Beneficia ciertamente al espíritu el vivir al margen de “las noticias”; aunque es inevitable que nos lleguen a través de los distintos medios, pero al menos sí se puede evitar, y cada vez lo hacen más personas, el exponerse voluntariamente a ellas por los medios tradicionales (la radio, la televisión, lo que queda de los periódicos).
Pero las “noticias” se las arreglan para colarse de un modo u otro, ¡es tan terrible, este universo de pantallas que se comen la realidad, no se da un metro cuadrado sin pantallas parlantes, a veces muchas dentro de ese mínimo espacio! De repente nos salta algo aparentemente inocuo, parece que hablan “de la ciencia”, pero, ¡oh almas ingenuas!, ¿creíais que había algo inocuo?
Se ve a un grupo de personas escuchando a alguien que les muestra unas fotografías gigantes; se trata de “difundir la Ciencia”, hasta ahí vale. Parece que refieren a diversas actividades de divulgación científica. Pues si se trata de transmitirnos conocimientos que nuestro endeble bachillerato no nos inculcó bien, en aquella maraña de “diálogos, puestas en común, trabajos en grupo, que hablen todos, que opinen todos…” que difuminaba el contenido de cada tema, fuera humanístico o científico, pues bienvenidas sean, ¿por qué no?
Pero es lo primero que escuchamos, de una de las organizadoras:
“Ya no es tiempo de hablar sobre ciencia, sino de DIALOGAR sobre Ciencia”. Y esto hay que hacerlo en un entorno amable y divertido”. Y el objetivo es que tomen el protagonismo “las personas que menos saben de ciencia”. Y deben ser “actividades muy cortas, muy cortas, ya incluso las clases presenciales no deben durar más de veinte minutos”. Que todo sea muy dinámico, muy dinámico, que nadie se aburra. Incluso dicen “y además tenemos actividades más gamberras, para que todos participen” (¡gamberras!, dicho como algo positivo).
Lo más sorprendente es que sigan enunciando estas ideas (las mismas que escuchamos desde el primer día de colegio allá por el segundo milenio) con aire de originalidad. Claro que siempre las hemos oído recitar con ese mismo aire de innovación y originalidad. No sólo el contenido, sino la entonación, es aprendida. Lo declaman con ese aire como absurdamente rebelde ¿y rebelde a qué?, si se adhieren a lo oficial, lo impuesto, lo establecido.
Otro día, en una iglesia, un sacerdote anima a recibir el sacramento de la Confirmación a los adultos que por dejadez o alejamiento lo hayan dejado pasar. A un creyente, esa iniciativa no tiene más remedio que parecerle bien, y más cuando se anuncian unos días concretos de preparación. Pero he aquí que continúa: “Y la preparación la haremos en un ambiente distendido y de diálogo”.
Y, ¿qué diremos de los museos, de las iniciativas para apreciar el arte? Ya llevamos decenios con payasos y saltimbanquis andando entre los Murillos y los Velázquez para “hacerlo ameno y acercarlo a los niños”.
En el inmenso parque temático que es hoy día el continente europeo, estamos inmersos en una especie de ola de entretenimientos en los que poco importa si se comenta un cuadro de Zurbarán o una pintura rupestre; no hay diferencia de tono ni de público si se habla de la cristalización de un mineral o de la aparición de la música sinfónica. Todo es lo mismo: la Historia, la Ciencia, todos los campos de la inquietud humana quedan reducidos a un conjuntito de anécdotas entretenidas, a menudo picantes, “desmitificadoras”, para crear veinte minutillos muy distraídos.
No nos gusta esta palabra de la que hoy tanto se abusa, “discriminación”. Pero no vemos otro medio de expresar lo siguiente: las grandes discriminadas de la sociedad son hoy día, y lo llevan siendo mucho tiempo, las personas con vocación intelectual; o si la expresión suena pretenciosa (y eso mismo indica lo discriminadas, lo mal vistas que están), digamos sencillamente las personas con aficiones claras, con una sensibilidad más definida. Personas capaces de leerse con atención e interés, y disfrutándola, una novela decimonónica de mil páginas. Personas capaces de dejarse el cuello una noche en el campo, por pura iniciativa propia, contemplando largamente las estrellas. Personas capaces de seguir con atención una clase magistral (si por casualidad la encuentran; es rara avis pero puede darse alguna vez) de más de una hora, siguiendo el hilo, saliendo de ellas mismas, entrando en otras esferas del conocimiento. Los verdaderos aficionados a un tema, los que desean realmente aprender, los que aprovechan mejor una clase o una conferencia sin tener que tragarse chistecitos y gracietas para “agradar a los jóooooovenesss” (que no falte una alusión al ídolo de moda, o el que el conferenciante cree que está de moda, cuando se dirige a los Jóooooveness), esos son los olvidados de la sociedad.
Mientras más se multiplican las actividades que superficialmente se piensa pueden agradar a los estudiosos de algún tema (de Historia del Arte, de Literatura, de Astronomía…)… más condenados a la soledad están estos últimos. Pues su materia amada se banaliza, se reduce a entretenimiento banal… con actividades “gamberras”.
Llevamos con enseñanza “dialogada y participativa”… por lo menos unos seiscientos meses. Señores dirigentes de iniciativas culturales: digan que quieren ser fieles a lo que les enseñaron en la infancia y en la juventud, digan que eso del diálogo les gustó mucho y quieren seguir llevando esa antorcha de Diálogo Distendido que le transmitieron sus profesores. Hay gustos para todo, muy bien. ¿Pero cómo hablan con aire de originalidad, si no hemos conocido otra cosa?





