Capítulo primero: El crimen del cortijo de los Galindos (I) Capítulo segundo: Una vida sencilla (II) Capítulo tercero: “Ya sabes, José…” (III) Capítulo Cuarto: El cortijo (IV)
El cuerpo sin vida de Manuel Zapata, capataz del cortijo desde hacía veintidós años, apareció al tercer día, y eso que lo habían buscado con perros y todo, que les habían dado a oler ropas de él para que tomaran el viento.
Al tercer día, como una resurrección ante las lenguas de triple filo que quisieron hacerlo responsable de los cuatro crímenes descubiertos hasta el momento. Durante dos noches estuvo su cuerpo escondido en la casa de los marqueses y, cuando la Guardia Civil aflojó el cerco, lo sacaron y lo ocultaron bajo unas balas de paja. “Parecía imposible que el cuerpo del encargado de la finca hubiese permanecido allí tanto tiempo sin que nadie se hubiese percatado de su presencia, mucho más cuando el dueño del cortijo, el marqués de Grañina, y su administrador habían dormido en Los Galindos las noches siguientes al crimen y cuando el perro de Zapata había husmeado el terreno sin oler la presencia de su amo. Todo inducía a pensar que el cadáver había sido movido, no se sabía ni cuándo ni por quién, lo que hacía más terrorífico el caso”. Nadie se lo explicaba. “Se registraron habitaciones, sala de máquinas, patios, granero, esquinas, se miró debajo de las camas, en los armarios, dentro y fuera del cortijo, y nada más aparecía; nada, tampoco, se sabía de Zapata”. Lo único que quedó sin registrar fue la casa de los señores, cerrada a cal y canto. Hasta un croquis hicieron del cortijo y de dónde habían aparecido los cadáveres. Pero por la llave de la puerta de entrada de la casa de los señores no preguntó nadie. Eso era coto vedado. Ahí no se podía mirar.
Manuel Zapata en sus años mozos, estuvo enrolado durante tres años en el tercio, “en la decimotercera compañía de la Primera Bandera: los Jabalíes, con las armas de la Casa de Borgoña”, “campamento de Dar Riffien; la calle de la Luneta, en Tetuán; Ceuta y su estación marítima; el té con menta”, “tambores y chirimías…”. Además, ya más maduro, fue guardia civil durante una década, ni más ni menos, y nadie, nadie, dudaba ni podía dudar de su honorabilidad, que era un hombre bien chuceado y se las sabía todas. Ni de la de su mujer, que ya era la tercera generación que servía en la casa de los señores Delgado.
Sus hijas lo definieron de la siguiente manera: “Mi padre era a veces severo, pero siempre recto. Fue un padre bueno y cumplidor de sus obligaciones. Puede preguntar a toda la gente que le conoce y nadie le dirá nada distinto”.
Alrededor de Zapata reinaba el razonamiento y la paz. Todo se hacía así porque así era como tenía que hacerse. Parecía que la razón orbitaba a su alrededor y el orden se imponía sobre todas las cosas y sobre todas sus decisiones. “Era recto y trabajador y quería las cosas bien hechas, pero no era lechero. Para nada”. Otra de sus virtudes era la bondad, pero en este mundo canalla la bondad se suele interpretar, a veces, como debilidad.
Manuel no se amilanaba por cualquier cosa. Olía el peligro a kilómetros de distancia. Dormía con medio ojo abierto, que nunca se sabe. Cuando estuvo en la Legión aprendió a dormir sin dormir del todo. Y a oler la pólvora desde muy lejos.
Y aquellos días de verano olió la traición y la bajeza del ladrón de guante blanco. “Lo que sí parece cierto es que Zapata se temía algo”. Y no se lo quería tener callado porque él no era cómplice de ladrones. Faltaría más. Echar a perder por cuatro duros su dignidad, ganada día a día, hora a hora. Él no era un hombre rico. Pero no haría canalladas para serlo. Él era un hombre formal. Con eso le sobraba y le bastaba.
Así y todo, durante tres días fue el objetivo de todas las lenguas de triple filo. Que si bebedor, que si vago. “Yo no sé la de cosas que dijeron de aquel hombre, que era todo seriedad y elegancia, que nunca se había salido de la línea que marcaba la honestidad y la verdad”, que la verdad es detenida y temblorosa en el tiempo, mientras que la mentira es veloz y segura. Pues así somos. Charlatanes por nacencia. Y no es cosa de pueblos y de habladurías de viejas. Para nada. Sus hijas dijeron: “Los rumores que han corrido por el pueblo acerca de que mi padre mandó retirarse a los trabajadores y traer a Pepe González y a su mujer no pasan de ser inventos de la imaginación popular. Mi padre, desgraciadamente, pudo ser el primero en morir y eso le libera de todas las acusaciones. Puede poner en su periódico que nos duele mucho que se hable con ligereza sobre nuestro padre. Es preciso conservar el respeto sobre su memoria”.
Hasta los periódicos traían titulares llenos de sangre en sus páginas. Y eso, que hasta el juez Márquez Aranda dijo que “el rastro de sangre dejado por Ramón Parrilla me demostraba que Zapata no era el autor de su muerte y, probablemente, de ninguna de las demás. Por eso no di orden de busca y captura a la Guardia Civil, sino de localización de Zapata, porque para mí que él también estaba muerto”.
Pues así y todo, tres días estuvieron buscándolo y durante tres días la búsqueda fue, lógicamente, del todo infructuosa. Nadie lo veía por ningún lado. “Contaron que dos días antes fue a comprarse unas alpargatas nuevas. Y en el centro de la diana un nombre: Manuel. Y un apellido: Zapata. “Al no aparecer el capataz, Manuel Zapata Villanueva, todo el mundo lo culpó de las muertes. La misma noche de los hechos localicé al Alcalde en Francia que, impresionado por el suceso, emprendió en ese mismo momento el regreso”, dijo el secretario del Ayuntamiento.
En el pueblo todos sabían que se decían cosas que no eran ciertas. Conocían a Manuel y eran conscientes de su seriedad, de su honradez y de su formalidad. Pero los periodistas tenían que sacarle punta a aquello, que en los meses de verano siempre faltan noticias. Que si coge eso y ponlo ahí para que entre en plano, que si voy a poner esto para echar un poco de leña a la candela, que si no digo esto la historia pierde… las cosas de los que sacan las zarpas cuando menos se necesitan.
Juana Macías, la mujer de Zapata, fue asesinada, más o menos, a la hora en la que lo fue su marido. Seguramente se preocupó de las conversaciones que escuchaba, por las caras que veía. Angustiada, puede ser, que preguntara por él.
– ¿Y Manuel? ¿Dónde está Manuel?
No le respondieron. La mataron —“ella conocía bien a los asesinos”— en el pequeño salón de su casa —“sencillez conventual que rompen sólo unos visillos acrílicos, un cromo de Explosivos Riotinto, un frigorífico, un televisor y un oxidado ventilador”— sin darle tiempo a darse cuenta de lo que estaba pasando.
Juana era una mujer tranquila y educada, “agradable y encantadora”. Ella era la tercera generación que estaba al servicio en la casa de don Manuel y doña María. Había criado en su regazo a los hijos del marqués y ahora, los de su sangre y su clase se lo pagaban como se lo habían pagado. Ni un recuerdo de los asesinos cuando Juana les preparaba un refrigerio los días de calor. Ni un ápice de compasión con quien tanto había hecho por la familia y por quien tantos años llevaba sirviendo y atendiendo sin poner un pero, sin quejarse nunca, que para todo estaba Juana: para preparar de comer, para limpiar, para acompañar a la señora a donde hiciera falta, para cuidar de los niños…
Su vida era sencilla porque ella era una mujer sencilla. “Una auténtica señora, muy educada, siempre con una sonrisa”. Cuando sus hijas eran pequeñas iban a la escuela de las Monjas, como todas las niñas del pueblo, en la calle Larga. Clases de geografía entre cantos de voces agudas, que “España limita al norte con el mar cantábrico y los montes Pirineos que la separan de Francia…”. Las cuatro reglas, leer, escribir… y aprender a coser y a bordar por las tardes, que era lo que se hacía en aquellos años que aún no se habían despegado demasiado de la posguerra.
Uno le coge gusto al lugar donde le ha tocado vivir. Y el matrimonio Zapata y Juana le había cogido el gusto a aquella casa pequeña, de largo y estrecho pasillo, cocina anticuada y salón con un sillón de escalera, que era la última moda. El patio delantero era donde vivían y hacían vida, que en el cortijo no sobraban ni las aguas ni el frío y para este tenía siempre Juana preparada su copa de cisco con la badila sobre la tarima y las enaguas de flecos en la mesa de camilla. Y siempre con el cuidado de no atufarse y con la precaución de sacar un carbón mal quemado que llenara de un humo espeso e irrespirable la estancia. Con sus pañitos de croché, que ella misma había confeccionado. Unos, cuadrados. Otros, redondos. Hasta ovalados los había. Según cuál fuera su destino. Que si en la entrada, en la mesita de las fotos o sobre el televisor.
En verano, entre el vuelo de los abejarucos regaba las macetas de violetas, de geranios, de gitanillas… el jazmín. Regaba los arriates donde tenía la hierbabuena y el perejil. Y el limonero que verdeaba entre tanto blanco de las paredes. Y corría la vela para que todo estuviera fresquito y combatir el calor con agua y sombra.
Muchas veces, cuando iba a comprar a Paradas y su marido no la podía acompañar en el coche, iba andando. Los tres kilómetros de ida y los tres de vuelta. Algunas veces, cuando venía cargada, algún agricultor la ayudaba. “Juana, deme usted lo que lleva y se lo dejo en la piedra que hay frente al caserío, que me coge de camino”.
Juana era respetada y querida por toda la gente del pueblo. Y lo era porque ella respetaba y apreciaba a la gente. Era sencilla porque la vida no había que complicarla. Y al final, ella había tenido suerte con su marido y con sus hijas. Toda la suerte que le faltó aquel 22 de julio fatídico.
Continuará…





