Está jubilado, pero disfruta visitando institutos y colegios para orientar a los alumnos que se van a enfrentar a la EBAU (antigua Selectividad) sobre los distintos caminos que se les abren (diversas universidades y facultades, grados superiores de Formación Profesional, …), la importancia de los idiomas, que una cosa es la aptitud reflejada en las calificaciones y otra la actitud, no evaluable pero si cabe más importante en todos los órdenes, y sobre otros asuntos de interés que pasan desapercibidos para ellos en la mayoría de los casos.
Me comenta preocupado que los chavales suelen estar bastante desorientados a pesar de toda la información que manejan, y que el papel de los orientadores en la mayoría de los centros se ciñe a resolver casos puntuales.
Lo conozco desde hace muchos años, y recuerdo como en el lejano servicio militar lo destinaron como sargento en el Centro de Instrucción de Reclutas (CIR) de Zaragoza; que a continuación entró como profesor interino en la Universidad (le pilló el golpe de Tejero impartiendo una clase de Macroeconomía), y que al poco tiempo entró a trabajar en una entidad financiera, pero que siguió como tutor de la UNED y que desarrolló gran parte de su vida profesional como monitor de la Escuela de Formación de su Empresa.
Yo no entendía cómo podía con su tarea diaria más los cursos que impartía en Aracena, Algeciras, Jerez de la Frontera, Osuna, Estepa y otras direcciones de zona, cuando el tipo marginal de su tributación se llevaba gran parte de sus ingresos extras, aunque lo que más sentía, según me confesaba, eran las horas que le restaba a su familia y el poner en riesgo su vida en la carretera, donde tuvo algún que otro susto.
Al prejubilarse volvió de nuevo a la Universidad, sin otro ánimo que el de satisfacer su vocación docente, y aunque intentó realizar el doctorado, eso de la dedicación exclusiva no iba con él, y además, los doctorados de ahora poco o nada tienen que ver con aquellos que él intentó en más de una ocasión acometer en los ochenta y los noventa, y que no pudo realizar porque sus ocupaciones cotidianas le absorbían.
A pesar de que muchos le animábamos a realizar la tesis, él siempre prefería volcarse en las clases y echar un rato con sus alumnos en tutorías o en la cafetería, a elaborar sesudos artículos de incierta publicación y dudoso impacto, porque corren tiempos donde el alumno paga para aprender y los profesores cobran por investigar, si bien me comentaba que su retribución más importante era la no monetaria, por tener las espaldas cubiertas con las condiciones de su prejubilación, y de ahí que valorara más la docencia entendida en sentido amplio, que el estatus que le hubiera proporcionado un doctorado: “No aspiro a ser el más ilustrado del cementerio” y “A cierta edad ya no puedes posponer lo que te gusta para más adelante”, me decía.
Su experiencia comercial en el trato con clientes le llevó a considerar la relación con sus alumnos desde la perspectiva de la venta de un servicio que cubriera una necesidad. De ahí su originalidad en felicitar el cumpleaños de sus pupilos (“me lo ponen fácil: sólo tengo que elaborar una hoja excel con las fechas de sus nacimientos”) o su onomástica, su esfuerzo por conocer sus nombres, o de remarcar la importancia del aprendizaje de su materia de cara a un futuro profesional, para despertar el interés, lo que le reportó ser padrino de más de una promoción.
Siempre me hablaba de cómo iba cambiando la psicología de los alumnos de un año para otro: los niños de primero (andan perdidos, echan de menos la seguridad de su colegio o instituto); los jóvenes de segundo (barrilada, fiesta de la primavera, quedadas en los bares próximos); los “enterados” de tercero (“¿Quién te ha tocado de profesor?” Bah, con ese no hace falta ir a clase para aprobar”) y los “pre parados” de cuarto (“¿Qué hago con mi vida”?, “¿Qué máster elijo”? “No me acuerdo de nada de lo que he estudiado…”) Resulta paradójico cómo cambian de un año para otro, me decía, con una particularidad: “los alumnos tienen siempre la misma edad, pero tú eres cada curso un año mayor…”
Cuando le he planteado en ocasiones que se dedicara a actividades más lúdicas, siempre me contesta que su actual papel como mero colaborador docente altruista tiene mucho que ver con la necesidad de devolverle a la Universidad, en lo posible, lo que de ella ha recibido: formación, amistades, aprendizaje de los más jóvenes, actualización profesional y otros intangibles que le han llevado a ser quien es.
Hoy me lo he vuelto a encontrar y lo he visto especialmente feliz y sonriente. Al preguntarle el motivo, me ha comentado que por la tarde sería la ceremonia de graduación de una de sus hijas en un doble grado, y que la Facultad, la misma en la que estudió, le ha concedido el privilegio de ser él quien le ponga la beca bicolor. Brillante colofón a la trayectoria de este amigo, profesor y maestro, por lo que le he felicitado. Como decía aquel antiguo anuncio publicitario, “Hay cosas que no tienen precio; para todo lo demás, Máster Card”.





