Nunca ha habido más diferenciación social que en esta era del igualitarismo a ultranza. Jamás. Muy especialmente, porque son diferencias que no se mencionan, se dan por obvias. Incluso en épocas remotas, cuyo ambiente nos llega a través de las novelas, donde la sociedad se dividía en estamentos, luego en clases sociales, y los “sirvientes” pertenecían a un rango distinto… pues incluso ahí, (y siempre que hablemos de la civilización occidental) había un fondo común básico de dignidad humana para todos. Las divisiones se debían a que de algún modo había que estructurar la sociedad. Pero a nadie le hubiera entrado en la cabeza que una persona tuviera alma y otra no, o que lo que era pecado para una fuera virtud en otra…
En cambio, hoy hasta el hecho de nacer depende de la suerte que uno tenga, de haber sido o no “muy deseado”.
Vivimos abrumados de moralina ecológica, pero… es para unos sí y para otros no. ¿Por qué? Nadie explica a qué se deben estas divisiones. Y no se comentan, se aceptan sin más.
Domingo 28 de enero. Maratón. La calle Laraña de Sevilla, a las diez de la mañana, aparece abarrotada de montañas de botellitas de agua de plástico. Encargados de repartirlas, una serie de personas con chaleco naranja (¿funcionarios? ¿contratados temporalmente? ¿voluntarios?) que continuamente aplauden y aplauden a los esporádicos corredores que van pasando.
Un escalofrío, por ende, atraviesa a los que tengan un mínimo de sensibilidad histórica, al ver a esas personas uniformadas aplaudiendo, las únicas que lo hacen en esa calle con pocos transeúntes (parecen indicarles al ciudadano lo que hay que hacer)… Pero dejémoslo, ahí, eso trae connotaciones demasiado terribles. Vamos a pensar que a lo mejor son voluntarios, y aplauden porque les gusta.
Centrémonos en el plástico. Una hora más tarde, la misma calle, lógicamente, está ya abarrotada de botellitas vacías por todo el suelo; y siguen repartiendo.
Se nos mira mal si en el supermercado pedimos, aunque sea pagándola, una bolsa de plástico para llevar las cosas. El cajero suele soltarnos un pequeño sermón, nos recuerda ese mantra de “hay que salvar el planeta”. Y sacar una botellita de plástico en público está mal visto, siempre hay alguien que nos recuerda que “es más ecológico llevar un termo para el agua”. Pero para los eventos deportivos organizados eso no cuenta.
En fin, causa hartazgo repetir siempre lo mismo, pero, ¿cómo callarse viendo esas montañas del material tan prohibido, el que continuamente nos riñen por usar?
Y recordemos también otra cosa: los que participan en el maratón vienen, en muchos casos, en avión. Y se vuelven a su sitio, en otro avión, pocas horas más tarde.
Jamás criticaría que se repartiera agua, ni que se utilizaran todos los aviones que uno quiera, de no ser por el escarnio, el cinismo… hasta el estado de esclavitud, puede decirse sin mucho exagerar, al que nos tienen sometidos, con elementos de crueldad básica, de pasar frío en invierno y un calor sudoroso nunca visto en verano (prohibiendo aire acondicionado en espacios que fueron creados contando con él, e inhabitables de otro modo), con excusas esotéricas de “limitar emisiones de carbono”; con mensajitos recriminadores cuando se pide un VTC que rezan “Compensamos las emisiones de carbono producidas por tu viaje” (??)… para luego abofetearnos en la cara con este espectáculo de miles y miles de botellitas en el suelo, y aplaudidores oficiales a los que utilizan dos aviones diarios para dejarse aplaudir.
No protestamos por el maratón ni por el tráfico de aviones. Sólo pedimos un poco de libertad, que dejen de recriminarnos a todas horas, y que no intervengan en lo más privado de nuestras vidas (por ejemplo, que en los hoteles nos permitan lavarnos todo lo que queramos sin reñirnos por ello).
Y que nos dejen ya en paz.








