Pese a despertar mucha simpatía e interés, la Jornada Mundial de la Juventud, recién concluida en Lisboa, es objeto también de notables desprecios, por un lado por parte de los menos afines a la Iglesia (esto aún se puede entender), pero también, desgraciadamente, por un cierto número de católicos que la considera “poco seria”, que sólo ve en ella lo histriónico.
¿Y es que tiene algo de histriónico? Bueno, sí: el modo en que nos la presentan los medios de comunicación convencionales. No es cosa nueva, ciertamente; ya en tiempos de Juan Pablo II, a este tipo de eventos multitudinarios los telediarios no sólo les dedicaban únicamente un minuto escaso, sino que ese minuto se centraba en lo más anecdótico, y, dentro de lo anecdótico, lo que hubieran hallado de más chusco (una monja con su hábito dando saltitos, una joven rellenita y con sus shorts gritando y aplaudiendo… En fin: lo que, fuera de contexto pudiera quedar más chillón, más fácil de ridiculizar).
Hoy existen, afortunadamente, canales que retransmiten las ceremonias con sonido real, sin comentarios, durante horas y horas; de este modo se puede seguir con un amago de realismo lo que realmente sucede (digo un amago porque aun así, la cámara se centra en los puntos clave, sale el saludo del que se ve reflejado en pantalla –algo siempre un poco banal; no salen los cientos de miles que están viviendo algo intenso y profundo, en perfecto orden y admirable compostura, y trascendiendo las enormes incomodidades físicas…). Pero claro, recurre a estos canales la persona que ya está interesada, que ya lo mira con simpatía. No los sigue el escéptico, ni tampoco el creyente “serio” que no lo aprecia; este último, como para confirmarse en su prejuicio, se contenta con lo que le proporcionan los telediarios (aun cuando en todos los demás temas desconfíe de los telediarios), o con la más banal y absurda imagen que le llegue en redes sociales.
No es lugar para describir la autenticidad de la JMJ, la motivación exclusivamente religiosa de los que acuden, el esfuerzo que esto les supone, esfuerzo físico, económico y emocional; la imposibilidad de que este esfuerzo, sobre todo emocional, lo soporte un joven que ni sea creyente ni vaya buscando la fe… Nunca lo verá el que no quiere ver, y prefiera agarrarse a su prejuicio, siempre avalado por las imágenes chillonas y deformadas que los medios le brindan.
Así pues: nunca convenceremos al escéptico, pero en cualquier caso podemos resaltar algunos hechos.
Juan Pablo II se dirigió mucho a los jóvenes, pero jamás para halagarles, sino para exigirles. Esto fue una novedad absoluta entre los crecidos bajo la ñoñísima pedagogía y ñoñísima catequesis de los años setenta y ochenta (que muchos se obstinan en perpetuar), basada en el halago al jovencito, en el ansia de caerle simpático, y en el no transmitirle casi nada, no fuera a ser “que no lo vaya a entender”. Juan Pablo II los atiborró de contenido y de retos exigentes, y uno de ellos fueron las Jornadas Mundiales de la Juventud. Prueba fehaciente de que no fueron cosa personalista (como no sea de la persona de Jesucristo), es que se mantienen, con creciente vigor, sea cual sea el Papa. A éste se le aclama, claro, como signo de la unidad de la Iglesia, visible y concretísimo.
El historiador británico Diarmaid Macculloch describe en su libro “Historia de la Cristiandad” el desbordante entusiasmo popular que se vivió en las calles de Efeso en el año 431, cuando el pueblo supo que el Concilio había declarado a la Virgen como Madre de Dios. Hubo una explosión de cánticos, desfiles… y de verdadero y auténtico jolgorio, el típico de los momentos desinhibidos en los que se revienta de alegría. Y aquí Macculloch viene a comentar: “Hoy día a muchos esto les parecerá ridículo, dirán “Qué absurdo, saltar de alegría por un dogma religioso. Ni que hubiera ganado su equipo de fútbol”. Pero si lo pensamos un instante, ¿quién es el más ridículo?”.
Conste que no ridiculizamos a nadie. El saltar de alegría, de entusiasmo, el estremecerse de jolgorio con la multitud, eso es algo humano y necesario, especialmente, aunque no únicamente, durante la juventud. Si el motivo primario es un triunfo deportivo, pues bien está. Pero si lo pensamos, ¿no tiene mucho, muchísimo más sentido, que esta alegría primaria, expresada, en su inocencia, hasta con saltos y vítores, tenga como motivo una verdadera buena noticia personal, una noticia más benéfica que aprobar unas oposiciones o ganar la lotería, pues es una noticia cuyo efecto repercute para toda la eternidad?
En la JMJ se hicieron largas veladas de adoración silenciosa, con compostura inaudita, precedidas de largas caminatas con calor y sed. Pero incluso yéndonos a las imágenes de saltos y brincos y vítores, ¿es que acaso, según sus convicciones, no están más justificados que nadie para saltar de gozo?
Un historiador anterior, Johan Huizinga, inicia su libro “El otoño de la Edad Media” con esta maravillosa frase: “Cuando el mundo era medio milenio más joven…”, y ya pasa a describir la Europa de 1400.
Presenciando algo de esta JMJ de Lisboa, nos sentimos trasladados a Efeso, a “cuando el mundo era mil seiscientos años más joven…”. Entonces, lo corpóreo y lo espiritual, el festejo jacarandoso y la esperanza trascendente estaban integrados en sana armonía.





