No sé si estarán de acuerdo conmigo, pero creo que desde que éramos niños nos han martilleado la cabeza con frases como “El tiempo es oro”, “Deberías estar haciendo algo”, “Emplea tu tiempo en algo productivo”, y otras parecidas, que hemos interiorizado y que nos han llevado de forma consciente o inconsciente a buscar la eficiencia, el logro y la fijación de metas, lo que nos ha hecho entrar en una espiral de ansiedad donde no tenemos tiempo para nada, y en la que confundimos lo urgente con lo importante.
Echo la vista atrás y recuerdo a mi padre ordenando cajones los domingos por la tarde, rompiendo papeles que ya no servían, y tirando facturas ya pagadas; a mi abuelo leyendo sin prisa “Los episodios Nacionales” de Galdós, a mi abuela rezando un Rosario, pelando guisantes, o doblando calcetines, y a mi madre haciendo croché o preparando con esmero el almuerzo o la cena, dedicándole un tiempo que ahora me parece impensable con tanto plato precocinado, tareas que parecen de otra era, y cuya realización aportaba serenidad y buen ánimo al efectuarlas. ¿Dónde están hoy esos jerseys hechos a mano, o esas bufandas o gorros de lana tejidos con cariño para hijos o nietos?
Pues resulta que si alguna vez se ha sorprendido, querido lector, vagando por casa, recolocando un libro, regando una planta, mirando por la ventana y, de repente, se ha dado cuenta de que han pasado dos horas sin que haya «producido» nada concreto, le doy la enhorabuena, porque quizás sin saberlo, estaba practicando el puttering, anglicismo que se pronuncia como páterin (más o menos) y que se define como ocuparse en tareas pequeñas, sin importancia y de manera relajada, saltando de una a otra sin un plan estructurado.
Hasta personajes históricos lo practicaban, y hay famosos que no tienen reparo en confesarlo: A Carlos IV, rey de España, le encantaba reparar relojes viejos; Voltaire era un consumado jardinero, igual que Napoleón durante su exilio en la isla de Santa Elena; al duque de Windsor le encantaba su labor de aguja con los almohadones petit point para el salón, y Bill Gates dice que no hay nada que le relaje más que fregar los platos.
Recientes estudios, como el de la Universidad de Texas con alumnos que iban a examinarse y que demostró que se obtiene más nota cuando no todo el tiempo se dedica al estudio, sino que el conjugarlo con tareas caseras te hace rendir más en las pruebas académicas, arrojan la conclusión de que practicar el puttering de forma consciente es lo más parecido a un botón de reinicio para el cerebro. Sus beneficios psicológicos son inmensos:
- Reducción drástica del cortisol (estrés), pues al eliminar el concepto de «fecha límite» o de resultado correcto/incorrecto, el sistema nervioso central sale del estado de alerta (simpatotonía) y entra en un estado de calma profunda.
- Estimulación de la Red Neuronal por Defecto (RND). Cuando hacemos tareas que no requieren una atención focalizada intensa, se activa la RND del cerebro. Esta red es la responsable de la consolidación de la memoria, del procesamiento emocional y de la creatividad. Las mejores ideas suelen surgir haciendo puttering, no frente a una hoja en blanco.
- Fomento del Mindfulness (capacidad humana de estar presente y consciente en el aquí y ahora) Informal. A diferencia de la meditación sentada, que a muchas personas les genera ansiedad por «no saber dejar la mente en blanco», el puttering es una meditación en movimiento. Centrar la atención en la textura de una bayeta o en el olor de un libro antiguo ancla al individuo en el aquí y ahora.
- Recuperación de la autonomía y el control. En un mundo exterior caótico e impredecible, decidir libremente si pones recta esa estantería o si cambias de sitio un cuadro, te devuelve una sensación reconfortante de control y micro-logro sobre tu entorno más inmediato.
En un mundo obsesionado con la ultraproductividad, este concepto ha emergido como un bálsamo para las mentes saturadas. No es pereza; es una sutil y deliciosa desconexión. Si es así, y emplearse de vez en cuando en lo banal tiene multitud de ventajas, ¿por qué no lo hacemos con más frecuencia? Probablemente por el sentimiento de culpa, pues tenemos tan asumido que todo lo que hacemos ha de ser productivo, que la idea de “perder el tiempo” con trabajos menores nos llena de ansiedad.
Aunque suena a tendencia moderna de Instagram, el puttering conecta directamente con una corriente filosófica oriental milenaria: el Taoísmo, y específicamente con el concepto de Wu Wei, que se traduce como «no-acción» o «acción sin esfuerzo». No significa quedarse congelado en el sofá, sino alinearse con el flujo natural de las cosas, actuando sin forzar, sin metas rígidas y sin resistencia, descansando de la exigencia mental, haciendo algo de forma espontánea, intuitiva, sin forzar el resultado, con la mente errante pero conectada al presente.
El auge de esta práctica no es casualidad; es una respuesta directa a las crisis contemporáneas de salud mental que actúa como antídoto contra la «Cultura del Lulú» (estamos cansados de que cada minuto de nuestro día deba ser optimizado, monetizado o subido a redes sociales; el puttering es un acto de rebeldía silenciosa: es tiempo que no produce dinero ni estatus); refugio del teletrabajo (al difuminarse las barreras entre la oficina y el hogar, el individuo necesita rituales de transición; el puttering permite «habitar» la casa desde el disfrute y no desde la obligación doméstica o laboral) y alivio de la fatiga por pantallas (frente al estímulo infinito de los algoritmos, tocar objetos físicos como sacar platos del lavavajillas y ordenar especias, nos devuelve a la realidad tangible).
En definitiva, la próxima vez que se encuentre deambulando por el pasillo sin rumbo fijo, no se culpe ni se llame improductivo. Mírese al espejo con orgullo y sonría: está practicando la alta filosofía del bienestar.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





