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Otro personaje vinculado a Sevilla, también retratado en otro cuadro perteneciente a la Colección de personajes ilustres, que fue propiedad de los Duques de Montpensier y donados por sus herederos al Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, formando parte, desde entonces, del Patrimonio histórico-artístico de dicha entidad local y actualmente en proceso de beatificación, teniendo también una calle de Sevilla rotulada con su nombre.
Doña Francisca Dorotea de Villada (o Villalda) nació en Santiago de Compostela en 1558, donde un familiar de su madre ejercía de canónigo, y era hija de Gaspar Bernaldo de Villada (natural de Guadalajara) y de la malagueña Catalina Vivas Lucero. Pronto la familia se trasladó a Sevilla, (a la que habían retornado desde América sus abuelos paternos), teniendo Francisca muy corta edad, residiendo en la collación de San Roque en una casa familiar cercana a la capilla de los Negritos.
Tuvo tempranas experiencias espirituales y llevada de sus inclinaciones piadosas se retiró a hacer vida recoleta y de penitencia desde su niñez en casa de sus padres. Se hablaba de su misticismo y de que Jesucristo le había imprimido sus llagas. Pero en esa época había cautela a la hora de aceptar manifestaciones de esa índole, la sombra de la Inquisición estaba presente y muchos confesores eran reacios a difundirlas por la cantidad de falsas beatas que había; la propia Dorotea tuvo desavenencias con un confesor que la denunció al prior del convento de San Pablo que era Calificador del Santo Oficio, pero no trascendió.
Ya en su juventud, buscando un campo más amplio para servir a Dios, y apartada del mundo, creó en 1590 un Recogimiento de dominicas con la ayuda de doña Luisa de Abréu, noble adinerada, en unas casas propiedad de dicha dama colindantes con el convento de dominicos de San Pablo, que enseguida se vio favorecido con el ingreso de algunas mujeres atraídas por la fama de virtudes de la madre Dorotea. Estaba constituido este Recogimiento en forma de comunidad conventual o Congregación, y se nombró superiora a doña Luisa de Abréu, la cual, juntamente con la madre Dorotea, dispuso el modo de vida a seguir a pesar de no tener licencia esta creación.
Habiendo aumentado el número de miembros de dicho Recogimiento, éste se trasladó, en primer lugar, a un edificio más amplio junto a la muralla de la Puerta de Triana, pero al no tener dicho inmueble capacidad suficiente hubo un nuevo traslado a un local en la collación de San Martín en el que permanecieron las congregadas muy poco tiempo, yendo finalmente a unas casas de la calle de Santiago (entonces llamada Santiago el Viejo), frente al Hospital de las Bubas, que habían pertenecido al capitán García de Barrionuevo, las cuales compró la madre Dorotea con limosnas y con la ayuda del piadoso e insigne sacerdote y poeta don Juan de Salinas, su confesor.
Pero la madre Dorotea, desde niña, tenía la intención de fundar un convento de dominicas Descalzas que pidiesen a Dios por los pecadores y la salvación del mundo y para tal fin redactó sus reglas, muy austeras y penitentes, que encontraron gran oposición de muchos sacerdotes que no creían posible su observancia; sin embargo el papa Clemente VIII aprobó sus reglas mediante breve y la animó a llevar adelante su intento fundacional. Esta aprobación pontificia hizo que el Recogimiento fuera más numeroso, por lo que la madre Dorotea, a quién llamaban la Beata, alentada por el auge que tomaba su comunidad, solicitó del papa Paulo V autorización para fundar el convento, la cual le fue concedida por bula de 1607.
No obstante encontró grandes dificultades para la fundación del convento, como la rotunda negativa del arzobispo don Fernando Niño de Guevara a que en Sevilla se crearan nuevas comunidades religiosas por el número considerable que ya había; sin embargo el nuevo arzobispo don Pedro de Castro y Quiñones, aunque opuesto también a nuevas fundaciones, accedió a los ruegos del padre Salinas y en 1611 dio licencia para que la madre Dorotea pudiera fundar su convento, aunque con las reglas primitivas algo mitigadas y sujeto a la autoridad del arzobispo. Y así surgió el convento de Santa María de los Reyes de dominicas descalzas, que siguió la regla de santo Domingo de Guzmán y en el que profesó en 1613, quedando ciega poco después.
Murió el 13 de marzo de 1623 en olor de santidad, y se cuenta que instantes antes de morir, agonizante y sufriendo una intensa sed, pidió un crucifijo a sus hermanas (que no querían darle de beber por no alargar su agonía) y acercándolo a la boca lo besó y bebió de la llaga del costado de Cristo un líquido invisible y misterioso que emanaba de ella y que calmó su sed (al parecer la sangre de Jesucristo).
En su muerte recibió elogios de Ortiz de Zúñiga, Cronista de la ciudad de Sevilla y fue retratada en su lecho de muerte (algo poco habitual). Su fallecimiento, edificante y sublime, conmovió a toda Sevilla, que acudió al convento a venerar su cadáver siendo enterrado en la iglesia de dicho cenobio.
Fue una religiosa ejemplar, gallega de nacimiento y sevillana de adopción, inmortalizada por el pintor Murillo en un retrato de 1674, encargado por el canónigo Juan de Loaysa, que se conserva en la Sacristía Mayor de la Catedral de Sevilla, y por Cornelio Schut en dos retratos que fueron grabados en cobre en el libro que sobre su vida escribió el jesuita Gabriel Aranda en 1684, así como en una pintura anónima conservada el convento de Santa María La Real de Bormujos.
Sus virtudes y los milagros que se le atribuían hicieron que la Iglesia Católica le otorgase el título de Venerable y que se iniciase su proceso de beatificación, muy deseado, iniciado a finales de 1630 y elevado a la Congregación de los Sagrados ritos de Roma en 1642, en el que los Cabildos catedralicio y municipal mostraron un gran interés, escribiéndose, además, varias biografías para promover y difundir sus virtudes, destacando en dicho proceso los canónigos Juan de Loaysa y Mateo Vázquez de Leca y el poeta Juan de Salinas .Pero dicho proceso fue paralizado por decreto del papa Urbano VIII, que ordenó que no se reanudara hasta pasados cincuenta años de su muerte. Se reanudó en 1733, pero quedó interrumpido definitivamente en 1777.





