Nadie dijo que fuera a ser fácil. Es más, nos olíamos que tendríamos que jugar contra un gran portero, Messi, nueve leñeros y un árbitro indolente y con la vista extraviada ante las agresiones argentinas. Nos lo olíamos y así fue la cosa. Para ganar la segunda copa del mundo, España tendría que luchar también contra los elementos. Unos elementos que, por mucho antepasado íbero corra por sus venas, se han especializado, a lo largo del tiempo, en el juego de no jugar, en lo que llaman “el otro fútbol”.
Sabemos de la mano que el Atlántico nunca fue un océano, sino un inmenso estadio donde el viento aprendió a pasar la pelota de una orilla a otra. Todo comenzó cuando, bajo la corona de los Reyes Católicos, España abrió las puertas del Nuevo Mundo y sembró palabras, sueños y nostalgias en una tierra que siglos después sería Argentina. Desde entonces, el mar conservó la memoria de cada travesía, como un árbitro silencioso que jamás olvidó el primer silbatazo de la historia.
Los primeros navegantes llegaron en 1516 y el Río de la Plata comenzó a escribir un destino compartido. Más tarde, la Revolución de Mayo de 1810 convirtió aquella historia en un partido de emancipación, con José de San Martín cambiando de camiseta sin renunciar a sus raíces. Cuando España reconoció la independencia argentina en 1859, el océano comprendió que no había vencedores ni vencidos, sino dos pueblos destinados a encontrarse una y otra vez. Ayer nos encontramos sobre el verde de Nueva York y cualquier parecido entre ambos equipos era pura casualidad. Unos jugaban. Los otros marulleaban.
Después viajaron millones de españoles hacia Argentina llevando en las maletas el acento de Galicia, Asturias y el País Vasco. Décadas más tarde, fueron los exiliados españoles quienes encontraron refugio al otro lado del mar. Y cuando el hambre oscureció la península tras la Segunda Guerra Mundial, Argentina respondió enviando trigo, carne y esperanza, recordándole a España que los pueblos también saben devolver los abrazos.
Con los años, el balón heredó la tarea de los barcos. Futbolistas argentinos cruzaron el Atlántico para hacer de los estadios españoles un segundo hogar, mientras España descubría que cada pase y cada gol hablaban el mismo idioma, pero con dialectos muy distintos. Por un lado, la belleza del “tocar y correr”. Por otro, el aquí te pillo, aquí te mato”.
Ayer, el destino volvió a citar a ambas naciones en la final de la Copa Mundial de la FIFA 2026, en el estadio de Nueva York-Nueva Jersey. Allí, frente al mundo entero, el océano dejó de ser agua para convertirse en césped. Durante más de ciento diez minutos, España y Argentina no disputaron únicamente un trofeo, sino que con cinco siglos de memoria compartida, las cosas pueden terminar de muy distinta manera, que no siempre se hacen buenos cestos aunque los mimbres unan sus raíces antiguas.
Argentina se agarró a la vergüenza de no jugar (ni querer jugar). España manejó el balón, los tiempos y la verdad de este juego centenario.
—Total, que España es bicampeona del mundo.
… Y que ¡viva España!





