
El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. Félix José Reinoso (I)
El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. Félix José Reinoso (II)
Hola de nuevo, estimados lectores, Con el artículo de hoy terminamos la biografía de este personaje, prolífico y comprometido con su época.
Tras el restablecimiento del Absolutismo en 1823, Reinoso fue cesado en el cargo que tenía al ser la Diputación Provincial un organismo afín a las ideas liberales, que fueron perseguidas por la represión absolutista, viviendo con apuros económicos de nuevo, y marchando a Jerez durante un tiempo buscando refugio, alternando estancias entre Jerez y Sevilla y realizando algunas actividades como jurista, sin componer poesía, tratando de rehabilitarse y solicitando, sin éxito, una canonjía en la Catedral de Sevilla que le permitiera salir de su estrechez económica. En 1827 comenzó una etapa política en España más tolerante y pacífica por lo que Reinoso decidió marchar a Madrid, en busca de un mejor destino, siendo conocido en la Corte a pesar de sus antecedentes políticos. El rey Fernando VII lo nombró Primer Redactor de La Gaceta de Madrid, diario oficial controlado por el Gobierno donde publicó algunos artículos (como aquel en el que hizo una reseña sobre un discurso de Justino Matute en la Sociedad Económica de Sevilla recordando a sus antiguos amigos de la Academia Literaria), pero mostrándose distante en noticias políticas de las versiones oficiales de La Gaceta, y sin encontrarse a gusto por la falta de libertad. El 11 de noviembre de 1829 se celebra el matrimonio del rey Fernando VII con María Cristina de Borbón, pero Reinoso no publica la noticia, pero parece ser que dicha omisión le trae problemas con el director de la Gaceta, negándose, además, a elogiar un decreto sobre los liberales exiliados, siendo cesado de su cargo en el periódico por Real Orden de 31 de marzo de 1830. También empieza a colaborar, esporádicamente, en la Gaceta de Bayona, periódico fundado hacia fines de 1828 y dirigido por su amigo Alberto Lista en el que publica algunos artículos literarios, si bien fue suspendido debido a los sucesos revolucionarios de Francia de julio de 1830 que ocasionaron la abdicación del rey Carlos X y el fin del absolutismo, por temor a que pudieran extenderse a España. Asimismo, colaboró en un nuevo periódico titulado La Estafeta de San Sebastián, en el que publicó en febrero de 1831 una elegía dedicada a su amigo Ceán Bermúdez con motivo de su muerte, siendo también crítico literario. El 10 de octubre de 1830 nace la futura reina de España Isabel II, pero Reinoso no compone nada con motivo de dicho acontecimiento, aunque ahora sí vuelve a crear poemas, tales como Su Oda a Licio (1829), Oda Las artes de la imaginación (1830), o la Elegía a Joaquín María Sotelo (1832). En este período queda exonerado, y designado miembro de la Comisión encargada de realizar la Estadística general de España, pero aunque se va aclimatando al ambiente madrileño, no está a gusto y siente nostalgia por volver a Sevilla, cosa que hace en verano de 1832, pero es una estancia breve, regresando a Madrid el 17 de septiembre de 1832.
A comienzos de 1833, el Gobierno español quería subrayar los derechos sucesorios de la princesa de Asturias Isabel como heredera del trono de la nación frente a las pretensiones de su tío el infante Don Carlos, y en febrero de dicho año se le encargó a Reinoso que preparara los decretos, ritos y formalidades para la jura. Por Real Decreto de 23 de marzo de 1833, Reinoso fue nombrado Juez Auditor Supernumerario del Tribunal español de la Rota de la Nunciatura Apostólica en España, y se ordenó que se le proveyera de una canonjía en algunas de las principales ciudades del Reino, y como complemento, por Real Decreto de 7 de agosto de 1833 fue nombrado Deán de la catedral de Valencia. Estas nuevas actividades y obligaciones apartaron bastante a Reinoso de su dedicación a la poesía, componiendo solamente una elegía a la muerte de Pedro de Alcántara Sotelo. El 29 de septiembre de 1833 muere Fernando VII y Reinoso colabora con el Gobierno redactando las minutas de muchos escritos ministeriales, entre ellas una de negociación con la Santa Sede y participando en la redacción del testamento regio. En 1834, fue nombrado miembro, y enseguida decano, de la Inspección General de Imprentas y Librerías del Reino, según Decreto que modificaba la Ley de Imprenta, motivo por el que recibió la Cruz de Caballero Comendador de la Orden de Isabel la Católica, aunque Reinoso se mostró cada vez más a disgusto debido a una serie de circunstancias que lo amargaron, incluso llegando a sentir horror ( estallido de la Primera Guerra Carlista, epidemia de cólera y asalto a conventos en Madrid con matanzas de frailes, acusados de envenenar el agua, ante la pasividad del Gobierno, desamortización eclesiástica de Mendizábal,… ). De nuevo comenzó a tener dificultades económicas al restringirse las rentas que percibía por la legislación desamortizadora, viendo su futuro sustento con incertidumbre, publicando en el periódico diario El Español una serie de artículos sobre los Diezmos con el seudónimo de Aretófilo, en contra de la política de Mendizábal, apartándose de actividades relacionadas con la política. Fue cayendo en un pesimismo político, se encontraba triste y en soledad, ya que habían fallecido varios familiares y amigos, y se fue aislando cada vez más en su casa del viejo Madrid (vivía en una casa de la Plaza de Puerta de Moros, junto a las antiguas murallas). Sobre los últimos años de la vida de Reinoso no hay muchos datos. El 7 de febrero de 1837, contestó a una carta que recibió de su amigo López Cepero en la que aprobaba la distribución por el interior de la Catedral de Sevilla de diferentes cuadros procedentes de conventos sevillanos desamortizados con los que Cepero deseaba enriquecer artísticamente el templo, pero rechazó la idea de colocar pinturas contemporáneas en los respaldos de la sillería alta del coro, que estaban decorados desde su construcción con una sencilla decoración geométrica de lacería en taracea. En 1838 escribió una carta a Fernando Blanco White ( hermano del famoso José María ) en la que le decía que solo podría ir a Sevilla de visita, ya que si pudiera renunciar a sus cargos en Madrid, lo reclamarían en Valencia; en ese mismo año escribe un artículo publicado en la Revista de Madrid con el título “ Sobre la escuela española de pintura, “ ya que Reinoso era experto en pintura y no solo colaboró en la formación de la pinacoteca de su amigo Cepero, sino que también poseía algunos cuadros y era aficionado a las inscripciones. También por esa época escribió algunos artículos sobre temas de escultura. En 1838 fue cesado en su puesto como decano de la Inspección General de Imprentas y Librerías del Reino al suprimirse este organismo por derogación de la Ley de Imprenta, y, al parecer, al tener más tiempo libre, comenzó a corregir sus poesías y a preparar toda su obra para su publicación, a instancia de sus amigos, y evitar, de este modo, que se perdiera y cayera en el olvido, aunque Reinoso ya tenía su salud muy debilitada para dicha tarea. En 1839 el Gobierno pidió a Reinoso un informe sobre los medios de fomentar la Imprenta Real, ya que éste conocía bien el tema por su antigua labor en la extinguida Inspección de Imprenta. En febrero de 1840 escribió una interesante carta a su amigo López Cepero en la que celebraba sus nuevas adquisiciones pictóricas y le describía con complacencia su casa madrileña, muy amplia y cómoda, aunque al estar algo retirada del centro de la capital recibía menos visitas y vivía más su retiro. También mantuvo en esta época frecuente correspondencia con su amigo Miñano, informándole de sus juicios políticos. Un golpe duro para él fue la Revolución de septiembre de 1840, que provocó la renuncia y el exilio de la desprestigiada Reina Gobernadora María Cristina y la Regencia del general Espartero, con un poder autoritario y de tendencia antieclesiástica, provocando el choque de los revolucionarios con la Iglesia Católica, por lo que Reinoso fue suspendido de su cargo de Auditor del Tribunal de la Rota por la Junta Revolucionaria de Madrid, quejándose al Gobierno, lo que provocó que la nueva Regencia cerrara la Nunciatura y recabara la custodia de papeles y de archivos, perdiendo Reinoso su sueldo de Auditor. Al no percibir desde hacía tiempo las rentas de su Decanato de Valencia, le quedaron pocos ahorros, y esta situación política lo encerró más en su aislamiento y amargura, llegando a derramar lágrimas. Todas estas circunstancias agravaron su ya delicada salud (en 1832 había sufrido una congestión cerebral), y a finales de 1840 sufrió una recaída que se repitió el 7 de abril de 1841; sus amigos se turnaron para acompañarlo, y estos cuidados lo mejoraron, pero tuvo otra recaída con letargo y otros alarmantes síntomas, continuó con lucidez e incluso con buen humor, y se preparó para morir, recibiendo los últimos sacramentos con fervor sacerdotal, e hizo testamento dejando como herederos a sus criados, y respecto a sus cuadros y su biblioteca encomendó a sus albaceas que se repartieran entre sus amigos. A las tres de la madrugada del 28 de abril de 1841 falleció de perlesía, apenas un mes antes que su amigo José María Blanco White; aquella misma noche fue embalsamado por tres facultativos, revestido con los ornamentos sacerdotales y depositado en la vecina parroquia de San Andrés, donde al día siguiente se celebró con toda solemnidad el oficio de difuntos con asistencia de numerosos amigos y de los miembros más distinguidos de la Corte. Tras el funeral fue conducido al cementerio de San Isidro donde se le dio sepultura en un nicho, mientras se gestionaba su traslado de Madrid a Sevilla -tal y como deseaban sus amigos- y se le preparaba un sepulcro digno de su memoria. Su muerte fue muy sentida por sus amigos y se decidió, a modo de homenaje y para perpetuar y honrar su memoria, publicar su obra completa a título póstumo, ya que Reinoso solo pudo publicar en vida parte de sus poesías (antes de morir se encontraba preparando una obra sobre el Diezmo). Lista se encargó de ordenar el manuscrito de la obra de Reinoso con las enmiendas y correcciones que éste llevó a cabo para tal fin. Tras una serie de demoras y retrasos, se consiguió trasladar sus restos a Sevilla en 1874, esperándole en la estación comisiones de la Diputación y del Ayuntamiento, el Claustro de la Universidad, representaciones de las corporaciones culturales, de la prensa, de todas las clases sociales y parientes suyos. La comitiva entró por la Puerta de Triana y siguió por las calles de San Pablo, Rioja, Cerrajería, y Cuna hasta la iglesia de la antigua Universidad ( de la Anunciación ), donde fueron depositados sus restos en un sepulcro labrado al efecto, si bien, posteriormente, el 19 de noviembre de dicho año, se trasladaron a un suntuoso panteón construido en la cripta de la iglesia, el llamado Panteón de Sevillanos Ilustres, en un nuevo sepulcro, junto al de su amigo Alberto Lista, con una inscripción encabezada por el rostro de Reinoso en bajorrelieve.
Reinoso dejó escritos varios trabajos de crítica y filosofía sensualista y algún libro jurídico, a la vez que se ha descubierto un texto gramatical inédito suyo; también dejó una extensa obra periodística dispersa por numerosos diarios y revistas sobre temas históricos, políticos, sociales,…, con los que trató de influir y de crear opinión entre sus conciudadanos. Con posterioridad a su muerte se publicaron varias veces sus dos principales obras (La inocencia perdida y el Examen de los delitos de infidelidad a la Patria imputados a los españoles sometidos bajo la dominación francesa), en 1845 se publicaron en la Revista de Madrid fragmentos de su Curso de Humanidades, una serie de escritos en prosa y una breve biografía sobre él, y además, en ese mismo año, también ese editó otra biografía más amplia. La Real Academia de Buenas Letras le dedicó un homenaje, colocando allí su retrato, y se proyectó la edición de sus Obras Completas, aunque solamente se publicaron sus Poesías en 1872, al cumplirse el primer centenario de su nacimiento, por la Sociedad de Bibliófilos Andaluces bajo la dirección del antiguo Rector de la Universidad de Sevilla Antonio Martín Villa en el mismo orden que tenían en el manuscrito; los manuscritos de sus obras, con muchas correcciones, ( tenía afán por ello ), sufrieron vicisitudes y algunas manipulaciones.
Reinoso fue un hombre amable, generoso, venerado por sus íntimos, y con un humor agradable, pero la experiencia que vivió en su madurez, con una existencia azarosa, debido a complicaciones y sinsabores políticos, lo fue volviendo desconfiado, reservado y retraído, y su fogosidad, espontaneidad y viveza de juventud, paseando extramuros de Sevilla con sus amigos Lista, Blanco White, Cepero, etc…, la fue perdiendo, dedicado a tediosas tareas burocráticas, encerrado en su casa de Madrid, y pesimista respecto a la política española de su época, temiendo que los extremismos y alborotos acabaran con las libertades. Fue una de las figuras que más se esforzó por el avance de España en la turbulenta época que le tocó vivir, y la persecución política que sufrió, junto con su precaria situación económica, sus achaques y problemas de salud, y la muerte de sus seres queridos, explican su tristeza final, no siendo exagerado afirmar que su muerte, antes de los setenta años y rodeado de amigos, pudo ser para él una liberación de una vejez en pobreza y soledad y llorando lo que él llamaba “ los funerales de la nación. “. Es posible que sin su obra la historia de la poesía española posterior hubiera sido otra.
En el Rectorado de la Universidad de Sevilla hay un retrato suyo que pintó José Gutiérrez de la Vega en 1839, y desde 1840 ó 1841 se rotuló con su apellido, en honor y memoria suya, y dentro de la que fue su feligresía, la antigua calle del Moro Muerto o de Los Besos, ya que vivió en ella o en sus inmediaciones, en una casa, al parecer, propiedad del cabildo catedralicio.
Concluyo la semblanza de este personaje no sin antes felicitaros por estas fiestas, estimados lectores.





