Mi amigo Moisés, historiador de vocación, asegura que gran parte de la herencia cultural del País Vasco procede de Mauritania y regiones aledañas. Así. Como suena.
Allá por el año 220 antes de Cristo, cuando el genial estratega Aníbal Barca partió de Cartago con la idea de darle el jaque mate al imperio romano enemigo, fue reclutando, por los pueblos por los que pasaba, a cuantos indignados quisieran unirse a su causa, conformando sus ejércitos un colorido mosaico de razas, tribus y elefantes.
Tales hordas fueron acampando en el extremo Norte de Hispania, a la espera de que el gran Aníbal ordenara a todos dar el salto a los Pirineos, para pasar a continuación a los Alpes de la Galia y descender luego hasta la mismísima Roma, para atravesar con su falcata el corazón de la ciudad eterna.
Varios millares de mercenarios africanos aguardaban en los valles de Vasconia. Y cuentan las crónicas que el capitán de todos ellos se enamoró perdidamente de una muchacha vasca, hija de un gerifalte local.
Cuando los emisarios de Aníbal les llevaron su orden de salir a cruzar las montañas pirenaicas, los africanos pegaron la escollá a instancias de su jefe enamorado. Se hicieron los suecos. Desertaron. Y fueron acogidos entusiasmadamente en cientos de villorrios donde se difuminó su rastro, absorbidos entre los pobladores de Vasconia.
Agradecidos con tan maravillosas gentes, los cartagineses les enseñaron su lenguaje militar, bellísimo y musical, cuajando entre comerciantes y pastores que lo difundieron con rapidez. Resulta asombroso el paralelismo semántico de muchas palabras y giros expresivos del euskera con la gramática de ciertas regiones de Mauritania y Túnez.
Los cartagineses también celebraban el solsticio de invierno, alegrándose de que la oscuridad fuera minorando y los días se hicieran más largos y luminosos, festejándolo con la figura de un ser mitológico, bonachón, entrañable y mágico que, una vez al año, sorprendía con dádivas a los más pequeños de sus tribus.
Esta celebración jovial también encajó en el carácter de los sufridos montañeses y aldeanos. Andando el tiempo, esta especie de Papá Noel vasco, el Olentzero, de cuyo carro con regalos tiran caballos percherones en vez de renos, y que habita en un caserío del bosque Izenaduba y no en el ártico, pasó a convertirse en un ser cercano a la divinidad, anunciando el inminente nacimiento del Niño Jesús.
Mi colega historiador me mostró fabulosos y antiquísimos documentos escaneados de los siglos XII y XIII, escritos por los Reyes de Navarra de aquellas épocas, dirigiéndose al Olentzero con la solemnidad que tan inigualable personaje requiere, concendiéndole el permiso regio para acceder a su reino y colmar a los infantes de presentes, ya que ellos mismos, en su condición de Reyes, «daban fe de que sus súbditos más pequeños, los niños, eran los de mejor corazón», así como su palabra de soberanos «de lo buenos que habían sido todos ellos, de lo bien que se habían portado con sus padres y maestros, y de lo mucho que ayudaban en sus hogares y huertas».
Unos Reyes como El De Arriba manda, sí señor. Caballeros y Reyes. Manteniendo la ilusión de las criaturas, sabedores del universo de inocencia y bondad de los niños, y fomentando su felicidad mediante el estampado de su real firma en cualquier documento público que pudiera leer el pueblo, todo sea para servir a sus criaturas. Como nuestros monarcas actuales, Felipe y Leticia.
Este ser ancestral, de raíces africanas pero mimetizado en las costumbres y culturas vasca y navarra, es un hermoso referente para miles y miles de niños que, inocentes y radiantes, acuden a entregar su carta al Olentzero, con los regalos que quieren para el 24 de diciembre, cuando a puntito está de nacer el Niño de Dios.
Sin embargo, en esta ocasión, al ignorante paleto que ha suplantado al inigualable Olentzero, el cochino le ha salido mal capado en Leioa, un municipio de Bilbao, en su burda pretensión de adoctrinar a los menores.
Y es que este Olentzero de chichinabo ha respondido por escrito a los 4.000 niños del pueblo, advirtiéndoles que les manda un imaginario «tirón de orejas», porque muchos de ellos «no le han escrito sus cartas en euskera», el lenguaje que él domina, sino en castellano, con el enorme trabajo que le cuesta traducir este último idioma.
En el colmo de la desfachatez, el farsante desliza una sutil amenaza, taimada y sibilina, diciéndoles a las criaturas que «es posible que se quede sin saber cuales son realmente los regalos que desean».
Hablando en plata: que se pueden quedar sin regalos por no escribir en euskera. Esta vendría a ser la interpretación lógica de una mente infantil, por la ascendencia moral que en ella ocupa la figura del Olentzero. Las infantiles mentes que quieren moldear a su antojo los nazis del Partido Nacionalista Vasco del citado municipio (sí: he dicho nazis del PNV, ¿pasa algo?), al estilo de las hitlerianas juventudes del III Reich.
Uno de los activos de la grandeza de España es el crisol de culturas y costumbres, desde Tarifa a Cadaqués, de Cartagena a Badajoz, donde los diversos pueblos y civilizaciones han plasmado su indeleble huella.
La armoniosa suma de todas ellas, su integración amable, hace que nuestro país sea la admiración de cualquier extranjero con sensibilidad, así como el orgullo de todo paisano de bien.
Usar las bellísimas costumbres del entorno geográfico para contraponerlas a las de otros o valerse del lenguaje como un arma de confrontación con los demás compatriotas, resulta algo propio de catetos, de cretinos, de impresentables, de tontos del haba, de zoquetes, de sencillitos con sifón, de palurdos, de necios, de estúpidos, de mezquinos y de egoístas. Y me quedo corto. No sé si me explico.
Porque se requiere ser talibán para poner en riesgo la bendita ilusión de los niños y su arrolladora inocencia, que tanto añoramos y con la que tanto nos enseñan a mostrar nuestra mejor versión de seres humanos. Que hay que ser miserable.
Y me van a permitir que termine choteándome mucho del simulacro del vaina con boina que hizo de Olentzero, y del Alcalde del PNV y su cohorte de pelotas y asesores adláteres, incapaces de apreciar la belleza de cualquiera de nuestras lenguas, euskera y castellano en este caso, para que cada cual utilice la que le venga en gana.
Les animo a cachondearse de estos jartibles, como dicen en mi Cádiz, porque uno está seguro de que el mismísimo Goebbles, ministro de propaganda nazi, estará tronchándose de risa en su sepultura, con estos pardillos del PNV en su intento cutre de emularle.
Y es que es propio de un sketch del humorista José Mota el hecho de que la carta que mandó a los 4.000 niños de Oleila, 4.000, el Olentzero de paripé, quejándose de que no le escriban en euskera, y de que el euskera es la lengua que debe usarse desde pequeño, y de que él únicamente entiende el euskera … repito, es digno de un sketch de risa que la carta haya sido escrita en … ¡¡EN UN PERFECTO CASTELLANO!!
Que hay que ser gilipollas.





