El deseo de no hablar de la tragedia ferroviaria (la que ha acaecido y las que vendrán, si no se efectúan unas reformas que no tienen visos de comenzar siquiera), de comentar otros asuntos más gratos… pues es un deseo enorme, pero al final se ahoga ante la magnitud de la realidad.
Sin ni aun buscarlas, las noticias se cuelan, saltan. El motivo de este accidente anunciado es tan diáfano, tan inequívoco, que forma un contraste con los de signo contrario (tantos hechos fortuitos a los que siempre se busca un culpable aún cogido por los pelos…). Este caso es tan enorme que con razón queríamos apartarlo de la mente, pero se impone.
Saltan lo que se ha hecho… que “en las traviesas se soldaron materiales nuevos con otros de hace treinta años”. ¡Soldar metales viejos con otros nuevos! ¡Pero si eso lo dice hasta el Evangelio, que no se puede hacer!
“No echar vino nuevo en odres viejos, pues el vino nuevo romperá los odres”. “No poner remiendo nuevo en paños viejos, pues el hilo nuevo romperá la tela vieja…”. Cristo no vino a dar lecciones de tecnología ni de corte y confección; se refería a otras cosas. Pero justo para hacerse entender, recurrió a ejemplos de sabiduría popular, a conceptos tan obvios y diáfanos que todos comprendían. Esta parábola, mejor dicho este recurso del lenguaje que consiste en poner un ejemplo obvio y exagerado para que algo se entienda de manera gráfica (“No hagáis esto, pues sería tan absurdo como coser con hilo nuevo en tela vieja: sólo se conseguirá romper la tela”), figura en los tres Evangelios sinópticos. Ya hablemos con creyentes, ateos o mediopensionistas, estas palabras en un texto de hace dos mil años demuestran fehacientemente que ya desde entonces el más ignorante del pueblo llano tenía que saber, porque lo había experimentado, que no se pueden hacer cierto tipo de remiendos. No es que se lo enseñara Cristo: es que ya lo sabían.
En nuestro tipo de vida más virtual y de oficina, tal vez nos resulte más lejano lo de “los odres viejos” (¿qué es un odre?, pudimos decir al oír esta cita por primera vez). Pero el otro ejemplo sí nos es más cercano. Aunque tampoco vivamos en tiempos de coser mucho, pues alguna vez se hace, en las casas suele haber un costurero. (Debía emocionar por cierto, cada vez que se enhebra una aguja, el pensar en la cantidad de milenios que llevamos haciendo esto mismo… En algunos libros de Prehistoria le llamaban a la aguja “el pasaporte para Europa”, lo que permitió el salto desde África hasta zonas más frías, en pleno Paleolítico. Las agujas serían huesecillos, y los hilos no vendrían en bovinas, pero era lo mismo, ¡qué invento!). Basta con haberle dado alguna puntada a un tejido delicado que por puro sentimentalismo queremos preservar, para haber experimentado la triste verdad pragmática que se sabe desde hace milenios: el hilo nuevo rompe la tela vieja.
No hay que entender de metales ni de fundiciones; la sola idea de soldar un material nuevo con otro que lleva ahí treinta años desgastado es tan grotesca que no entra en las cabezas. Y esto es lo que ahora nos cuentan que se ha hecho en nuestros raíles, aquí y ahora, en pleno siglo XXI.
De tanto que se podría decir, enmudecemos.
¿Dejaremos al fin de decir, como explicación para todo, esa cantinela de “Faltan medios, faltan medios”, como si el solo dinero solucionara automáticamente las cosas…? Sabidas las cantidades desorbitadas que se manejan en este como en todos los ámbitos, ¿habrá llegado el momento en que comprendamos lo obvio: que no se trata sólo de “dinero”, sino de que las personas sean responsables, sean honradas, les interese su trabajo y lo hagan bien, les importe algo el bien común…?
Y seguimos considerando rancias y ridículas las épocas en que se predicaba sobre el bien común, sobre el servicio a la sociedad, sobre las obligaciones de cada uno… Y por ende, se sabían las palabras del Evangelio.





