“Lo políticamente correcto nutre el bolsillo, aunque cause repugnancia en la conciencia. Lo políticamente correcto premia la falacia con una sonrisa cómplice y una propina en euros. Y en este mundo traidor, el que no se conforma es porque no quiere”
Camilo José Cela
No es muy conocido, pero algunos lo saben. Durante mucho tiempo fue un secreto, hasta que él mismo lo desveló en una de aquellas tertulias del maestro Luis del Olmo en Onda Cero con Luis Sánchez Polack, Alfonso Ussía y Vizcaíno Casas, entre otros. Confesión, por cierto, que le costó el micrófono al escritor valenciano, pues del Olmo le sacó la tarjeta roja y lo mandó a la nevera. Y es que Fernando Vizcaíno Casas, “el hijo del paragüero”, era un hombre del 23F, celebrando ese día en su casa con su familia y brindando con champaña.
Nació el 23 de Febrero del año 1926. Hace un siglo. Falleció en Madrid, a donde se fue muy joven buscando fortuna como abogado y como escritor, en el invierno de 2003.
Vizcaíno Casas fue uno de aquellos escritores —como José María Gironella, Agustín de Foxá o Rafael Sánchez Ferlosio— que fueron víctimas de la denominada “censura por omisión” que practicaba en los años noventa “el Frente Popular de la Cultura (Ricardo de la Cierva, dixit). O como dejó escrito Mercedes Salisachs, autora de La gangrena (1975), entre otras novelas: “La dictadura del silencio”. Ya que los intelectuales (¿?) y la prensa no podía con ellos porque amontonaban edición tras edición de sus obras y la gente se lo pasaba bien leyéndolos, decidieron silenciarlos. Ni mentarlos siquiera.
La obra de Fernando Vizcaíno Casas se alza como una tribuna donde la claridad se convierte en arte. En títulos como La boda del señor cura (1979), Niñas… ¡al salón! (1976) o La sangre también es roja (1996), el autor valenciano ejercita una prosa que parece caminar descalza. Una literatura directa, sin ornamentos innecesarios, pero cargada de intención. Su difícil sencillez consiste, precisamente, en explicar lo complejo desde el entendimiento, despojar a la realidad de sus disfraces retóricos y dejarla frente al lector con toda su verdad.
Vizcaíno Casas abordó temas de rabiosa actualidad con el pulso firme del cronista y la ironía del observador que no se deja engañar. Las autonosuyas (1981), …Y al tercer año resucitó (1978) y De camisa vieja a chaqueta nueva (1976), dice las cosas claras, sin medias tintas, en una época en que la ambigüedad comenzaba a ser refugio cómodo. Su mirada, aguda y penetrante, supo retratar la vida cotidiana y la política con sarcasmo elegante, humor incisivo y una gracia que no anulaba la crítica, sino que la hacía más punzante. Ejemplo de sus trabajos sociológicos son Contando los cuarenta (1971) o Los rojos no usaban sombrero (1996), por ejemplo.
Entre la crónica y la literatura, su voz se desliza como un bisturí envuelto en terciopelo que corta, pero no hiere sin sentido. Y en esa mezcla de entendimiento y sonrisa, dejó un testimonio vivo de su tiempo. En 1951 ganó el Premio Nacional de Teatro Calderón de la Barca por su obra de teatro El baile de los muñecos.
Un testimonio en prensa desde tribunas como las de Las provincias o Interviú. Además, de muy joven, le hizo la última entrevista de su vida a Manolete, antes de que pasara lo que pasó en Linares. Vizcaíno Casas, un escritor honrado y un hombre sin complejos. Ah, y del 23F.
Pst: Corría el año 1996 y servidor tenía el punto de mira de sus estudios en la carrera de periodismo hasta que un profesor —don Federico Jiménez de Cisneros y Baudín— me regaló el libro 1978. Un año menos, de Vizcaíno Casas. Su lectura hizo olvidarme del periodismo y desviarme al derecho. Las cosas de la vida.





