
El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. Diego de Merlo (I)
Queridos lectores, este domingo abundamos en la biografía de este controvertido y a la vez interesante personaje.
Durante su mandato se estableció en Sevilla el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, autorizado por bula del papa Sixto IV, a petición de los Reyes Católicos, en 1480, cuya sede inicial fue el Convento de dominicos de San Pablo, pero, al poco tiempo, por problemas de espacio, se trasladó al castillo de San Jorge de Triana, que se reformó para adaptarlo a su nuevo uso. Ello fue debido al recelo y a la desconfianza de los cristianos viejos hacia los judeoconversos (judíos convertidos al cristianismo), los cuales habían sido obligados, a la fuerza, aunque se sospechaba que muchos de ellos celebraban su antiguo ritual en secreto, e incluso algunos abiertamente, además de ser prestamistas en gran parte, eran mal vistos, y se les acusaba de enriquecerse, de ocupar cargos relevantes e, incluso, de practicar supersticiones y brujería. El Papa había facultado a los Reyes Católicos para que nombraran inquisidores donde creyeran conveniente dentro de sus reinos; es posible que, en principio, los monarcas se comportaran con benignidad y dieran una tregua para que los conversos abjuraran a través de la predicación, pero, al parecer, eran muy escasos los que habían abjurado, y los judeo conversos formaban un grupo numeroso considerándolos herejes; alguna autoridades, entre ellas el asistente Diego de Merlo, informaron de ello a los reyes y les aconsejaron que pasaran a la acción. A la llegada de los inquisidores los reyes pidieron a las autoridades que colaboraran con ellos y autorizaron a Diego a reprimir cualquier alboroto en contra de los inquisidores (ya que los inquisidores no serían recibidos de igual manera por todos los sevillanos), así como a denunciar a todos aquellos que quisieran huir al reino de Granada o a otros lugares donde poderse refugiar para eludir la justicia. En 1481 tuvo mucha actividad el tribunal de la Inquisición, actuando con mucha dureza. Hubo un complot organizado y secreto en la judería por judeoconversos poderosos e influyentes en casa de Diego Susón, un banquero y regidor cabecilla de la conjura, para expulsar o asesinar a los inquisidores, que fue desarticulado por Diego de Merlo, siendo sus promotores apresados y quemados en la hoguera (otra versión dice que fueron ahorcados). En relación con este suceso, se ha vinculado la leyenda de Susona, o Susana Ben Susón, una joven y hermosa hija de Diego Susón ,que tenía amoríos con un joven noble, miembro de la familia de los Guzmanes, y que, al enterarse de la conspiración que estaban tramando su padre y otros conversos (en forma de levantamiento armado y sembrando el terror) y temiendo por la vida de su amante cristiano, optó por contárselo a éste, el cual lo denunció al asistente Diego de Merlo, que organizó una redada evitando la sublevación. La Susona, abandonada por su amante, despreciada por la comunidad judía, y sin poder superar el remordimiento de haber causado la muerte de su padre, primero confesó y se bautizó en la catedral, y después ingresó en un convento de clausura, y ordenó que tras su muerte se clavase su propia cabeza en la puerta de la que fue su casa. También se decretó por esta época una expulsión parcial de los judíos residentes en la diócesis de Sevilla, oponiéndose la Inquisición a la huida de judeoconversos, que iban a refugiarse en las tierras de sus protectores, los grandes señores andaluces.
También, por orden de los Reyes Católicos, mandó reparar el acueducto llamado de los Caños de Carmona, que estaba muy deteriorado por el transcurso del tiempo, inspeccionando personalmente las obras y, posteriormente, en 1482 mandó construir el Humilladero o Templete de la Cruz del Campo, sitio elegido por ser la zona más concurrida de entrada en Sevilla, y cuya función principal era la de recibir o despedir a los visitantes de la ciudad, y desde donde podía contemplarse Sevilla por los viajeros que se aproximaban a ella.
También durante su mandato hubo un brote de peste bubónica, aunque menos virulento que otros anteriores o posteriores (Peste Negra de 1348, la Gran Peste de 1649, auténticas epidemias), habilitando o improvisando algún hospital al respecto.
Diego de Merlo poseía destreza y cualidades militares, era capitán de las milicias concejiles de Sevilla y un excelente e inteligente estratega; tras la sorpresiva toma de Zahara por los musulmanes granadinos en diciembre de 1481, los Reyes Católicos mandaron a los adelantados y alcaides de las fronteras que vigilasen asiduamente y estuvieran siempre prestos a rechazar cualquier posible ataque por parte de los musulmanes, al mismo tiempo que disponían que se estudiase un posible plan de ataque contra ellos. Los monarcas encomendaron a Diego la planificación de una guerra en toda regla contra el reino moro de Granada, si bien, primero, le ordenaron apoderarse de alguna plaza o fortaleza de los granadinos antes de declararles abiertamente la guerra. Diego creó una red de espías y adalides para que obtuviesen adecuada información sobre la situación y defensa de distintas fortalezas del reino de Granada, siendo la elegida Alhama, por su situación estratégica y por estar poco defendida. Merlo preparó la conquista de Alhama, y coordinó las mesnadas de los nobles reuniendo un gran ejército, aunque las operaciones militares correspondieron a Rodrigo Ponce de León, más dotado y experimentado militarmente, participando las milicias de Sevilla en el cerco y toma de Alhama (Juan, el hijo de Diego, también participó en ello). Una vez ocupada Alhama, el 28 de febrero de 1482, Diego destacó y se distinguió en la defensa de la plaza fuerte, para entregársela a la reina Isabel I de Castilla, la Católica, resistiendo con gran valor y heroísmo como alcaide de la misma ante el duro asedio del rey Muley Hacén de Granada, que intentó reiteradamente reconquistar Alhama a toda costa fuese como fuese, teniendo que retirarse, durante el primer asedio, por la llegada del duque de Medina Sidonia, y durante el segundo, por la llegada de un poderoso ejército cristiano al mando del rey Fernando el Católico. Diego de Merlo hizo honor a su apodo de “El Valiente” (como ya se mencionó en el encabezamiento de este artículo publicado semana pasada ) y tanto el rey como los nobles felicitaron a Diego y a sus tropas por su hazaña, agradeciéndoselo de tal forma que aumentó tanto su gran renombre entre las huestes cristianas como su merecida fama. Antes de marcharse de Alhama, Diego asistió a la consagración de las tres mezquitas principales en iglesias de la Encarnación, San Miguel y Santiago, y posteriormente el 14 de mayo de 1482, él aconsejó a los reyes que, para continuar la guerra, se talase la vega de Granada y se sitiase Loja, idea que se llevó a la práctica.
Poco después Diego de Merlo enfermó de gravedad de unas fiebres, falleciendo en Sevilla el 26 de agosto de 1482, al parecer (hay dudas sobre la fecha exacta, se calcula entre el 2 de agosto y el 5 de septiembre), siendo enterrado en la iglesia del monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas, cenobio por el que sentía mucha predilección, volcándose en él con gran atención, nombrando a su abad como a uno de sus albaceas testamentarios y donando al monasterio valiosos objetos sagrados y una considerable cantidad de dinero. El 15 de julio de 1482, sintiéndose Diego ya enfermo, otorgó su testamento, en el que se recogen noticias sobre su especial afecto hacia sus tierras de origen, expresado en sus múltiples mandas a las iglesias, conventos e instituciones de Toro y los lugares de su entorno, en la preocupación por sus hijos, colaboradores, criados y esclavos, sus concretas referencias a su actuación en Alhama y a los recuerdos de la misma, sus adquisiciones, su recuerdo de Alcalá la Real, de cuya villa fue alcaide, etc…También interesante es la riqueza acumulada por Merlo, saliendo a relucir algunas de sus posesiones y rentas patrimoniales zamoranas (casa en Toro, viña del Torno, tercias ) y algunas de sus heredades de la tierra sevillana que tenía en arrendamiento ( Seismalos, entonces en términos de Palomares, y la Torre de Santa María, en el de Tomares ); es notable la abundancia de criados, esclavos y caballerías, así como la posesión de paños de lujo y objetos preciosos. Finalmente hay que señalar a las rentas de sus posesiones, los salarios devengados por todos sus cargos (oficio de Asistente de Sevilla, tenencias y alcaidías de Los Reales Alcázares, de las Atarazanas, etc…)
La muerte de Diego de Merlo impidió el juicio de residencia que, supuestamente, se debía realizar al final de su mandato. (La Corona enviaba un juez de residencia a cada población para indagar, durante un mes, si la gestión del asistente o corregidor había sido correcta, y, si había quejas y denuncias, los reyes enviaban a un juez pesquisidor para que juzgara esos agravios).
Sin embargo, ello no evitó que el concejo sevillano demandara a los criados y oficiales del asistente, así como a su propio hijo, Juan de Merlo, debido a que la malquerencia de determinados sectores de la sociedad sevillana hacia Diego se manifestó también después de su muerte, por lo que Juan solicitó a los Reyes Católicos el nombramiento de un juez neutral – llamado alcalde de Casa y Corte- que viese los posibles pleitos que se pudieran abrir por temor a un juicio injusto con los jueces y alcaldes mayores de la ciudad, petición a la que los reyes accedieron.





