Imposible parece ya el esperar una emoción inocente en ninguna parte; y eso que lo sabemos, pero en fin, cada día amanece nuevo, los no cínicos nunca perdemos la esperanza de que, ante cualquier espectáculo, museo, procesión, ceremonia, periódico… hallemos algo hermoso y no contaminado de ideología. Y día tras día, minuto a minuto, tan sana esperanza se defrauda.
El otro día, un alma ingenua encendió la televisión un momento animada por la pequeña curiosidad de ver a las dos infantas (abominaremos de la absurda adulación a los jóvenes que a quienes más irrita es a ellos mismos; pero no es menos cierto, que, al ir cumpliendo años, aumenta la benevolencia hacia todo jovencito/a por el mero hecho de serlo –muy especialmente si conservan la mirada limpia e inocente).
Las infantas estarían en el palco de un campo de fútbol, donde se disputaba un partido entre selecciones femeninas. Pues vale. Y he aquí que lo primero que enfocan son los letreros publicitarios de las vallas del campo de juego, los espacios más visibles y leídos, donde indican “Not women’s football” “Women play football”. (“No es fútbol femenino. Las mujeres juegan al fútbol”). Gigantescas, agresivas, desafiantes letras…
Y, ¿desafiantes por qué? ¿A quién desafían, si estamos dentro de lo más convencional y aceptado, televisado, presidido por gobernantes y príncipes?
“Las mujeres juegan al fútbol” (Women play football). Pero, ¿no lo estamos viendo, ahí mismo en el campo, que eso está sucediendo? ¿Qué necesidad hay de afirmarlo, como si dijeran algo atrevido y revolucionario…?
‘No digan: “Fútbol femenino”, sino: “Las mujeres juegan al fútbol”’. Pero, ¿qué diferencia hay?
Para otro día dejamos lo de esa inmensa alegría que, según parece, tiene que causarnos inexorablemente el hecho de ver mujeres en espacios que durante años se han asociado a hombres, o viceversa (cada hombre puericultor y cada mujer electricista ha de causarnos un gozo enorme en el corazón; no sabemos por qué, pero es lo obligado. Y los que al pasar el camión de la basura no rebosamos de satisfacción por ver que las que mueven el contenedor son mujeres, ¡qué de alegrías nos perdemos! Pero claro, no osamos cuestionar que esto sea algo buenísimo, en nombre de dos palabras abstractas, “igualdad” y “progreso”; más vale reconocer humildemente que nos falta esa capacidad de alegrarnos, es un defecto nuestro, como alguien con pérdida de olfato se encuentra incapaz de paladear manjares…).
Olvidémonos de cuestionar la bondad de ese ideal consistente en que todos los oficios y entretenimientos del mundo tengan que estar ocupados, mitad y mitad exactamente, por hombres y féminas. Es cuestionabilísimo, pero dejémoslo de momento.
Nos centrábamos en lo curioso de esas palabras, “Women play football”. Lo enuncian como algo chocante, como queriendo, sin éxito, “escandalizar”. Pero, ¿cómo es posible? Si precisamente lo están jugando ahora, ¿no lo estamos viendo? ¿Y cómo puede ser chocante ni escandalizante algo que existe desde que podemos recordar?
Ellos, los organizadores de ese evento, y redactores de letreros tales, deben ser los únicos que se sienten… “escandalizados”, o de algún modo, los únicos que creen no estar haciendo algo normal. Precisamente al insistir con esas palabras, que no esperábamos, le están dando un aire reivindicativo, como de minoría maltratada, como de algo inferior, en suma, que no sabíamos que lo fueran. (¿Imaginan un letrero similar para los hombres?).
Por una asociación de ideas, evoco la primera toma de posesión del presidente Obama en enero de 2009. A millones de personas (acaso a todas, si no escucharan tanto los mensajes de los medios) les parecía a esas alturas lo más normal del mundo la mezcla de razas en Estados Unidos y en todas partes; el hecho de ser mulato, que no negro, no hubiera despertado grandes comentarios. Pero fue él mismo (aparte ya del sensacionalismo de los medios, y de la machacona insistencia en lo mismo), fue él en persona quien, ante nuestro asombro, sacó el tema de su (atenuada) negritud para insistir en lo novedoso, revolucionario del hecho; recordó, desde su primer discurso, que hacía no tantos decenios un hombre de su raza no podía entrar en un restaurante, y ahora Presidente, ¡qué cambio, qué evolución, qué progreso! “Soy negro, soy negro, aplaudidme, ovacionadme, soy un Presidente negro”. Rauda y veloz, la Academia sueca le otorgó el Premio Nobel.
Nadie parecía caer en que ese discurso insistiendo en su raza le quitaba todo el valor a su “hazaña”. Pues la integración se da si la raza de un gobernante da lo mismo, no cuenta, es algo que casi ni se percibe (salvo como anécdota para la prensa del corazón o para el caricaturista). Pero si se dedican a exaltarla, a expresar el gozo de que alguien de esta o tal raza haya conseguido tal cosa, y lo hagan desde la ceremonia más histórica y oficial, donde más importancia adquieren las palabras… y además prácticamente no hablen de otro tema, entonces… entonces transmiten la idea de que el racismo está más fuerte que nunca.
Considerábamos normal todo tipo de deporte femenino. Considerábamos normal la mezcla de razas en la que vivimos en Occidente (y especialmente en América).
Son ellos –“ellos”: el oficialismo imperante, ese extraño poder que decide el rumbo del mundo- los que se empeñan en que no sea normal, que las cosas a las que estábamos habituados ahora resulten “chocantes”.
Perpetuamente están como deseando, sin éxito, que alguien se escandalice.





