Hablemos de privilegios… Yo también me he vacunado en Abu Dhabi, igual que todas eran Juana Rivas y la tenían en su casa escondida con dos menores a los que había secuestrado. Fui de viaje y me ofrecieron esa posibilidad a modo de pasaporte sanitario para que pudiera volver con asiduidad, que es otra forma más que tienen allí de implementar y garantizarse un turismo seguro. Lo pagué de mi bolsillo.
Pero si les digo la verdad, lo que yo no he hecho ha sido veranear en dos residencias de Patrimonio del Estado con todos mis amigotes a costa de vuestros impuestos y en mitad de un estado de alarma. Tampoco tuve la desvergüenza de montar un despliegue policial mastodóntico alrededor del Falcon para que vigilara los entornos de La Mareta y Doñana, ni me llevé a un grupo de flamenquito para que animara las veladas matutinas de langostinos y manzanilla de Sanlúcar.
Debo confesaros que tampoco tengo niñera a costa del erario público ni con sueldo de ingeniero de Telecomunicaciones, porque eso acercaría demasiado el debate hacia la necesidad que detectan las encuestas de que la república ni aparezca por estos lares habida cuenta que en este país es imposible un concepto de república que no se identifique necesariamente con un régimen comunista.
Y es que hablar de privilegios tiene estas consecuencias desastrosas, que enseguida se levantan de sus tumbas todos los indultos y otros beneficios penales practicados por el gobernante de turno, ya sea sobre presos etarras, golpistas catalanes, responsables de chekas reconvertidos en vates de dictadores, como el abuelo, o secuestradoras de menores.
Todo ello a costa del Estado, que somos todos…, para pagar, claro, porque para cobrar sólo son ellos y los funcionarios.
Otro privilegio que no he tenido ha sido el de ingresarme en la mejor clínica privada de Madrid el día que detectaron mi positivo en una PCR, como Carmen Calvo, y ni siquiera tuve el privilegio de echarle en cara al diputado Iván Espinosa de los Monteros cuatro veces que no subiría los impuestos a la clase media y a los trabajadores para, inmediatamente después, coserlos a balazos fiscales desde mi poltrona.
Ya puestos y por contarlo todo, tampoco he tenido el privilegio de ser aforado, como Chaves o Griñán, de forma que quienes me juzguen en primera instancia sean mis súbditos y socios de partido, que han de conceder el permiso correspondiente para que la Justicia pueda actuar conforme a los mecanismos penales oportunos.
Sí les confesaré que, como tantos otros periodistas, he dispuesto de un privilegio mayúsculo, del que no he hecho uso, como era la posibilidad de ponerme a reflexionar sobre la vacunación de dos familiares del Monarca y elevar la anécdota a categoría el mismo día que se dan a conocer los datos del desplome y la ruina económica de España con casi seis millones de parados, que es el jueguito habitual que practican los ‘ornitorrincos’, esos bichos de los que se dice que no son ni carne ni pescado, pero que juegan siempre en su disimulo a favor de su ovípara existencia.
Ahora bien, para privilegio de verdad habría que citar el de la libertad que disfrutan los rotulistas y editores de la Televisión de Rosa María Mateo, también a costa nuestra, donde los plataformistas y sus secuaces se disfrazan de negro y luego rotulan y seleccionan imágenes a su libérrimo capricho para ilustrar las noticias, de tal modo que si hablan de la vacunación de dos hermanas del Rey de España, ponen la imagen de la Princesa de Asturias o cuelan planos de Rajoy mientras hablan de un asesinato en Cuenca o en Abu Grahib.
De esos privilegios, ya digo, no se menciona nada, como tampoco se habla de la irresponsabilidad mayúscula de un ex presidente que arruinó a España y que proclama las bondades de la tiranía de Maduro, ni del privilegio de seguir desgobernando este país a contrapelo, con la mayor catástrofe de nuestra Historia y pretendiendo reservarse el derecho de disponer a voluntad de los 130.000 millones de la UE que pagarán nuestras diez próximas generaciones.
Lo de colocar de ministra a tu pareja o de directora de un instituto de estudios fantasma a tu señora lo dejamos para mejor ocasión, porque los ornitorrincos no exigen ejemplaridad si eres de «los nuestros». ¡Qué cosas!
He dicho.





