Si comparamos las asignaturas que estudiamos en aquel bachillerato de hace décadas los que ahora peinamos canas, con las que estudian los actuales adolescentes en el equivalente de la ESO, hay una que ha ido perdiendo peso con los sucesivos cambios legislativos, aunque no sea la única, y de la que me alegro de haber recibido una formación intensiva: me refiero a la Geografía, casi siempre vinculada a la Historia.
Es cierto que ponderaba en exceso la memorización de ríos, afluentes, cabos, golfos, cordilleras y picos más elevados, pero ello se veía enriquecido con los mapas que poblaban las paredes del aula, tanto de España (Geografía física y política) como de los continentes con sus países coloreados y los puntos negros que señalaban la ubicación de sus respectivas capitales. Su presencia durante todo un curso, o más, decorando los muros de la clase, hacía que se te quedaran grabadas las siluetas de países y provincias, aparte de jugar a ratos con los compañeros a encontrar una ciudad escondida entre tanta información.
Algunas “mentes privilegiadas” encargadas de diseñar los currículum académicos de los futuros bachilleres, denostaban el conocimiento de esta materia porque no le encontraban otra utilidad que los fines militares ( ), pero ¡qué quieren que les diga!, a mí me transportaba hacia países que pensaba que nunca iba a conocer, accidentes geográficos que sólo llegaba a imaginar y me ayudaba a entrever la relación entre la geografía física y la económica.
Viene al caso esta introducción porque hace unas semanas vi un reportaje en un suplemento de prensa dominical donde decía que en círculos diplomáticos se afirmaba que quien controle Yibuti dominará el mundo, y les confieso que esta afirmación me invitó a conocer algo más sobre este diminuto país, del que seguidamente compartiré con ustedes algunas curiosidades.
En primer lugar, su estratégica ubicación, justo a la entrada del mar Rojo por su lado sur, frente a las costas de un país en guerra como Yemen, desde donde los insurgentes hutíes atacan barcos petroleros y mercantes; hace frontera con dos países que son nidos de piratas (vean la película “Capitán Phillips” de Tom Hanks) como Somalia (hacia oriente) y Eritrea (a occidente), y es el camino más corto para salir al mar desde Etiopía, donde el ejército lucha contra los yihadistas, en el corazón del cuerno de África.
La inseguridad que se desprende de este escenario está obligando al tráfico marítimo a virar hacia el sur circunvalando Sudáfrica, lo que ha disparado los costes de fuel y seguros, con la repercusión en la inflación que padecemos y problemas de suministros en muchas industrias.
La importancia geopolítica de este pequeño y desconocido país, de menos de un millón de habitantes, es descomunal porque por ese cuello de botella de apenas 16 millas que forma el estrecho de Bab el-Mandeb, pasa un tercio del tráfico mundial de contenedores de bienes de consumo, petróleo, minerales estratégicos, armas, etc. y muchos de los cables submarinos que enlazan Europa con Asia.
Ciertamente, estamos hablando de un país que representa un remanso de paz en el ojo del huracán gracias a la presencia de tropas extranjeras, y como hablamos de riesgos en los negocios, “no vamos a pisarnos la manguera”, por lo que aunque resulte difícil creerlo, en ese diminuto país conviven legionarios franceses (fue colonia francesa desde 1888 hasta 1977), cazas estadounidenses, misiles japoneses, fragatas italianas y helicópteros chinos. (También hay presencia española, una patrulla marítima y un avión de reconocimiento, encuadrados en la misión de la Unión Europea contra la piratería).
En efecto, Francia tiene allí su base más grande en el extranjero, Estados Unidos abrió la suya tras los atentados del 11S, Japón protege sus exportaciones de vehículos y productos electrónicos, y China…
China ha sido la última en llegar en 2017, pero ha enviado allí a unos diez mil hombres (EE.UU. tiene desplazados a catorce mil), ha construido su primera base militar portuaria en el extranjero y sus drones sobrevuelan todo el país, incluyendo las bases extranjeras, pero va más allá: está construyendo un ferrocarril desde Adis Abeba (capital de Etiopía) para facilitar el comercio de potasas y tantalio, y, eventualmente, el oro y el petróleo de Sudán.
Por lo demás, el clima es abrasador, apenas hay árboles; sólo produce el tres por ciento de los alimentos que consume; la escasez de agua es angustiosa; las alcantarillas son casi inexistentes; la esperanza de vida es inferior a los 60 años, y el 30 por ciento de la población es analfabeta.
De todo lo expuesto, me quedo con la visión a largo plazo de China, que invierte en infraestructuras y financia con sus bancos a las empresas locales, tomando como garantía hipotecaria las instalaciones que construye. A esto los economistas lo llamamos “la trampa de la deuda”: fomentar la dependencia económica para hacerse con el poder. Al igual que suelen terminar algunas series, ante este panorama sólo se me ocurre decir: To be continued.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





