Antes de que existiera el turismo, existían los viajeros. Ya sólo la diferente palabra indica un concepto distinto. El viajero miraba, observaba. Veía cosas sorprendentes, que le obligaban a reflexionar. Aún hoy podemos hacerlo, si nos abstraemos, si olvidamos las explicaciones que nos ofrecen de los monumentos “ya interpretados” (¡nos dicen cómo tenemos que interpretar las cosas!, no vayamos a salirnos del guión), y empleamos simplemente nuestra vista.
El pueblecito italiano de San Gimignano, por ejemplo, ofrece el panorama celebérrimo de sus altas torres medievales; tan encantador para los ojos posmodernos que esto le llevó a ser unos de los enclaves más turistizados ya desde el siglo XX. Pero apartemos el tema de la saturación turística. Centrándonos en lo que vemos, pues se nos ofrece algo muy curioso. Nuestra primera actitud sería de benevolencia, de contemplar algo ingenuo y conmovedor en su inocencia. En la era del hormigón y naves espaciales, y mastodónticos barcos para cruceros, desde esta perspectiva en la que hemos nacido, pues el ver las pretensiones de fortaleza guerrera de San Gimignano produce la misma ternura que podía causar, si los niños jugaran hoy con eso, un lindo castillito de juguete construido con piezas.
Sin embargo, no era encantador ni inocente lo que se pretendía en el momento de construir las torres. Dicen que originariamente había setenta y dos, ¡setenta y dos!, todas dentro de ese recinto urbano minúsculo. La impresión debió ser (aun lo es hoy, si hacemos el esfuerzo de ponernos en otro punto de vista, de ir más allá del “mira qué buena foto, foto, foto”) abrumadora; como de algo agresivo, prepotente y amenazador. Y presuntuoso: cada familia poderosa procuraba edificar una torre más alta de la de su vecino.
Edificar a lo alto, a lo alto, a lo alto, es lo más básico que hay, lo primero que se le ocurre a una mente primitiva. Las edificaciones que han sobrevivido al transcurrir de los siglos no son “las más altas” (éstas si sobreviven es por casualidad, como el caso presente de San Gimignano); son las que se hicieron con otros criterios, pensando en la fortaleza, solidez y estabilidad. Son clásicos los ejemplos de los puentes y acueductos romanos que no se caen, y qué diremos de los templos, basílicas, Coliseos; y qué diremos de las catedrales y puentes hechos por los españoles en México en el siglo XVI…
En cambio, es sabido que justo el núcleo de la Roma antigua estaba atestado de edificios altos y de materiales baratos, los “bloques de pisos” de la época, hechos de manera rápida y funcional pues se utilizaban poco más que para dormir, casi a modo de tiendas de campaña, ya que la vida se hacía en la calle. Tenemos pues, desde la remota Antigüedad, dos modelos de edificaciones cuyo único mérito es la altura: uno, el recién indicado, el de tipo utilitario (hay que acomodar como sea al mayor número de personas que trabajan cerca de los enclaves principales); otro, el anterior (el de San Gimignano, Bolonia, etc), de tipo pretencioso y avasallador: que se note que “soy más que tú, yo tengo más dinero, pues yo hago una torre más alta que la tuya”, edificada quizá con más esmero que las utilitarias, pero también muy efímeras. Acaso la base se hacía de piedra, pero casi todo era de ladrillo y poco sólido. Se trataba de lucir, prestigio, de decir “¡Mírame, levanta la cabeza y mírame!”. Compárese eso con el modo de construir un castillo, que desafía a los milenios. Hoy nos hace gracia, sí, que alguna de esas torrecillas presuntuosas haya sobrevivido.
Pero si retrocedemos aún más y pensamos en Nínive, en Babilonia… ¡cuántos miles y miles de torrecillas y bloques de pisos endebles empetarían sus calles… tan efímeras como la hierba! Han sobrevivido los elementos más hermosos y sólidos… nunca los que se edificaron “para ser yo más alto que tú”. Si en vez de en Nínive pensamos en la extinta Unión Soviética se nos vendrán a la mente edificios parecidos: tan agresivos y prepotentes como efímeros.
Ha sobrevivido lo que era más sólido y también, en general, lo que se edificó con armonía: no para epatar el vecino, sino haciendo juego con el conjunto. La belleza y la armonía parecen proporcionar, aparte ya del buen diseño y materiales, un escudo protector contra la destrucción…
Pero en fin, ¿adónde queremos llegar?
Pues a lo siguiente: No es extraño que en una época de vuelta al primitivismo como la presente (¡pese a ser hijos de una civilización milenaria!, pero si esto no se transmite, se pierde), pues el hecho básico y elemental de “yo soy más alto que tú” (ignorantes de cosas como armonía, belleza, solidez) haya cobrado nueva importancia. Y que nos creamos “mú modéhnos” por tener una torre “máh arta que la que había antes, quillo, esto è el pogreso”.





