Déjame escribirte unas líneas. Ahora que el año comienza y yo también. Acabo de morir con un año que se fue y he vuelto a nacer en este que aún tiene que crecer. He vuelto a tomar las uvas, a brindar por la felicidad, a desear que este año se cumplan aquellos sueños que siguen siéndolo, a rogar que sobre los míos se aleje cualquier tipo de mal. He despertado en un nuevo día que es el primero de muchos como este –a fin de cuentas, ninguno volverá a repetirse–, pero tampoco ninguno igual a su fuerza de convicción. Empezar desde cero con todos los años a mi espalda; mirar con los ojos de un recién nacido, siendo ya miope; tener la ilusión de un niño yendo camino del medio siglo de existencia.
Déjame. Sí. Déjame escribirte estas líneas ahora que ya se quedó solo para la memoria el año que pasó. Bueno o malo, poco importa a estas alturas en las que apenas estamos empezando a coger vuelo con el que nos queda por vivir. Hoy son todos anhelos a sabiendas de las decepciones. Hoy nos despertamos con ganas de comernos doce meses, a modo de pastel, con el estómago pidiéndonos tregua de los excesos de ayer. Hoy parece como si todo se renovase sobre el cansado suelo que pisamos. Hoy miramos de frente el presente que fue futuro hace solo unas horas.
Voy a aprovechar que mi mano, extenuada de trabajar, ha recobrado el vigor para enderezar renglones torcidos. Voy a hacer propósito de enmienda y a mirar más a los ojos que a la pantalla del teléfono móvil. Voy a hacer las paces con los libros que abandoné. Voy a cuidar el corazón y la sonrisa de quienes me aman. Voy a limpiarme la boca y la mente de la suciedad moral y social que me las atasca. Voy creer primero en lo que creo y a abjurar de los profetas fariseos. Voy a llorar sin miedo y a reír sin motivos. Voy a encadenarme a mi libertad y a quitarme las ataduras de la opresión ajena. Voy a llevar conmigo mis principios y al que no le guste, lo siento, otros no tengo.
Acabamos de comenzar y ya confío de nuevo en los Reyes Magos. El seis de enero me levantaré con la certeza de que no fuimos mi esposa y yo quienes pusimos los regalos en el salón aquella madrugada, y que aquel reguero de caramelos que conduce desde las habitaciones hasta el comedor fue Melchor –mi rey– quien lo inventó, pero no yo. Yo dormiría con la sonrisa puesta a modo de almohada mullida sobre mi alma.
No quisiera terminar. Quisiera seguir añadiendo líneas, párrafos, folios, porque en ellos, como en una noche de san Juan, irían escritos sortilegios para conjurar todo lo bueno y dejar en una pira cualquier mal pensamiento; cualquiera que me aturdiera, que me doliera, que me recordara los terribles desvelos, las amarguras de los sufrimientos. Aquellos que me deshojaran por dentro. No. Terminar no quiero.
Por eso, déjame escribirte estas líneas, querido amigo, querido yo. Ahora que el año comienza y nosotros también. Ahora que hemos muerto y renacido entre recuerdos y ansias. Ahora que las copas han quedado secas de bebidas y de uvas y el silencio se ha adueñado de donde habitaba la algarabía. Ahora que estamos solos con la realidad de resaca. Ahora, te dejo estas palabras para que dentro de trescientos sesenta y cinco días vuelvas a creer de nuevo.





