Sevilla se enfaja, esboza su cuadro algo más desapasionado que otros años -¡Ay!- Maldita pandemia. Porque, cumpliendo con los escritos de Concilio de Trento, veneramos las imágenes que besamos. Se catequiza a través de la imagen, y de la imagen en la calle, y el que diga que no, no conoce su historia. Pero este año no habrá besos, al igual que no lo hubo el pasado, esta primavera nos quiere más que la pasada pero menos que la próxima, eso sí, lo intangible no se mueve y será una Semana Santa más, tan peculiar como diferente.
Para mí, el Viernes de Dolores es, por antonomasia, la precuela del libro más importante del sentido de la vida, aquella que inicia su primer capítulo con la Sagrada Entrada en Jerusalén y acaba con la Resurrección.
Siempre he recordado el Viernes de Dolores como el día de los días que mejor estigmatizan el previo, al gran espectáculo, en cuanto a: preparativos, últimos retoques, detalles ornamentales y florales, últimos momentos de limpieza, colocación de altares de insignias, charlas, tertulias sobre cómo será la Semana Santa que nos sucederá… Digamos que para el cofrade sería como “el día D”, el día del desembarco de lo emotivo para llamar a la puerta de Sevilla y sus hermandades.
Y con este último viernes, tan singular, culmina una Cuaresma más, que sirve de atrezzo de la semana más importante para la cristiandad. La cuaresma actúa en Sevilla como la dulce sala de espera de una clínica, la de los compases del alma, se ve como zaguán previo a la entrada principal de un gran museo, el del significado de la vida, o como el obturador de una cámara que mide la luz antes de lanzar la gran fotografía que es la Semana Santa, con todos sus detalles.
El resplandor de nuestra Semana Santa tardará en volver, esta será una Semana Santa que tardaremos poco en olvidar, que no nos colmará de momentos en las calles ni de convivencias de todos los subgrupos que componen una hermandad. Será una Semana Santa dispersa y algo descafeinada sin un encuentro entre las imágenes y Sevilla, sin Dios en la calle y su pueblo, pero no hay que olvidar que siempre nos quedará la esperanza como salvoconducto de que todo vuelva a ser como fue.
En Sevilla necesitamos echar al suelo todo el cielo, para creer en lo que creeemos.





