Los recuerdos de la niñez, esos que permanecen anclados en la memoria desde siempre, son como fotografías de un álbum que contemplamos una y otra vez y siempre descubrimos algo nuevo en ellas. Mis remembranzas más antiguas me evocan una casa de vecinos en la calle Butrón, collación de San Román, donde di mis primeros pasos y pude contemplar desde un balcón la riada de aquella tarde del sábado 25 de noviembre de 1961, cuando el Tamarguillo inundó Sevilla (tengo grabado cómo subía el agua desbordada desde la calle Gallos hacia Sol), o asistir meses después al velatorio de nuestra vecina Pura, que vivía pared con pared con nosotros.
Las casas de vecinos (corrales de vecinos en Andalucía y corralas en Madrid), para quienes no las hayan conocido, fueron una de las formas de vivienda colectiva más fascinantes, ricas y humanas de la historia urbana española. Más que un simple diseño arquitectónico, representaron un ecosistema social único donde lo público y lo privado se difuminaban por completo. Constaban de varias plantas con galerías abiertas o corredores de madera. Las familias —a menudo hacinadas— disponían únicamente de una o dos habitaciones privadas que hacían las veces de dormitorio. La cocina, los lavaderos, los pozos y los retretes eran comunes y se ubicaban en el patio central. En la casa de mis padres disponíamos de una cocinilla (a soplillo) y había un retrete compartido en la primera planta y otro en la baja.
El corazón de la casa era el patio. Allí se lavaba la ropa, que luego se tendía en la azotea, se cocinaba en anafe si hacía buen tiempo, jugaban los niños y se criaban comunitariamente: todos los vecinos educaban a los pequeños, y en más de una ocasión les daban de comer cuando los padres pasaban necesidad. Este espacio forjó una cultura de solidaridad extrema, pero también de absoluta falta de intimidad. Nació aquí la figura del casero, el vecino respetado encargado de mediar en los pleitos, organizar los turnos de limpieza y vigilar la moral del recinto.
Esta tipología de vivienda popular tiene raíces muy profundas, pues su diseño hereda la estructura de los adarves árabes (callejones ciegos) y los patios de las alhóndigas. La idea central era siempre la misma: blindar el interior frente a la calle y volcar la vida hacia un espacio central protegido. Con el Siglo de Oro, ciudades como Sevilla (puerto de Indias) o Madrid (la nueva capital de la Corte) sufrieron una explosión demográfica brutal, y para alojar a las masas de trabajadores precarios que llegaban del campo, se empezaron a subdividir antiguas casas señoriales o a edificar bloques modestos alrededor de un patio.
Un espacio con tanta intensidad dramática, donde los secretos eran imposibles y las pasiones estallaban a la vista de todos, se convirtió en una mina de oro para los escritores españoles. En el Siglo de Oro, muchos corrales de comedias (los teatros donde triunfaban Lope de Vega o Calderón de la Barca) eran literalmente patios de casas de vecinos o mesones adaptados. En el Realismo y el Naturalismo (Siglo XIX) tiene lugar el momento cumbre de este espacio en la novela. Los escritores se obsesionaron con retratar la psicología de las clases populares:
- Benito Pérez Galdós: Nadie retrató las corralas de Madrid como él. En Fortunata y Jacinta, Galdós utiliza las escaleras, los corredores y el eco de los patios para mostrar cómo las vidas de los personajes de distintas clases se cruzaban inevitablemente.
- Carlos Arniches: En el teatro, sus sainetes capturaron a la perfección las disputas vecinales entre los lavaderos de las corralas, combinando la comedia con la dura crítica social.
Tras la Guerra Civil, el hacinamiento en estas viviendas se volvió especialmente dramático debido a la pobreza reinante. En Historia de una escalera (1949), de Antonio Buero Vallejo podemos ver la cumbre literaria de este estilo de vida. Los personajes suben y bajan a lo largo de tres generaciones, viendo frustrados sus sueños de progreso, atrapados en el chismorreo y la precariedad de su entorno.
A partir de los años 60 del pasado siglo, el desarrollo económico y la búsqueda de comodidades modernas (baños privados, intimidad) empujaron al abandono o demolición de la mayoría de estos inmuebles. Sin embargo, hoy en día las estructuras supervivientes han sido rehabilitadas, considerándose joyas arquitectónicas que inspiran los nuevos modelos de vivienda colaborativa: coliving, que nos venden como una “fórmula residencial” o modelo habitacional con zonas comunes, servicios compartidos, flexibilidad y estancias adaptadas a una vida laboral cada vez más móvil, gestionado por una empresa que además promueve eventos periódicos para forjar el sentimiento de comunidad, ideal para los que no buscan una viviendas permanente (estudiantes internacionales, jóvenes profesionales sin familia en la ciudad, expatriados, profesionales en remoto,…)
Entre coworking (lugar de trabajo compartido), bla bla car (coche compartido), spotify (música), Plataformas de televisión (series y películas) y coliving (vivienda), podemos observar cómo el sentido de propiedad se va alejando cada vez más de nuestras vidas y vamos camino de usar cosas que no son ni serán nuestras. Se está cumpliendo la predicción de la danesa Ida Auken, que más tarde proclamaría el Foro Económico Mundial en 2016 al prever nuestra forma de vida en 2030: «No tendrás nada y serás feliz» (en inglés, «You’ll own nothing and you’ll be happy»)
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Precioso artículo, Alberto. nunca he vivido en un corral de vecinos, pero sí muchas de mis compañeras que vivian en San Bernardo o la Judería. de niña yo envidiaba su infancia compartida en los patios.
Es una estupenda reflexión, vamos sin duda hacia esa forma de convivencia compartida si el problema de la vivienda persiste entre los jóvenes.
Enhorabuena por tan interesante reflexión.