La ley, que al parecer rige ya en otras partes del mundo (digo “al parecer” porque resulta imposible creerlo aunque nos aseguren que es así) según la cual un hombre que “se siente mujer” puede acceder a las (¡escasas!) zonas de uso exclusivo de señoras e incluso participar en competiciones deportivas femeninas, pues esta ley es tan disparatada que todo comentario huelga. Leemos a veces artículos, opiniones contra semejante código, como desmontando sus argumentos y advirtiendo de la gravedad de sus consecuencias, y nos quedamos algo fríos… Cuando una cosa es tan obvia y clama al cielo, las explicaciones sobran; quien no vea el disparate, no lo va a ver con argumentaciones…
Jamás “convenceremos” de lo absurdo de esta ley a quien no lo vea a primera vista. Sin intención de convencer, sin embargo, se nos ocurren algunas cosas…
¿Qué significa “sentirse mujer”? ¿Hablar con voz dulce y cariñosa, no gritar palabras soeces, tener más sensibilidad para los asuntos caseros que para los automobilísticos (como disfrutar más, en general, eligiendo unas sábanas que cambiando el aceite de un coche), emocionarse especialmente con los bebés? ¿Eso es? Pero… ¿no llevamos decenios y decenios –es decir, toda la vida de la mayoría de la población- oyendo que eso es horroroso, es atrasado, es patriarcal, son tópicos vergonzosos que erradicar debemos?
Se extirpan del mundo infantil cuentos como Blancanieves y la Cenicienta, por el “machismo” que implica un final feliz consistente en boda; se arremete continuamente contra el arquetipo, al parecer malvadísimo, de que la máxima forma de felicidad sea el amor romántico… Los cochecitos de bebés de juguete llevan en su caja la imagen de un niño empujándolo (¡hay que acabar con el horroroso topicazo de asociar los muñecos a las niñas!); los anuncios de lavadoras y productos de limpieza, nadie osa hacerlos con la imagen de una mujer (¡acabemos con los anuncios “sexistas”!). Día a día, minuto a minuto, en libros de texto, en noticias de todo tipo, hasta en la frase “educativa” del sobrecito de azúcar de un café, en todas partes se nos recuerda lo espantoso que es creer siquiera que hombres y mujeres tengan una sensibilidad diferente, puedan tener deseos y aspiraciones diferentes… Igualdad, igualdad, igualdad. No ante la ley, que eso ya existe, sino igualdad de costumbres, de gustos, de todo. Que haya el mismo número de fontaneras que de fontaneros, de pilotos de Fórmula 1 varones y pilotos mujeres, de puericultores que de puericultoras, es más, metámonos en los hogares, que tanto Progenitor A como Progenitor B se dediquen a cuidar al bebé, con baja parental, el mismo número de días…
Es una campaña continuada, intensísima, con todos los recursos del Estado y de los gobiernos todos, y de las grandes compañías, una corriente planetaria que procura la desaparición de toda diferencia de matiz entre el hombre y la mujer. Todo el día hablando “de géneros”, pero para decir que no existen los géneros, que toda diferencia es “condicionamiento cultural” (que aunque así fuera, condicionamiento cultural lo es todo).
Y ahora resulta que la ley contempla, con enorme simpatía, los “derechos” de un hombre que “se sienta mujer”. Pero, ¿qué quiere decir eso? ¿Lo puede explicar?
Si a alguien le preguntan ¿qué significa “sentirse mujer”?, la única respuesta que se le ocurre a una persona ingenua y ajena a la política serían… pues los matices tradicionales (absurdo resumir esto en pocas palabras, todo lo que se diga es reduccionismo simplista, pero si a alguien le obligaran a definir qué es “sentirse mujer” pues, inevitablemente le saldrían argumentos “tradicionales”. Ese alguien acabaría diciendo, por ejemplo, que consiste en darle más importancia a la belleza, o a la casa, darle más valor a las palabras, querer verse hermosa y agradar… ). En fin: en los topicazos retrógradas del patriarcado machista y no sé qué horror más…
Pero si un hombre los experimenta, esos sentimientos e inclinaciones tradicionalmente considerados femeninos, entonces hay que facilitarle que viva “como mujer”. Pero, ¿qué significa vivir “como mujer”? ¿No hemos quedado en que las distinciones de género son un condicionamiento cultural del pasado, de nuestro vergonzoso y opresor pasado, que debemos superar? ¿No gastamos millones y millones en eliminar toda diferencia de género?
En nuestros días, una mujer que se haga la ilusión de que va a ser tratada con alguna galantería, experimenta a menudo el portazo en las narices (el feminismo lo que ha conseguido es un oscuro rencor, por el que millones de hombres piensan que la mujer “se ha aprovechado” durante siglos, haciendo que le paguen el café y que le cedan el paso, y que se acabó ya ese “abuso”)…
Resumiendo: a un hombre que “se siente mujer” hay que facilitarle la vida. Vale.
Ahora, una pregunta. Las que somos biológicamente mujeres (¡es tremendo el lenguaje que hay que utilizar!), ¿podemos sentirnos mujeres?
¿Se nos permite?





