Alguien dirá que el protestar por unas etiquetas queda rebuscado o trivial; que un letrerito que diga “barroco” no hace daño a nadie, que más bien “culturiza”, que es algo bueno…
Efectivamente, enfrentarse a cosas tan asumidas resulta difícil. Ahora sale la noticia de que el Ayuntamiento de Sevilla quiere unificar los letreros, es decir, crear un mismo formato tanto para decir “Iglesia Parroquial de San Vicente” como para indicar “Baños de la reina Mora”, porque por lo visto es insoportable que los tipos de letra sean diferentes… Nadie parece asombrarse. A lo sumo, alguien comenta “Otro amigo del alcalde que se va a llevar otro pico”. Cuando ese detalle sería lo menos grave.
¿Por qué la ciudad entera ha de ser como un Ikea, con las etiquetas uniformes? Lejos de ser trivial, esto ataca la esencia misma de las cosas. Una iglesia parroquial existe desde mucho antes de que se inventaran etiquetados y guías turísticos. Los restos de siglos pasados en las ciudades históricas cumplen una función crucial. Obligan a pensar. Están ahí, son piedras que hablan. No deben servilmente contentarse con ser partes del entretenimiento turístico cultural banalizado. Otros lo intentan, vale, pero ellos deben resistirse.
En un mundo de torres Pelli (una torres similar, hermana gemela, luce en Santiago de Chile. Así es la arquitectura “moderna”, vale igual para un paisaje andino que para el valle del Guadalquivir; todo muy auténtico y característico) y de Setas (concurso de ideas: gana el alemán con la ocurrencia más descabellada, con el material de madera como si esto fuera Finlandia y ,¡oh! la gran “modernidad” de escaleras mecánicas al aire libre), en un mundo así los elementos del pasado aún no derribados, con su mera presencia dicen algo. Dan testimonio de un mundo de armonía, de otros ideales. No imponen que se les mire con la arrogancia y obviedad con que lo hace un rascacielos, pero de algún modo atraen la mirada; despiertan intriga…
Y ahora la modernidad, irritada con que algo escape a su tiranía, se empeña en domesticar esos elementos de verdad, etiquetándolos. Los trivializa haciendo que formen parte del gigantesco parque temático en que han convertido ciudades cargadas de historia. Dejarse poner un letrerito diseñado por el Ayuntamiento, igual al de todos los otros edificios que nada tienen que ver, que ponga “Iglesia de tal, mudéjar, barroco” es dejarse domesticar y trivializar. Es admitir que no se es sino una parte de un enorme museo.
Alguien que ha pasado días enteros deleitándose en algunos museos, a veces casi en éxtasis, ¿desdeña tanto esta palabra, “museo”? Pues sí. Un museo para algunas personas puede ser algo maravilloso, un sumergirse en objetos cargados de connotaciones, tesoros que hablan de otros mundos y épocas, condensaciones de la enorme riqueza que ha creado el humano ingenio… Pero justo son eso, condensaciones, colecciones… Si tienen interés, es porque abren rendijas a grandes realidades.
Si la realidad misma se museifica… ¿qué horizonte ofrece ya el museo?
“Será que un amigo del alcalde se lleva una comisión…”, suponen, como única explicación lógica ante semejante absurdo. Dan ganas de suplicar: “Pues que se la quede. Si no hay más remedio, si ya sabemos que los cientos de impuestos con los que se exprime a las familias (las plusvalías municipales de inmuebles se pagan también al heredar… En métodos exprimitorios tienen hasta imaginación) son para eso, para enriquecer a desaprensivos, pues así sea. Que roben, que malversen… pero que dejen los letreros en paz”.





