Aplastante. Cuando Jesús citó su famosa sentencia, para propios y extraños se abrió ante sí un dilema: creer a pies juntillas o señalarlo como blasfemo. El resultado inicial ya sabemos que no fue nada bueno pero, ¿y el posterior?
En esta Semana Santa de balcones más que nunca, de aplausos sin pasos, de control policial sin bullas, de miedos más allá de una repetición de la Madrugá del año 2000; en esta Semana Santa de confinamiento y ensañamiento televisivo a los que algunos aún llaman, con inspiración superlativa ad hoc, «información al minuto» sobre el dichoso virus, nos ha surgido un mesías, el señor [Sánchez].
En su particular monte de las Bienaventuranzas [Televisión Española], nos arremolina frente a su persona y nos conmina en sus sermones, entre parábola y parábola, sobre cómo llegar al reino de su cielo, a creer inopinadamente en él.
Sinceramente, de momento quise creer. Me sentí un poco Tomás; quería creer, pero me costaba. Aún así quería. Pero viendo que los muertos ni eran solo uno —una decena de millar muy larga ya y, si no, aún leo con estupor que casi tres— y no había milagro de Lázaro alguno. Que se encomienda al mismísimo Judas, capaz de venderlo sin sentido alguno de culpa en una entrevista relámpago en horario de máxima audiencia. Que tiene a Caifás en su cohorte de emergencia, capaz de señalar, amenazar y hasta enviar a soldados del sanedrín contra aquellos que duden de la verdad suprema impuesta para ponerlos ante unos Pilatos, de toga negra, obligados a enjuiciarlos. Sánchez el mesías no era tal.
Mientras, el pueblo se divide y ante la imposibilidad de ocupar las calles, las redes explotan en palizas verbales. Unos a favor y otros en contra, por supuesto. Recibir reciben todos, pero hay que hacer prevalecer la realidad —la única verdad— con los nuevos mandamientos. Lo mismo de siempre. La misma forma autoritaria de actuar haciendo que una parte del mismo pueblo se lance sobre la otra mientras, desde supuestos medios de información imparciales —¿cuál lo es?—, las noticias rebotan dejando un halo de pestilencia y una sensación pegajosa.
Duden de la verdad sin mácula. Duden aunque solo sea por mantener un hilo crítico ante lo impuesto. Duden por coherencia. Duden porque quien tiene el poder tiene secretos que guardar. Duden y no sean pánfilos, no sean marionetas, no sean zotes, no sean armas arrojadizas en cualquier mano. Sean un poco ateos, aunque les cueste; agnósticos al menos.
No soy yo la verdad, ni mucho menos. Un simple articulista eventual, con opinión propia que, eso sí, cree en una única libertad de ideas y de expresión: la que se basa en la coherencia y en los hechos contrastados no manipulados, lo otro es mero panfletismo.
Por su propia libertad se lo digo: en política no hay dioses, pero sí poder desmesurado y control. Esa es la verdad.





