¡Buenos días! A duras penas vuelvo a hacerme con un hueco para escribir estas líneas. ¡Mira que hay cosas que hacer, ustedes también, claro! Lo de jubilarme significará no seguir trabajando en un sitio, pero me esperan por otros lares mil tareas e inquietudes de una larga juventud. La palabra jubilación no está en mi diccionario. Y a lo que iba: hoy me permitirán la pirueta gramatical de llamar vaCANCIONES a mis vacaciones, en una especie de serie para este mes de agosto recién iniciado. Son recuerdos y emociones a mi aire sobre aquella música que bañó mis veranos. A veces coincidiré con todo un país que tarareó «Eva María» o «Un rayo de sol; y otras las sentí por libre en mis tiempos estivales. Por ejemplo, este disco LP de Paul Mauriat interpretando y dirigiendo grandes éxitos de mediados de los 60. Fue un común recurso comercial de las discográficas de entonces, llevado a cabo por clásicos del género como Ray Conniff con su orquesta y coros, Frank Pourcel o, en España, Manolo Gas. Pero para mí, nadie como Mauriat en exquisitez musical y máxima posible fidelidad a los originales. La importancia de este Long Play es que contiene mi kilómetro cero en la pasión por la música. Se lo debí a mi prima Nena, en aquel verano de 1968 y las semanas pasadas con mi familia Candel Aguilar en aquel chalet inolvidable de Olivares. De entre las versiones, una me impactó especialmente: el «Black is black» de Los Bravos, ejecutado por una batuta refinada en los pasajes inmejorables y elegantes de la cuerda, aquellos violines tan característicos de la bien llamada década prodigiosa. Aquel «Black is black» según el músico francés, se convirtió por TVE en la sintonía de un programa histórico, histórico de verdad: «La casa de los Martínez». ¡Feliz miércoles!





