses que se habían jurado amor eterno ante don Jesús, el cura de sotana y librillo de papel de fumar en las manos.
“Yo lo vi salir de su casa aquella mañana”, me dijo muchos años después Paco El Cangrejo, que le pusieron ese mote porque iba para atrás que se las pelaba, dilapidando al julepe la buena hacienda que le había dejado su padre en herencia. “La mañana del día de los crímenes, lo vi montarse en su coche, que venía yo de echar una noche jugando al julepe”. Y con su sonrisilla socarrona… “como todas…”.
Cuando José descorrió la puerta de hierro que daba acceso al taller, y fue en busca de sus achacales para empezar la faena, ya cantaban los gallos y la luz blanca del amanecer se colaba por todos lados, lo llenaba todo de una claridad que no habría de repetirse hasta el día siguiente. Pero la luz del día de después vendría teñida de rojo. De rojo sangre.
Continuará…





