
Foto: Hermandad Macarena
Fue el comentario de otro de mis antiguos profesores, Enrique Valdivieso, refiriéndose a su colega Emilio Gómez Piñol, entrañable para mí por muchas razones… “Afable, educado. Ya no quedan catedráticos así”.
Esta, que puede parecer frase hecha, indica sin embargo una verdad rotundísima. Las cosas y las personas han cambiado. ¿Por qué? ¿Es algo tan inevitable, hay que aceptarlo sin más, como si fuera un efecto lógico del paso del tiempo?
Pues no. Las cosas e incluso las personas cambian porque se procura que cambien, porque se hacen leyes específicas para ello. No todo es una evolución de costumbres, influenciada por las circunstancias económicas y sociales; esto sería más aceptable. Lo terrible es cuando aleatoria, estúpidamente, se promulgan leyes y normas, sin demanda social previa alguna, que tienen como efecto inmediato una deshumanización… y últimamente, pues sí, hasta un descenso de la calidad humana, ya hablemos de profesores, de médicos, o de empleados ferroviarios.
En los años ochenta y noventa, de aulas universitarias llenas, vibrantes… al terminar la clase, ya en el pasillo, era frecuentísimo que los alumnos, solos o en mini grupito, nos acercáramos al profesor a preguntarle algo… Tan frecuente era esto como obvio, de manera que incluso resulta extraño, para quien sigue considerando que esta costumbre es la lógica, el tener que evocarlo como algo pasado.
Pero sí. Alguien surgió después (no sabemos si profesores, o mal llamados defensores de los mismos) alegando que “esos minutos de pasillo son trabajo, están trabajando, esos minutos los tienen que cobrar”. “Trabajo”, “cobrar”, “minutos sin cobrar”…
Como si todo, todo tuviera que reducirse a dinero, como si no existiera en esta vida ningún concepto más. Así pues, se estableció que para las preguntas y dudas que tan frecuentemente pueden surgir, para responderlas individualmente, pues se fijaron unas horas determinadas (por ejemplo, el jueves de cinco a seis), por supuesto pagadas, claro, pagadas. ¡Oh qué alegría debieron llevarse los que entendían de ese modo el defender los derechos del profesor! A partir de ahora no trabajarían ni un segundo gratis (¡oh indignidad, contestar dudas gratis, sonreír gratis…! Pero se ha terminado esa explotación). Si la clase oficial de la asignatura se impartía por ejemplo, los lunes y miércoles de diez a once, pues el jueves de cinco a seis el profesor permanecería en su despacho en una hora llamada “de tutoría” para los que quisieran ir a que les resolviera alguna duda.
Y no solía aparecer nadie. Pronto empezaron a quejarse muchos profesores precisamente de eso, de tener que estarse allí una hora sin que les viniera nadie. Es lógico: la pregunta al salir de clase es algo espontáneo, en su misma esencia está la inmediatez, el aprovechar la ocasión, el halo dejado por unas palabras recién pronunciadas. Si hay que esperar unos días (ni aunque fueran sólo unas horas), ya el abordar al profesor no apetece, la duda no era tan importante, el elemento curioso (tal vez un comentario a una digresión de un tema, tal vez cualquier anécdota, estando fresca alguna alusión concreta a algo dicho de pasada…) ya se ha desvanecido, ha perdido interés. Ya si uno se acerca a la tutoría será para plantearle al docente dudas más “importantes”, pero no para hacerle un comentario, nacido de un instante de osadía, justo porque la clase nos había estimulado… ¡Cuántos mini diálogos gratificantes para las dos partes, profesor y alumno, se habrán eliminado por culpa de esa cosa absurda, estúpidamente reivindicativa de “no hay derecho a que los minutos de pasillo no se cobren”!
Desde entonces, si se acude a las tutorías, será para dudas “importantes” (entendiendo por ello las referidas a lo más pragmático y burocrático). Las consultas de pasillo se han perdido.
Por mor de un reduccionismo idiota (un profesor con vocación lo que tenía es que ofenderse ante aquella queja de “esos minutos de pasillo no los cobran”), se ha perdido algo de valor incalculable. Una clase universitaria impartida en un aula enorme y llena, y por ende en un edificio tan noble como el del Rectorado, eso es como un ser vivo cuyo epítome son las preguntas inmediatas de pasillo. El suprimir eso es una pérdida enorme para las dos partes, y hasta diría que para la sociedad en general.
Esto es sólo un ejemplo de los muchísimos que se pueden poner, de normas impuestas aleatoriamente desde lo alto, que, con el pretexto de “defender derechos de unos y otros”, lo que hacen es deshumanizar.
“Ya no quedan catedráticos así”. No es una frase retórica; es la pura verdad. No quedan ya muchos como nuestro antiguo profesor de Historia del Arte Hispanoamericano: afable, educado, concienzudo, amando la asignatura que impartía, y respondiendo todas las preguntas que hiciera falta.
No quedan, ¿y cómo van a quedar? Se procura por todos los medios que no queden profesores así, ni médicos, ni empleados de las estaciones. Con una ley detrás de la otra, se les induce a que odien su trabajo, a que lo hagan a disgusto, a que la persona a la que atienden (el alumno, el paciente, el viajero… etc etc) sea el enemigo.
No son simplemente “los tiempos”. Son leyes y normas específicas promulgadas desde arriba.
En fin; recordemos con afecto aquella promoción entrañable de estudiantes de Filosofía y Letras a la que perteneció Gómez Piñol…




