En cierta ocasión leí que “… la Historia la escriben los vencedores, pero el tiempo acaba por darle voz a los vencidos”, y, efectivamente, a poco que se fijen en cualquier episodio histórico, podrán comprobar que esta afirmación se cumple. Tardará más o tardará menos, pero sólo es cuestión de esperar a que algún documento, el testimonio personal de algún superviviente o un hallazgo arqueológico, arrojen luz sobre un acontecimiento que creíamos de sobra conocido para cambiar nuestro parecer sobre lo que ocurrió.
Viene al caso esta reflexión tras haber visto la película “Vencer o morir”, que narra una epopeya acaecida entre 1793 y 1796 en la Vendée, (región de los países del Loira, Francia) cerca de Nantes (“la guerra de la Vendée”) y que había permanecido oculta a los manuales de Historia para los propios franceses, por representar una de las páginas más execrables de la Revolución Francesa: el levantamiento de cuatro departamentos de Bretaña contra el ejército revolucionario.
Ciertamente, al hablar de ella, a todos se nos vienen a la memoria la toma de la Bastilla, el asalto al palacio de Versalles, la guillotina, la muerte de María Antonieta y de su marido Luis XVI en el cadalso, como hechos que marcan el final del Antiguo Régimen Absolutista y la entrada de una época de liberté, égalité et fraternité, umbral de la era contemporánea, que nos trajeron la democracia, el progreso y los adelantos técnicos, pero nadie que yo conozca se ha interesado por lo que ocurrió en el resto de Francia, y, casi siempre, sólo nos ceñimos a París como epicentro y único escenario del cambio.
En Francia, entre la gente del campo, había muchos monárquicos y católicos que constataron que la revolución había traído una nueva dictadura, de signo laicista y republicano, y en la citada región se sublevaron los campesinos contrarrevolucionarios iniciando la guerra. Dos fueron las razones fundamentales: la Constitución civil del clero, que transformó a los sacerdotes católicos en funcionarios del Estado (esto socavaba los cimientos de muchos creyentes, hasta el punto de que el Papa Pío VI calificó este hecho como cisma y herejía), y la leva masiva que se decretó en marzo de 1793 para reclutar a la fuerza a 300.000 hombres en el contexto de la guerra con toda Europa. A pesar de algunas victorias, fue una auténtica masacre, en la que las tropas del ejército revolucionario francés quemaron y arrasaron todas las aldeas que encontraron a su paso.
Este episodio es la típica mancha que cualquier político progresista quisiera borrar de la memoria colectiva, porque casa mal con la historia oficial que se enseña en los colegios, donde se exaltan la Ilustración, la diosa razón que presidió los ideales revolucionarios, y las hazañas de Napoleón Bonaparte, y es que algunos en Francia se niegan a reconocer esta contienda, como le ocurre a Turquía con el genocidio armenio, precisamente uno de los argumentos de los distintos gobiernos galos para no dar luz verde a la entrada de ese país en la Unión Europea.
Sin ánimo de hacer spoiler, les diré que la trama del film versa sobre Athanase Charette, un joven aristócrata rural y monárquico, retirado de la Royal Navy, que ve como retumba la ira de los campesinos de su comarca, y lo llaman para liderar la rebelión. En pocos meses, el marinero ocioso se convierte en un líder carismático y un astuto estratega, atrayendo a gente del campo, desertores, mujeres, ancianos y niños, con los que crea un formidable ejército. La lucha por la libertad no ha hecho más que empezar.
La película está narrada con su voz en off, que no sólo nos informa de los sucesos, sino que comparte con nosotros sus sentimientos personales. Me ha gustado mucho el que no caiga en el maniqueísmo de buenos y malos, pues describe a los personajes con sus luces y sus sombras (el general que manda las tropas republicanas es un hombre de honor y respetuoso). No soy crítico de cine, pero como espectador valoro la magnífica producción, la fotografía de los primeros planos y la interpretación del personaje central, encarnado por Hugo Becker, bien dirigido por Paul Mignot y Vincent Mottez.
Me consta que los franceses, grandes aficionados a su propio cine (no olvidemos que lo inventaron los hermanos Lumière) están muy apegados a la Revolución Francesa, porque todavía define los valores de la República, pero reconocer lo que pasó no significa que la Revolución fuera mala en sí. La verdad libera, y esta película puede arrojar algo de luz sobre una zona oscura de la Historia de Francia: “… todo lo que se saca a la luz, se convierte en luz” (Efesios 5, 13).
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





