«Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto…» Así comienza «La metamorfosis», la novela de Franz Kafka, cuando acabo de darme cuenta de que Rodríguez Zapatero, como Gregorio Samsa, se ha transformado en un escarabajo y que su cerebro ha alcanzado el summum de la plenitud.
En su delicioso libro de memorias («Elogio de la imperfección»), la extraordinaria neurobióloga italiana Rita Levi-Montalcini, Premio Nobel de Medicina en 1986, diserta sobre la fascinante capacidad del cerebro de los vertebrados para crecer en una evolución permanente, para resolver problemas y adaptarse, lo cual, paradójicamente, se debe, dice, a la propia imperfección de origen que le obliga a mejorar.
El cerebro de los invertebrados, por el contrario, mucho más perfecto desde el punto de vista morfológico, permanece casi sin evolucionar desde hace millones de años y debe su estancamiento evolutivo a la perfección del modelo primordial.
De este modo, la imperfección, cocluye Levi-Monntalcini, es un factor altamente positivo de mejora y el esfuerzo por vencerla es lo que ha llevado al ser humano a superarse a sí mismo a lo largo de la Historia.
Aún aclara más su tesis cuando relata que una de las manifestaciones de la creatividad del homo sapiens se expresa en la elaboración de ingenios mecánicos simples y perfectos o, a veces, más toscos, enrevesados e imperfectos. Usa como ejemplo del primero de ellos la bicicleta, un vehículo de dos ruedas con un sencillo mecanismo de transmisión accionado por energía muscular que lleva siglo y medio sin apenas modificaciones, desde su invención. El automóvil, en cambio, como el teléfono, no terminan nunca de finiquitarse, dieron paso al avión y a los celulares, y ahí siguen, en constante evolución.
En conclusión, son los mecanismos tan sencillos como un chupe los que no necesitan modificación alguna y el cerebro de ZP, como el de los insectos, del tamaño de una cabeza de alfiler, no precisa de mayor evolución y es el idóneo para resolver los problemas en su ecosistema y para eludir las asechanzas de su entorno natural. Claro está que para ello ha necesitado emigrar al chavismo y rodearse de insectos tan elementales como él, véanse Hugo Chávez, Delcy Rodríguez o Nicolás Maduro.
A Zapatero, que es el nombre común que reciben las libélulas en muchos lugares de España, sólo le falta que le broten de la frente unas antenillas (tal vez sus circunflexas cejas sean una muestra) y de la espalda cualquier día le saldrán unos élitros que oculten unas alas cortas que le harán capaz de alzar el vuelo zumbón y zigzagueante de los escarabajos y las cucarachas, las cuales le permitirán saltar de una mierda a otra y libar el néctar del latrocinio y la tortura en otras muchas nuevas satrapías por descubrir.
Hace falta ser un bribón de categoría insigne y un amoral sin escrúpulos para ofrecerse a ejercer de embajador plenipotenciario, con permiso del Gobierno de España, de una tiranía pletórica de ‘macondeces’, más propia de la imaginación de Miguel Ángel Asturias o de Gabriel García Márquez que de la realidad del siglo XXI.
Que un régimen de conductores de autobús y de sargentos chusqueros del Caribe con chandalitos y entorchados de feria haya servido y sirva de alguna referencia a quienes han ocupado y aún ocupan el Gobierno de España da una idea del siniestro gallinero en el que nos han confinado a todos bajo la excusa de una pandemia.
En «El otoño del patriarca», la novela sin puntos y aparte de García Márquez, el dictador está rodeado de personajes minúsculos que le acompañan en su tarea mística y abotargada de sostenerse en el poder a toda costa en mitad de otras pandemias y de inventar una realidad paralela (o para lelos), como una amalgama de pícaros que deambulan por el escenario. Pero para el cubano Alejo Carpentier, «la picaresca española es graciosa y ocurrente; la latinoamericana, trágica y sangrienta…».
El pícaro español es ladrón y estafador, pero nunca un asesino, dice Carpentier. La diferencia entre los unos y los otros está en que «los descritos por Quevedo, Mateo Alemán o Vicente Espinel, no mataban a nadie. Fueron fuyeros (sic) y mentirosos, incultos y viciosos, pero jamás atentaron contra la vida humana. Los pícaros de América Latina, en cambio, fusilan centenares de hombres en sus estadios deportivos».
El infame Zapatero, de cerebro y moral tan elementales y perfectos como los de una hormiga, revolotea como un pícaro del XVII o como un insecto alrededor de un régimen despiadado de una tropa semi analfabeta y entregada a la tarea de demolición de un pueblo en nombre de la patria, a sabiendas de que no hay patria sin pueblo y en Venezuela todo el que pudo hacerlo a tiempo ha huido por millones a través de un puente hacia Colombia o en vuelos regulares hacia Miami o a Madrid. El resto las pasa putas para conseguir papel higiénico o medio cartón de huevos y lucha apenas por sobrevivir.
Zapatero, como Bernie Sanders, el socio comunista de Biden, no es un asesino sino por complicidad y por circunstancias, pero sí un bufón, un saltimbanqui de conveniencia que, perdida por completo la vergüenza, presta sus servicios y ejecuta sus saqueos para llenar de oro su bolsa de caimán a cambio de pegar algunos saltos ante un auditorio global, igual que hicieron Monedero y Pablo Iglesias ante la Corte de los coroneles corruptos del chavismo atroz.
Un pícaro español en la Corte de los coroneles de guardarropía de carnaval es una infamia y un insulto a las democracias modernas europeas, por más que el invertebrado Zapatero, de mano fláccida y babosa, cuente con el respaldo y la connivencia de los truhanes Pedro y Pablo y el de esa González Laya con su aire de catequista de la Sección Femenina de Falange Española y de las JONS.
He dicho.






2 Comments
«con su aire de catequista de la Sección Femenina de Falange Española y de las JONS.»
Hay insultos que por errados parecen piropos. Ya quisiera ella Sr. Arenzana, ni por formación ni por celo y menos aún por valores.
Seguramente sea como dice, pero reconozcamos que en la indumentaria y en la rigidez del gesto que la acompaña recuerda en algo al tópico que se le atribuye a esa figura, que en ella es doblemente ridículo por cuanto aspira a representar algo bien diferente. No obstante, mis respetos. Saludos.